El hueso de la cebolla

Por Rreyes Mate, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (EL PERIÓDICO, 13/09/06):

Las declaraciones de Günter Grass sobre su pasado nazi, aparecidas en la obra autobiográfica Pelando la cebolla, han provocado una escandalera desconcertante. Se escandalizan quienes habían admirado en él al fustigador incansable del pasado alemán y, por tanto, al crítico incondicional de toda ocultación nacionalsocialista. Pero también intervienen amigos y simpatizantes que no entienden que alguien se escandalice por una decisión “tomada con 17 años” (Saramago) o que actúe como si esto “fuese una rarísima excepción” (J. M. Ridao). Reacciones en cualquier caso “desmesuradas”, viene a decir Vargas Llosa, colega y no precisamente amigo.
Antes de preguntarse, como hace la mayoría, por qué el veterano escritor alemán hace ahora esas declaraciones, habrá que enterarse de qué es lo que dice. Y lo que dice es esto: “¿Acaso me horrorizó entonces en el momento de la firma, como me horroriza ahora 60 años después, lo que era evidente en la oficina de reclutamiento, a saber, que la doble runa se refería a las del cuerpo Waffen-SS es espantosa?”. Grass nunca había ocultado su entusiasmo juvenil por el nazismo. Lo que añade es que se alistó en las SS, más exactamente en un temible cuerpo de élite llamado Waffen-SS, pero que, según los historiadores, en aquella primavera de 1945 era un conglomerado de gente de aluvión. ¿Aportan estas cuatro líneas una revelación que explique el revuelo? La respuesta la tenemos en el hecho de que los días 27 y 28 de julio la editorial envió 500 ejemplares a las redacciones de revistas y periódicos, y hemos de esperar al 11 de agosto para que se produzca el escándalo. Para la mayoría de críticos literarios, historiadores y buscadores de noticias escandalosas, no había nada de interés especial. Lo que añade a lo ya sabido no merece más atención. No veían en el nuevo Grass el libro de la temporada. Es el Frankfurter Allgemeine Zeitung del 11 de agosto el que, al destacar la noticia, conmociona a los alemanes y hace que dé la vuelta al mundo.
Si queremos entender la reacción suscitada dentro y fuera de Alemania tenemos que salir del libro y adentrarnos en el estado de ánimo del lector. Entre alistarse voluntariamente, a los 15 años, en el Arma Submarina (cosa que ya sabíamos) y “ser alistado” en las Waffen-SS, con casi 17 (lo que ahora desvela), hay, por supuesto, una diferencia, por eso el autor lo ocultó. Le daba vergüenza. La ocultación, que él califica de error moral, no merecía, según los expertos en historia y los periodistas sensacionalistas, el honor de ningún titular.

LA CLAVE de la reacción hay que buscarla en el verano del 2006. El Mundial de Alemania había provocado una reconciliación del ale- mán consigo mismo. Por fin podían sentirse orgullosos de ser alemanes. La dura dieta a base de “patriotismo constitucional”, a la que gente como Grass les tenía sometidos, se podía cambiar por otra de “orgullo alemán”, como todo el mundo. Ese verano la canciller Angela Merkel había inaugurado un museo nacional que durante 10 años había hecho correr ríos de tinta. Cada museo nacional recorre la historia del propio pueblo. ¿Podía considerarse la barbarie nazi, los años entre 1933 y 1945, un episodio más de la larga historia del pueblo alemán, o había que dividir su historia en un antes y un después de esa barbarie? Los intelectuales moralistas, como Grass y Habermas, defendían que había un antes y un después del nazismo, que al alemán le estaba vedado el orgullo de sentirse parte de un pueblo con grandes logros y al- gún tropiezo, que la única salida decente que le quedaba era renunciar a toda forma de nacionalismo e identificarse con un proyecto po- lítico realmente democrático. Eso era el famoso “patriotismo constitucional” –despido de todo asomo nacionalista– que ahora, entre la euforia del Mundial y la inauguración del Deutsches Museum de Berlín, pasaba a ser una pesadilla felizmente superada. Alemania entraba en la normalidad histórica.

PERO han bastado las cuatro líneas de Pelando la cebolla para que la memoria moral vuelva por sus fueros. La semilla de la memoria, cultivada por el propio autor, ha prendido más reciamente de lo que sus cultivadores se imaginan. Esa memoria se rebela contra Gras por calificar de error menor una ocultación; se enfrenta al desprecio de los historiadores que pasan de largo porque la autobiografía no aporta nada realmente nuevo; y desautoriza a los cazanoticias sensacionalistas que piensan que el pueblo ya está harto del pasado.
Tenemos una deuda con Grass por la apasionada defensa a lo largo de su vida de la memoria de las víctimas, de la culpabilidad de una generación de alemanes y de la responsabilidad de las generaciones posteriores. Que esa memoria se haya revuelto contra su intento de olvido, prueba es de que goza de buena salud. Que en España hayan salido en su defensa quienes más critican el papel político de la memoria, señal es de que no han entendido que la cebolla de la vida no solo tiene capas blandas, sino también un núcleo duro, la memoria, que siempre es un peligro.