El hombre que sólo tenía una bala

Por Pedro J. Ramírez, director de EL MUNDO (EL MUNDO, 03/10/04):

No es el título de un spaghetti-western de Sergio Leone con música de Ennio Morricone e interpretación de Lee Van Cleef, aunque la barba florida de Rajoy hubiera dado mucho juego en el género. Se trata, eso sí, de la expresión de un sino acotado y sin escapatoria: o el que hoy será coronado como nuevo presidente del PP gana las próximas elecciones generales, o ya puede ir quitándole el polvo al Registro de la Propiedad de Santa Pola.

Se lo han dicho sus más directos colaboradores: «Tú sólo tienes una bala, Mariano. O aciertas y eres capaz de ganarle al tío éste del talante, o después de las próximas elecciones generales tendrás que jubilarte. Y lo mismo nos pasa a los que hemos apostado por ti. Por eso te tiene que salir bien este Congreso».

En tres décadas de democracia nunca la espada de Damocles del todo o nada había pendido de forma tan inexorable sobre la cabeza de un dirigente político. Tanto González como Aznar pudieron perder dos veces y ganar sólo a la tercera sin que en sus partidos se moviera ni una hoja; e incluso Almunia habría seguido calentando el sillón como secretario general del PSOE, a la espera del regreso del titular, si en 2000 la derrota no hubiera sido por goleada.Todos los oráculos apostaban a que la hora de Zapatero no llegaría hasta 2008, pero el 11-M precipitó la catarsis y él estaba ahí, ocupando la posición, en perfecto estado de revista. Puesto que ZP ganó a la primera, su antagonista no tiene ya manera de dejar de hacerlo a la segunda.

La situación en la que quedó Rajoy tras la catástrofe electoral no pudo ser más desairada: un buen número de españoles le había dado una patada a Aznar en su trasero y él había permanecido como petrificado, sin tan siquiera intentar hacer nada por evitarlo.El hecho de que nadie haya llegado a sugerir que deba ser convocado ante la Comisión del 11-M lo dice todo. ¿Qué razón habría para llamarle si en las 72 horas que mediaron entre el atentado y la apertura de los colegios se resignó a que fuera La Moncloa la que tomara la iniciativa, la que cayera en todas las trampas que les tendieron y la que, por consiguiente, le arrastrara hasta el fondo del barranco de sus errores?

Todo hubiera sido distinto si el candidato y ya líder en funciones del PP hubiera reclamado al presidente del Gobierno la urgente convocatoria del Pacto Antiterrorista. Pero de igual manera que se consigna aquello, es de justicia añadir que desde la misma noche de la derrota este hombre con fama de indeciso y diletante tuvo la determinación y el coraje que eran precisos para echarse a las espaldas el partido en las peores circunstancias posibles.

Medio año después hay que reconocerle a Rajoy el nada desdeñable mérito de haber convertido la caída libre que ya olisqueaban las aves carroñeras en el sólido aterrizaje en una plataforma lo suficientemente alta como para hacer verosímil la reconquista del poder. Mientras al cabo del desastre del 2000 el PSOE se aferraba con las puntas de los dedos al alféizar del 30% de intención de voto, ninguna encuesta mínimamente solvente ha situado ahora al PP por debajo de la meseta del 37%; y ahí queda, de hecho, el práctico empate de las elecciones europeas.

En estos seis meses Rajoy no ha dicho ni una sola tontería -algo prácticamente sin precedentes en los anales del lapidario nacional- y ha acertado muy a menudo en su diagnóstico. Se ha erigido en paladín de la moderación, el sentido común y la idea constitucional de la unidad de España. Cuando dijo que había entrado en La Moncloa «preocupado» y que, tras la falta de aclaraciones sobre los propósitos del presidente ante las demandas nacionalistas, salía «muy preocupado», millones de personas sencillas le entendieron y compartieron sus temores.

Rajoy no es el rey del mambo y nunca pondrá a España en la «vanguardia del mundo» por su audacia a la hora de conceder a los «colectivos» más radicales lo que los «colectivos» más radicales le pidan. Pero tampoco es un pazguato como lo demostró al impulsar la reforma de la Ley de Reproducción Asistida que permite investigar con células madre o lo ha demostrado ahora al respaldar la carrera contra el crono de Zaplana para registrar en el Congreso el reconocimiento de todos los derechos civiles de los homosexuales, excepto la adopción, antes de que el PSOE los santificara con los óleos laicos de su matrimonio.

