El humor de Francisco

La noche del 13 de marzo pasado un nuevo Papa se asomaba al balcón de la Basílica de San Pedro. Aparecía con timidez, aparentemente cohibido. Al instante se demostró que no lo suficiente para evitar un rasgo jovial, el primero de muchos. A la ya célebre alusión a que sus «hermanos cardenales» parecían haber acudido en su busca «casi al fin del mundo» siguió, en la posterior cena en Santa Marta, esa cachazuda y afectuosa recriminación: «Que Dios os perdone por haberme elegido». Las improvisaciones de Francisco, su perenne sonrisa, el constante azoramiento a sus escoltas o el jocoso énfasis en el saludo a la representación del club de fútbol del que es socio («eso es muy importante») permiten elevar las anécdotas a categoría. El sentido del humor no resulta accidental en su personalidad. Sugiere una expresión de lo que Goethe entendía como idea de la existencia, esto es, esa forma interna de una vida que, consciente o inconscientemente, se realiza en cada hecho y cada palabra.

El año próximo se cumplirá medio siglo de la desaparición de Wenceslao Fernández Flórez, insigne cronista parlamentario de ABC y uno de nuestros mejores humoristas. No por casualidad su discurso de ingreso en la Real Academia versó sobre «El humor en la literatura española»; todo un manifiesto si se tiene en cuenta que lo pronunció en mayo de 1945, cuando Foxá resumía la victoria aliada con la «Menuda patada [que] le van a dar a Franco en nuestro culo».

Sea como fuere, Fernández Flórez consideraba el humor «una posición ante la vida», que puede no ser solemne, pero es totalmente seria. A su juicio, en la burla existen matices, «como en el arco iris». Frente al más sombrío sarcasmo, «cuya risa es amarga y sale entre los dientes apretados», y la ironía, que dispone «un ojo en serio y otro en guiños, mientras espolea el enjambre de sus avispas de oro», el humor adopta el tono más suave. Siempre se muestra un poco bondadoso y paternal. Esquiva tanto la acritud, «porque comprende», como la crueldad, «porque uno de sus componentes es la ternura». «Y si no es tierno ni es comprensivo», sentenciaba el escritor, «no es humor».

En este sentido puede interpretarse la homilía del Papa en San Juan de Letrán centrada en «la ternura de Dios». Poco tiene que ver esto con la «idea tajante, estremecida y escueta» del Todopoderoso que Fernández Flórez atribuía a un pueblo presuntamente carente de humor. El castellano, según el autor de El bosque animado, resulta, por tanto, «fuerte, seco, rígido, enamorado de las abstracciones».

Por el contrario, la templada Inglaterra resultaba para don Wenceslao un semillero de humoristas. De hecho, alumbró al católico Gilbert K. Chesterton, tan avaramente manoseado como poco comprendido por estos pagos. Su ensayo Ortodoxia, en absoluto rigorista, poco puede complacer a quienes en realidad son secretos detractores de la vida. Chesterton defiende así la cruz como «símbolo tanto del misterio como de la salud», pues hasta la humildad es motivo de alegría y disfrute: «deberíamos agradecerle a Dios la cerveza y el borgoña no tomando demasiado de ninguna de las dos». Ese cristianismo «centrífugo», que «se escapa hacia afuera», es lo contrario de la Iglesia «autorreferencial» que preocupa al obispo de Roma.

Este enfoque risueño atraviesa la biografía que Chesterton firmó sobre el santo del que el Pontífice ha tomado su nombre. Según el ensayista, San Francisco no concibe la religión como una teoría, sino como una historia de amor que da sentido a lo que, desde fuera, asemeja excentricidad. El de Asís conserva del trovador que fue el entusiasmo, una vehemencia que hace de su vida «un admirable despliegue de votos irreflexivos, de promesas precipitadas que salen bien». Cada vez que da un salto en el vacío, cae de pie, como cuando abre al azar tres veces el Evangelio en busca de guía.

Al calor de esa luz la detención que sufre por parte de su propio padre, mercader al que sustrae unas telas para su caritativa venta, trasciende el chusco episodio. También explica su acercamiento a las periferias de la cordura. San Francisco se dirige a los pajarillos con exquisita delicadeza y amansa al ferocísimo lobo, que morirá de viejo entre la congoja de los vecinos de Gubbio. El juglar de Dios, como hoy el Papa jesuita, lanza estocadas al corazón cuando parece que baja la guardia. Es un hombre feliz porque, de acuerdo con esa historia de amor, se siente protagonista de una deuda infinita. Al fin y al cabo ha comprendido, y son palabras de Chesterton, que «la alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano».

Álvaro de Diego González, director del Departamento de Periodismo, Hª y Humanidades de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA)

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