El hombre que odiaba el silencio

Por Miguel Ángel Bastenier (EL PAÍS, 19/11/07):

Hugo Chávez Frías, tres veces democráticamente elegido presidente de Venezuela, con una megalomanía que muerde en lo psiquiátrico, lleva años trabajándose el personaje con gran fondo de luz y sonido, aunque más zarzuelero que operístico. Su personalidad no es por ello menos inmutable -salida de la cadena de montaje genético en el molde clásico del caudillismo latinoamericano-, aunque ha ido encarnándose en sucesivas interpretaciones de sí misma. La última, con su presumible victoria en el referéndum del próximo 2 de diciembre, le va a permitir presentarse a la reelección indefinida, como él dice hasta 2021, bicentenario de la batalla de Carabobo, victorioso remate a la guerra por la independencia de América.

El 4 de febrero de 1992, el teniente coronel Chávez, mestizo tenue de negro y blanco, hacía una entrada aún modesta en la historia complotando para derrocar un sistema que llamaba de corruptocracia. La intentona fracasó con mucha pena y poca gloria, y el militar permaneció dos años entre rejas, hasta que el 24 de marzo de 1994 recobraba la libertad amnistiado por el presidente Caldera. Chávez experimentó entonces una aparente mutación al optar por las urnas para llegar al poder, de lo que se afirma que lo persuadieron sus mentores de la época, el veterano comunista Luis Miquilena y José Vicente Rangel.

El ex teniente coronel había creado el EBR, Ejército Bolivariano Revolucionario, en cuyas iniciales reside la primera clave de su mitomanía. La E es de Ezequiel Zamora, un militar del siglo XIX dado también a la acción expeditiva contra el poder civil; la B, en el centro como Cristo en la Trinidad, es del gran Bolívar, y la R de Rodríguez, Simón como el anterior, y al que se suele considerar guía intelectual del Libertador. Es lo que Chávez llama el árbol de tres raíces en que se asienta el porvenir de la patria, metáfora ajardinada que desarrolla en su obra El Libro Azul.

Y aún cabría sumar un cuarto personaje, sólo que más controvertido: Pedro Pérez Delgado, coronel mutado en guerrillero, en rebeldía según sus admiradores contra el dictador de principios del siglo XX, Juan Vicente Gómez, o bandolero depredador, según sus críticos. Y ocurre que este personaje, conocido como Maisanta -de Madre Santa, su grito de guerra-, era hijo de un coronel de Ezequiel Zamora y a su vez bisabuelo de Chávez; mitomanía personal, sin duda, pero salida de un culebrón. De ahí nace también un desdén con que le ningunean sus enemigos: la maisantera, con la que definen la obra de Chávez, que es, según uno de los oficiales que le abandonó, el capitán Luis Valderrama, “una acción con propósito de poder, sin base ideológica o política, ni escala de valores que le dé sentido, contenido y trascendencia”.

El paso siguiente sería crucial: las presidenciales de 1998. El EBR que había pasado a llamarse Movimiento Bolivariano Revolucionario, se convertía el 19 de abril de 1997 en Movimiento V República, siempre atento Chávez a un fetichismo de siglas, con la intención de mantener la pronunciación de MBR a MVR. Y al frente de esa formación el 6 de diciembre de 1998, quien sólo unos meses antes no pasaba del 5% en las encuestas, derrotaba al candidato de la oligarquía Henrique Salas Römer, con algo más del 56% de sufragios. La victoria tenía numerosos progenitores: el hartazgo ante un sistema turnante entre supuestos socialdemócratas de AD, y probables democristianos de COPEI, que ni tiraban del petróleo para industrializar el país ni combatían la corrupción en la que chapoteaban; pero también, la evidencia de que a Chávez le quería la televisión, de que era un formidable candidato catódico con su lenguaje directo, exaltado y exaltante para quien no perdía nada probando suerte con aquella especie de Zelig tropical; una voz que tronaba, susurraba, y tanto parecía de animador de discoteca como del arcángel san Miguel blandiendo el espadón de la justicia. Aquellos a los que el sol ya no podía broncear, habían hallado a un campeón, que en los últimos años ha inventado un programa, Aló, Presidente, donde canta, recita -es un gran lector de poesía, pero la que escribe es mala y patriótica-, y apostrofa a todo lo que le exaspera. Se diría que Chávez tiene horror vacui al silencio. Si no se oye hablar a sí mismo, deja de existir.

