El hombre que creía en los Reyes Magos

Por Luis Figuerola-Ferretti, publicitario, humorista y colaborador de Radio Nacional de España (EL MUNDO, 06/01/07):

Paseaba por la calle del Arenal de Madrid cuando me encontré con un amigo del colegio. Hay que decir que esta calle, hasta ayer mismo víctima propiciatoria del endemoniado tráfico, ha sido ganada en parte para los peatones. Entre éstos estaba mi amigo, al que sorprendí cuando entraba en una de esas tiendas de artículos religiosos que en diciembre se llenan sólo de figuritas del Nacimiento.

Fue el nuestro un encuentro afectuoso, glaseado de nostalgia, muy propio de los que, en la edad madura, tienden a idealizar el pasado y a exagerar los males del presente. Y, como es lógico para los que recibimos una educación religiosa, el desencanto apuntaba hacia lo que ya es casi un lugar común. «Entre las burbujas de Freixenet -se quejaba-, la invasión de Santa Clauses, el pavor oficial al islam y que el Portal no se sabe ya si está en Belén o en El Corte Inglés, nos han secuestrado aquella Navidad en la que creíamos. Yo soy ya un escéptico», se definía.

Le pregunté qué pintaba entonces ante aquellos escaparates que eran secuencias en miniatura de las famosas películas bíblicas de Cecil B. de Mille, y me dijo que iba a comprar unos Reyes Magos para su Nacimiento. «Mira -me explicaba-, todos los años ponía religiosamente los mismos que heredé de mis padres, pero, aunque entonces España era oficialmente católica, las figuras de nacimiento se hacían mucho peor que ahora».

«¿Cómo que peor?- le espeté-, habíamos quedado en que todo en la Navidad de antaño era mejor». «Bueno -precisó-, en lo espiritual sí, mucho mejor y más profundo. Pero en cambio los tres Reyes Magos que había en casa estaban mal hechos; figúrate que las caras de Melchor, Gaspar y Baltasar miraban al espectador en lugar de a la estrella de Oriente, qué disparate, así cómo iban a llegar a Belén. Si los colocabas mirando a la estrella te daban la espalda, y si se volvían a ti se perdían en el camino, en fin un contrasentido, como te decía. Así que este año me pongo el mundo por montera y los jubilo para comprarme otros mejores, que a los 60 años creo que me puedo permitir ese capricho, ¿no?».

Confieso que, en un principio, la disquisición de mi amigo me dejó pasmado. Pero, comprendido su problema, mi argumento estuvo a la altura de las circunstancias, pues invocando al maestro del pensamiento moderno que fue Manuel Luque -el gerente aquel que se asomaba al televisor para vender su detergente con un busque, compare y, si encuentra algo mejor, cómprelo-, le dije que una de las ventajas de la democracia es la libertad de mercados, y que ésta permite elegir hoy figuritas de barro o de escayola, de resina sintética, de madera o de materiales mixtos, como las que visten con telas de verdad. Las hay que se ajustan al canon clásico o que siguen la moda del siglo XVIII. Algunas, como los pastori napolitanos, con auténtico refinamiento y tejidos nobles.

Y, en lo tocante a los magos de Oriente, si antes tenías que resignarte con esas figuras que miraban al tendido como don Tancredo, ahora los hay con la vista puesta en la estrella, de frente, ligeramente ladeada, con expresión trascendida o con rictus de cansancio, según la inspiración del Salzillo de turno. Y, más aún, en tamaños, posturas y momentos distintos: a lomos de camellos, como manda la tradición, los más de ellos. Pero también a caballo o, cual si acabaran de descender de su regia montura, avanzando a pie hacia el pesebre.

Incluso en ese final de viaje, hay oferta de los tres Magos en escorzos diferentes: un Melchor casi arrodillado presentando su incienso, un Gaspar que está a punto de franquear el umbral del Portal y un Baltasar que camina erguido con su cofre de mirra, como si aún no avistara al divino niño. O sea, resumí, más variedad, imposible.

«Pues eso es lo malo -replicó mi amigo-. Es la cuarta vez que visito esta tienda y aún no he decidido si compro los tres de a camello, que cuestan 110 euros, o los tres de a pie, que se me quedan en 40. ¡Qué sinvivir!…». Para agravar sus dudas le conté que hay privilegiados con dos juegos de Reyes Magos, unos montados para los días previos a la Epifanía y otros a pie para apostarlos al Misterio justo el 6 de enero. Y se echó las manos a la cabeza. «¡Lo que me faltaba, vaya, ahora resulta que la cosa me va a salir por 150 euros, no se a dónde vamos a llegar con tanto consumismo…!» «¿No te declarabas escéptico navideño?», le recordé yo tratando de aliviar su zozobra.

Me contestó primero que su fe cristiana era vacilante desde hacía mucho tiempo, pero que, de lo que cuenta el Evangelio de Mateo sobre el nacimiento de Cristo, el episodio de los Magos de Oriente es lo más romántico y lo que más cuidados mereció siempre en su Belén. «Soy así de raro, chico, qué le voy a hacer», se excusó. Me dijo también, como si fuera un niño más, que ni una sola noche de Reyes había dormido bien por la emoción y la incertidumbre. «¿Y no te sirven para alimentar la ilusión las figuras de siempre?», le pregunté.

Él negó con la cabeza, puso sus manos sobre mis hombros y concluyó muy serio: «Mira, Luis, voy a hacer 61, tengo tres chicos que pasan de los 30, y como hijos de su tiempo, se han criado en la utopía, en el relativismo, en la confusión de valores y en la empanada mental. Además, votan poco, pero cuando votan, dicen que votan en lo que creen… Pues bien, si ellos creen en Zapatero…, ¿cómo no voy a creer yo en los Reyes Magos, que al menos tienen la discreción de hacer su labor calladitos?».

Se acabó comprando los dos juegos de Reyes Magos, a camello y a pie. Y espero que esta mañana haya encontrado en su zapato la generosa respuesta que merece tan epifánica fe.