El hundimiento del mito de Europa

Desde hace tiempo he venido alertando de que las pérdidas de bienestar generadas por la crisis financiera, la globalización, el cambio técnico y el envejecimiento de nuestras sociedades podían dar al traste con el proyecto europeo. Estos últimos meses, lastimosamente, han continuado acumulándose ominosas señales de creciente desintegración de la UE. Y muy en particular, por lo que refleja de fondo, el inmoral espectáculo de la respuesta europea a la crisis de los refugiados.

Pero no nos hagamos trampas al solitario. ¿Desintegración de Europa o hundimiento del mito europeo? Porque cada vez es más evidente que una parte, no menor, del creciente desapego hacia la idea de Europa, y del renacimiento de pulsiones nacionalistas y xenófobas, radica en que aquella ha sido siempre más una fábula que una realidad. Y que cuando se mira atrás, y se recuerda a Konrad Adenauer, Jean Monnet, Robert Schuman o Alcide de Gasperi, se olvida que los orígenes de aquella lejana unión no fueron exactamente generosos. La amenaza de la URSS, el temor a poderosos partidos comunistas en Italia y Francia y la tutela de EEUU se conjugaron para dar vida al mito, y una excepcional expansión económica le permitió crecer.

Ahora, en cambio, estamos viviendo los negativos efectos del final de aquella larga bonanza posterior a la segunda guerra mundial. La globalización, el cambio técnico, la crisis financiera y el envejecimiento se han conjugado para generar un temor desconocido al futuro, una desigualdad y una inseguridad insoportables, y un crecimiento económico que se anticipa será en el futuro menor que en el pasado. Con ello se acentúa la tendencia al empobrecimiento de amplias capas de la población, en especial de las clases medias, la columna vertebral de nuestras sociedades, sometidas a una creciente presión que remite al pánico que experimentaron en los años 30, descrito por el sociólogo alemán Theodor Geiger.

Sin comprender cómo se han modificado las bases materiales en las que operamos, los lamentos se dirigen de forma errónea a la incapacidad de unos políticos que, así parece, deberían tener una varita mágica para solucionar los efectos de estos choques. Lamento defraudarles. La acción política es, ciertamente, muy importante. Pero en lo tocante al bienestar lo es más la capacidad de generar renta, porque la distribución del ingreso producido siempre es posterior a su generación. Y aunque en este último aspecto también tienen algo qué decir los políticos (con la fiscalidad, por ejemplo), las fuerzas globales les dejan sin mucho margen.

Para muestra de lo que nos ha sucedido, y de lo que nos aguarda, les recomiendo una ojeada al reciente volumen de Satyajit Das titulado ‘The Age of Stagnation’ (La era del estancamiento). Les suministrará pistas muy sólidas para comprender por qué el mito de Europa se está derrumbando, al igual que el de un Occidente con ascensor social siempre hacia arriba.

¿No hay, pues, esperanzas para el proyecto europeo? Ciertamente no invitan al optimismo el ‘Brexit’, la respuesta de Francia y los países del este de Europa a la crisis de refugiados, el alza del partido xenófobo Alternativa para Alemania, el sesgo en esta misma dirección de la Lega Norte italiana, y tantos y tantos ejemplos en la Europa central, nórdica o del este. Y tampoco nos conforta que lo que nos sucede sea similar a lo que acaece en el resto de Occidente, como muestra el avance de Donald Trump en EEUU o la respuesta de Cameron a la presión xenófoba del UKIP en Gran Bretaña.

Pero siempre hay un cierto consuelo. Podemos salvar esta construcción que amenaza ruina si sus principales socios se comportan adecuadamente, de forma individual y colectivamente. En este último aspecto, permite abrigar un cierto optimismo, sin caer en un inútil voluntarismo, el avance ya realizado en aspectos claves del gobierno común de la eurozona, desde el BCE a la Unión Bancaria.

Para cada país individual, el asunto es más difícil. Para nosotros, quiere ello decir que hay que continuar con las reformas que nos han permitido salir de la recesión y evitar el colapso del euro. Otros tendrán deberes distintos. Por ejemplo, Alemania debería actuar más expansivamente, como parece haber decidido al elevar, para este 2016, las pensiones de sus 21 millones de jubilados entre un 4% y un 6%. Francia e Italia tienen, en fin, otros problemas que resolver. Y al resto de socios les sucede lo mismo.

Para recuperar la ilusión por el mito perdido, de esta profunda crisis de identidad deberíamos extraer una única lección: que todos deberíamos comportarnos, en lo económico y financiero, de forma escrupulosa. De no hacerlo, cuando otra crisis económica nos impacte, que lo hará tarde o temprano, el responso quizá rece aquello de que entre todos la mataron y ella sola se murió.

Josep Oliver Alonso, Catedrático de Economía Aplicada (UAB).

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