Más vale tarde que nunca, pero todo esto no ha sido más que el aperitivo. Mucho debe cambiar en el PP respecto a su penúltima etapa para que pueda recuperar los cuatro o cinco puntos electorales que le volverían a dar la victoria y el poder. Su única ventaja es que tiene el recetario en casa, pues no necesita sino repetir lo que ya hizo en la antepenúltima etapa. Liberalismo político y económico, renovación hacia dentro y hacia fuera, mano tendida a todo potencial aliado, vigilancia implacable frente a cualquier abuso, trabajo entusiasta en equipo todo eso sirvió para trenzar la década prodigiosa popular que arrancó en Sevilla en un congreso como éste.

Del discurso de hoy de Rajoy va a depender todo. Probablemente no habrá otro cónclave del PP hasta después de las próximas elecciones generales y ya se sabe que en una ocasión así o la bola se pone a rodar en la buena dirección o es la sensación de fracaso, esterilidad y pinchazo en hueso la que empieza a engordar inexorablemente.Toda vez que la renovación de la dirección presentada ayer ha sido más amplia que profunda y no aporta un perfil ideológico claro, ha llegado la hora de saber si Rajoy es capaz de definir y liderar un proyecto político propio.

Si tuviera que darle un único consejo le diría que para que su mensaje llegue con claridad a los ciudadanos es imprescindible que, a partir de hoy, comience a tratar a Aznar de idéntica manera a como le trataría Aznar a él si sus papeles estuvieran intercambiados.Quizás, a ser posible, con el mismo buen fondo, pero un poco más de gentileza.

El propio Aznar tiene que ser consciente de que para que el proyecto de su sucesor viva, es imprescindible que esta misma mañana él termine de morir políticamente aunque detrás de estos puntos suspensivos añadamos, invocando a Romanones, un cachazudo y cauteloso «por ahora». Lo más sencillo sería que no aceptara el nombramiento de presidente de honor. Nadie de menos de 70 años debería ostentar un cargo así sin ruborizarse. Puede haber vida después de la muerte, pero no después de una presidencia de honor. Si yo tuviera una hermana o una hija en ese trance, nunca les permitiría relacionarse con alguien que fuera presidente de honor de nada.

Y si, inmune incluso a estas amistosas bromas, el tío va y lo acepta, junto a la enésima apoteosis, la enésima despedida y el enésimo desagravio, debería constar el compromiso formal de hacerse amordazar como el bardo de Asterix por un par de pajecillos de la FAES cada vez que, dentro o fuera de España, sienta la tentación de opinar sobre cuestiones de actualidad, entendiendo como tales -según sus propios cánones- las que se refieran a hechos acaecidos con posterioridad al inicio del siglo octavo de nuestra era.

De la misma manera que hay personas reprimidas que necesitan empezar a decir alguna vez en su vida la palabra «puta», el PP debe ser capaz de componer la palabra «Irak» -su propia four letters word- y repetirla en voz alta sin el acoquine colectivo de que papá vuelva de su viaje de negocios y le zurre la badana al lenguaraz. Anteayer era patético contemplar el rostro sudoroso de Gallardón mientras enhebraba en un tortuoso nada allegro y muy vivace toda su sarta de inteligentes eufemismos, destinada a decirlo todo sin que se le pudiera reprochar nada. Lógicamente la audiencia le correspondió con gélida cortesía; aunque al menos él -a diferencia de otros y de otras- nos evitó la chispeante retórica con que se alimenta el autoengaño.

¿Tan difícil es para un partido político reconocer un error y decir «lo siento»? ¿Tan holgados les van a todos sus jerifaltes los anillos como para no poder extender humildemente las palmas de las manos e inclinándolas hacia el suelo reconocer que se equivocaron de buena fe, buscando siempre el interés de España, aunque fuera mediante un proceso de toma de decisiones carente del rigor apropiado y desprovisto de la mayor parte de esos imprescindibles mecanismos de discusión y contraste que deben ayudar a todo gobierno democrático?

