El honor y la guerra

Es muy difícil, por no decir imposible, que un civil sienta el pleno significado de la palabra «honor» tal y como la entienden los militares. ¿Hasta dónde puede llegar el valor de un soldado para dar su vida porque se lo mandan o por su Patria? Resulta casi incomprensible, si no fuera por lo que les conozco, imaginar el nivel de vocación, sacrificio, lealtad y disciplina que un soldado mantiene hacia sus mandos, hacia su Gobierno democrático y hacia la sociedad que lleva representada en el hombro del uniforme con la bandera nacional.

Hace unos años, durante una reunión de la Asociación de Diplomados en Altos Estudios de la Defensa Nacional (Adalede) con sede en el Ceseden, se comentó una encuesta entre la juventud española en la que la pregunta principal fue: ¿estarías dispuesto a dar tu vida por España? Imaginen la respuesta. Ganó el no mayoritariamente. Estoy seguro de que si esa misma pregunta se replanteara a la población adulta, el resultado sería similar, seamos sinceros, excepción hecha del estamento castrense, donde la estadística no varía un ápice entre los jóvenes o sus mayores.

Por todo lo anterior es tan sumamente trascendental que reconozcamos a nuestros soldados por lo que son, por lo que hacen y por dónde lo desarrollan: en la guerra. Con todas las letras. Porque el concepto no es baladí.

Y es que nos hemos acostumbrado de tal manera a los eufemismos y a los dimes y diretes como artilugios lingüísticos, que huimos de la verdad como si nada. Y ya está bien. No estamos hablando de si hay crisis o no, cual tomadura de pelo reciente; o si el término «Nación» es discutido o discutible; ni siquiera si el crecimiento económico es negativo solemne majadería para evitar decir decrecimiento. Estamos hablando de gente a la que se la mutila y se la mata.

Pero el problema de fondo es que los aspectos formales coinciden en el tiempo, absolutamente a propósito, con una actitud política perfectamente premeditada. Si no fuera porque detrás de esa falsedad y ocultación subyace toda una estrategia, estaríamos hablando de un desliz, de un quiero y no puedo y de un complejo atávico, cuando lo cierto es que asistimos a una negación de la verdad completamente fundamentada en un procedimiento político y lingüístico que miente ante la evidencia. Quizá funcionara en su día que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad, pero me temo que ya no cuela ante una sociedad madura, democrática, sensata, y, sobre todo, no cuela ante unos profesionales a los que no se les engaña con aviones fletados a toda prisa para su repatriación.

Del «No a la guerra» hemos pasado sin pancartas al «No decir la palabra guerra». Y este malabarismo perverso se escupe en el honor de los muertos y mutilados e intenta condicionar a toda la sociedad. De ahí que en España suspendamos, casi sin solución de continuidad, la asignatura de Cultura de la Defensa.

En cualquier Escuela de Guerra de nuestros Ejércitos o de la Armada y en cualquier Academia militar del mundo occidental, los cadetes y oficiales aprenden desde el primer curso que el mundo se enfrenta desde hace años a nuevos modelos de guerra. Ya no son dos ejércitos uniformados, por lo tanto identificables y visibles, los que mantienen una contienda. Eso pasó a la historia. Asistimos a escenarios mucho más complejos donde el terrorismo internacional y religioso, la piratería, el enemigo difuso e invisible o multiforme y desorganizado, se plantan frente a sociedades democráticas, constitucionalmente defendidas por Fuerzas Armadas con principios, con reglas de enfrentamiento y con opiniones públicas detrás. Para lo bueno y para lo malo.

De ahí que cualquier país de nuestro entorno tienda a organizar su respectiva Defensa Nacional con unas Fuerzas Armadas dimensionadas, dotadas, con reglas para el uso de la fuerza, transportables y ágiles, y con militares reconocidos y respaldados por sus sociedades. Por eso es tan importante que se sientan con el aliento de la gente común y de los políticos. Y no hay mejor vaho que reconocerles con la verdad de que mueren y son mutilados en una guerra.

En este sentido, tengo más que serias dudas de que la sociedad española sepa de verdad cómo viven, cómo se defienden y por qué mueren nuestros soldados en Afganistán. Los mensajes difusos se han ido transmitiendo entre nuestra opinión pública de manera soterrada, poco a poco, hacia no saber el porqué de las cosas. Y los periodistas tenemos una importante responsabilidad en este proceso. No sé si por complejos o por desconocimiento, pero seguimos erre que erre, mareando la perdiz sin clamar por que se llamen a las cosas por su nombre.

En Afganistán la labor de las tropas españolas comenzó a cambiar a mediados de 2008. El PRT de Qala-e-Naw inició su transformación hacia la nueva base que ahora es, y poco después nuestros legionarios empezaron a planificar sus desplazamientos hacia el norte del país para establecerse en las peligrosas posiciones avanzadas donde ahora comparten misión con marines norteamericanos. Desde la primavera de 2010 nuestros soldados están en territorios donde no se recuerda que pisara un extranjero. Aquello es lo más parecido al infierno. ¿Sabe la sociedad española que allí hay combates constantes? ¿Conoce la opinión pública los peligros que supone transcurrir por esos caminos infranqueables? ¿Hemos transmitido los periodistas qué significa que cientos de soldados vivan como ratas en esas posiciones avanzadas?

La última vez que pisé Afganistán, hace ya un año, un legionario me comentó que cuando llegaron a la posición avanzada de Sangatesh un pastor local les preguntó si esa columna de blindados formaba parte del ejército ruso. Tal cual. Aquello es la Edad Media. Es la guerra sin reglas.

Y mientras tanto, en España asistimos a un absurdo debate de indefinición legal y hasta constitucional de qué es la guerra. No sé si a propósito o no, el constituyente rehuyó dicho formalismo que ahora estamos pagando. El artículo 63.3 de nuestra Carta Magna deja el asunto en el aire en tal medida, que sirven términos como teatro de operaciones, misión, operación de mantenimiento de la paz o escenario bélico con tal de no decir la palabra «guerra».

E insisto. Ya está bien de zarandajas. Aquella última vez que pisé Afganistán un soldado español se despidió así de mí: «Hala, vete pa’Madrid y cuenta qué es esto. Pero cuéntalo como es. Con todas las letras». Y desde entonces, siempre que he podido, lo he dicho. Y me viene a la memoria otra cita de alguien que recién llegado al mundo castrense me dijo: «Cuanto más les conozco, más les quiero», en referencia, claro está, a los militares.

Y es verdad. Cuanto más se les conoce, más se les quiere. Por eso y por el honor de los mutilados, de los muertos, de los que a buen seguro van a seguir muriendo, y, sobre todo, por el honor de quienes sigan vivos jugándose la vida por nosotros, hay que ofrecerles todo el reconocimiento. Por ser capaces de dar su vida en una Guerra. Así, con mayúsculas.

Ángel Expósito, periodista.

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