Pero el momento clave de su carrera se dio en abril de 2002, desde el 11, en que fue depuesto, al 14, cuando, también el Ejército, lo reponía en el cargo; fueron tres días en el curso de los cuales Bush padre y José María Aznar lograron dar signos inequívocos de su satisfacción por el golpe. Entonces, dice Milagro Socorro, columnista de El Nacional de Caracas, “Chávez comprendió que lo que lo sostenía no era el fervor de las masas, sino la fuerza. Y ahí acentuó su autoritarismo y el acoso a la disidencia que discutía su legitimidad”.

Otras dos elecciones victoriosas, la última el 3 de diciembre de 2006, parecían haberlo instalado en la cota del 60%, sin necesidad de pucherazo. Teodoro Petkoff, ex marxista, ex guerrillero, ex ministro de Caldera, socialdemócrata activo y líder de la oposición, aunque a sus 75 años ya no quiera ser candidato, afirma que “Chávez siempre ha ganado con un grado normal en Venezuela de irregularidades”. Y, mientras se envolvía en el santo sudario bolivariano e invocaba un socialismo del siglo XXI, que, cautelosamente, sólo quería definir mientras se fuera implantando, no paraba de acumular poder. Ése es el hombre que hace unos diez días llegaba a la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile, sobre la que hay quien en Venezuela se pregunta: ¿mordió Chávez el anzuelo que le tendían los pérfidos españoles?, o ¿acaso el Rey le brindó el pretexto que buscaba el bolisocialista?

La oposición venezolana tiene el corazón dividido. Por un lado, celebra que don Juan Carlos mandara callar a un Chávez que no dejaba hablar al presidente Zapatero y había llamado “fascista” a Aznar, pero respaldar a un jefe de Estado regañón de la antigua metrópoli es demasiado. Milagros Socorro celebra lo primero, pero habla de “la rudeza del Monarca, más emparentada con el hooliganismo español que nos trata de sudacas que con su metabolismo temperamental”. Otro intelectual de oposición, Rafael Poleo, estima que Chávez “casi cayó en la trampa de los europeos que se propusieron exhibirle como un irresponsable”, para añadir que sus cicerones culturales le habían descubierto sólo días antes la existencia de Las Casas y su vituperio contra la conquista, y como el día anterior ya había porfiado con la delegación española, el Rey, dice el autor, “llamó al jefe de Gobierno socialista para cuadrar el modo de pararle las patas a aquel búfalo suelto en cristalería”. Así, el Chávez que esperaba “excusas por los crímenes históricos de España”, o, como sigue Socorro, “daba por sentado que Zapatero le iba a juntar la cabeza para murmurar con él del ex mandatario español (Aznar)”, se vio defraudado. Y entonces, “se entregó a la pataleta”.

Pero aunque Chávez no fue apoyado convincentemente ni siquiera por el cubano Carlos Lage, o el boliviano Evo Morales, su discurso sí impresiona a las clases populares, indígenas o mestizas. Leña a España es un leitmotiv que los tiempos amenazan convertir en estribillo o jaculatoria de a diario.

El líder bolivariano, que está animado de un sincero deseo de mejorar la suerte de los no favorecidos y que, probablemente, no dejará de nunca de respetar algún grado de pluralismo político, lo que pretende es moldear un régimen en el que haya partidos, elecciones y gran parte del habitual atrezo democrático, pero en el que el chavismo domine los resortes internos de la sociedad, como el crédito bancario con que se ganan las elecciones, los think-tank de ingeniería social y a una boliburguesía deudora del poder. El “totalitarismo light”, que dijo Petkoff.

Ese presidente venezolano al que ha sacado de un relativo aislamiento su par colombiano, Álvaro Uribe, invitándole a mediar con las FARC, está ahora visitando Teherán y París, acompañado de un dispendio de 500 edecanes. Y su soflama antiimperialista tiene eco en toda América Latina.