Sólo poniéndose una vez colorado, podrá eludir el PP que ciento y una más le pinten la cara de membrillo. Todos los que le conocemos sabemos que ni el Aznar de Génova, ni el Aznar de la primera legislatura habría hecho las cosas de esa manera. Probablemente ni él mismo sea consciente aún de hasta qué punto influyó en su falta de precisión y tacto a la hora de interpretar la partitura propia de una potencia media con muy complejas dependencias estratégicas, la relajación de quien da ya por aprobado el examen y sólo piensa en subir nota ante la cátedra de la posteridad.

No se trata de convertir la moqueta del parque ferial en el empedrado flagelatorio de San Vicente de la Sonsierra. Pero Rajoy debe encontrar hoy la manera de enderezar la escorada política exterior de un PP que continúa siendo rehén de los think tanks neoconservadores norteamericanos. Y debe hacerlo para empezar neutralizando la ventaja que en ese tablero le lleva el PSOE y terminar fiscalizando con autoridad y crédito los desvaríos/desatinos -que diría FJL- perpetrados por el nuevo Gobierno en el otro extremo del péndulo.En un mundo convulso en el que la política exterior debe contribuir a proteger nuestros valores, vidas y haciendas, los ciudadanos anhelan el restablecimiento de un consenso básico entre los dos grandes partidos cuyo objetivo sea conseguir que el afianzamiento de la amistad con unos países no implique el incremento de la enemistad de otros. Señores, seamos serios: realpolitik y más realpolitik. En este duelo entre cañoneras preventivas e ingenuas barras de mantequilla el pistolero más rápido será el que logre enfundar primero.

Quien tiene sólo una bala debe elegir muy bien cuándo y dónde debe dispararla. Al PP de Rajoy no le van a faltar motivos de apuntar metafóricamente entre las picudas cejas del Gobierno zapaterista, pues a sus pasadas de frenada en el desbocado rallye del «radicalismo chic», empiezan a añadirse derrapes mucho más tremendos como la excarcelación de Galindo o el cambio de reglas a mitad de partido en el emblemático estadio del Poder Judicial.Pero, incluso en estas situaciones límite, la firmeza en la denuncia debe ser compatible con la templanza en la exigencia de responsabilidades, al menos en la menguante medida en la que el beneficio de la duda sea compatible con el propio sentido intelectual de la autoestima.

Estamos ante dos gravísimas iniciativas del Gobierno y ante la tesitura de creernos o no que el presidente Zapatero no sabía que Corcuera, Barrionuevo -y probablemente Vera- visitaron en la tarde del 11-M al mismo condenado por secuestro y asesinato al que su benevolencia amnésica perdona ahora las cinco sextas partes de la pena computable. Ante la tesitura de creernos o no que su despistadísima excelencia sigue dando por buena la falacia cocinada en los peroles más pérfidos del felipismo judicial, según la cual la mayoría cualificada de tres quintos -trece vocales- hará imprescindible el concurso del sector conservador aun cuando el Consejo se renueve bajo la actual correlación de fuerzas parlamentarias.

Desde el espantado convencimiento de que la cumbre de Ocaña y el indulto encubierto a Galindo brotan de la información que la UCO del coronel Hernando había obtenido del confidente que tenía infiltrado en la trama del 11-M, es tranquilizador que el líder de la oposición sea un hombre tan recto e insobornable como Rajoy.

Desde la estupefacta constatación de que, en contra de lo que al parecer se ha informado por escrito a La Moncloa, por muy predominante que sea la APM entre los magistrados afiliados a alguna asociación, el sistema pactado por López Aguilar y Michavila sólo garantiza al PP un máximo de siete vocales de su órbita y por lo tanto bastarán los nacionalistas para completar la mayoría reforzada con el PSOE que controlará los nombramientos del Supremo, reconforta pensar que a los sofismas del banco azul se les replicará con voz articulada, brillantez dialéctica y capacidad didáctica.

Si lo de hoy sale bien viviremos una gran legislatura y Zapatero, bajo el punto de mira de un serio aspirante a pistolero de leyenda, sólo podrá prevalecer acrecentando sus propios méritos en mucha mayor medida que hasta ahora. Si por el contrario Rajoy no se alza de una puñetera vez con el santo y la limosna, al carnaval le sucederá una larga edad oscura, España deambulará sin alternativa y será el yermo de las almas. Quien tiene una única bala no puede permitirse el lujo de destinarla a matar al padre, pero menos aún caer en la tentación de despilfarrarla en la penúltima salva estéril de homenaje a un pasado sobre el que acaba de caer, inexorable, el telón de la Historia.