El idioma de la política

El grupo (Editorial Anagrama) es una novela singular. Cuenta las historias de varias jóvenes militantes en grupos clandestinos de izquierdas durante la dictadura franquista. Recorre una época turbulenta en la izquierda europea, entre 1964 y 1974, y en particular para el Partido Comunista de España, sacudido por escisiones y los intentos de acallar las críticas internas. Cada capítulo narra un episodio desde el punto de vista de alguna de las protagonistas y le sigue un breve pero interesantísimo apéndice con artículos de prensa o documentos históricos que nos colocan en mejor perspectiva para apreciar la situación. Así la ficción, que imagino muy cercana a la experiencia personal de su autora, Ana Puértolas, se cruza con la realidad para dibujarnos un retrato tan completo como gratificante. Esos hechos, en apariencia personales y en los que no falta el humor, pasan así a ser relevantes para todos.

En nuestra tradición literaria no abundan ni las novelas ni las memorias políticas, y menos de las mujeres que participaron en la política, y por eso sorprende tanto El grupo. Las chicas que se arriesgan en las manifestaciones frente a los grises, que son encarceladas sin juicio en las sórdidas prisiones del País Vasco, que son interrogadas, que discuten, sufren o disfrutan con el activismo político, son personajes nuevos para nosotros, lectores. Sus experiencias no nos habían sido contadas antes, al menos no de este modo. Y es que hasta recientes legislaturas la política no se asociaba a las mujeres. Dolores Ibárruri fue presidenta del PCE, su nombre y el de Federica Montseny volvieron a aflorar durante la Transición, pero eran mujeres del pasado, recuerdos de la República. Hubieron de transcurrir varias décadas de democracia para que las mujeres fueran vistas como políticas de raza, más allá de lo puntual de algunos nombramientos en los gobiernos de González. Con Aznar, en cambio, empiezan a entrar en política las mujeres de la derecha, con un perfil muy a lo Pilar Primo de Rivera: fuertes, autoritarias, leales y con pedigrí.

Dice Natalia Ginzburg en su delicioso libro Las tareas de casa y otros ensayos (Editorial Lumen): «Mis pensamientos políticos son como mucho torpes, liosos, elementales, confusos. Debido a ello, me siento a menudo despreciada por personas que quiero. Piensan que mi pobreza de pensamiento para la política es frivolidad, falta de seriedad, consentimiento culpable. Lo piensan en silencio. Pero el peso de su desprecio es opresivo para mí. Si intentase justificarme en presencia de ese severo silencio, no encontraría más que palabras grotescamente toscas y fútiles. Y sin embargo estoy segura de que tiene que haber un lugar en el mundo también para los que, como yo, no comprenden la política». Creo que lo que viene a señalar Ginzburg (que también militó en su juventud en el PCI, Partido Comunista Italiano) es que el lenguaje clásico de la política no es un idioma ni femenino ni doméstico, y es por tanto excluyente. Pero si no ha logrado incluirnos en su conversación ¿no será porque no ha querido? En El grupo Puértolas también apunta algo en este sentido: una de esas chicas que se juegan el tipo constantemente trayendo y llevando documentos o divisas para los dirigentes del partido piensa que los debates de sus camaradas varones son a menudo farragosos, largos, pesados. Los hombres se divierten hablando sobre el revisionismo soviético, sobre táctica y teoría, porque cuando ellos dominan el discurso nada es frívolo, todo debe ser tomado en serio, aunque se estén dejando muchas cosas en el tintero.

También la premio Nobel Svetlana Alexeivich aludía hace unos días a esta división en la percepción de la política según el género. Señalaba que los hombres, en su país, han sido educados en la idea de que algún día serían soldados, pero las mujeres no. Por eso ellas no aceptan con normalidad la guerra, el enfrentamiento, el combate, y lo cuestionarán siempre con sus propias palabras. Añadía que el arte ha pensado más en el mal que en el bien, porque el mal es bello, como bellas en su diseño son las armas mortales. Disponemos de mucha información sobre el mal, lo aprendemos de las noticias como de la ficción. Sabemos más de cómo se fabrica un cóctel molotov que un cruasán.

Pero el fin del arte no es desconcertar ni apabullar a las personas mediante el uso del mal, sino darles algo a lo que agarrarse para seguir adelante. Creo que esa idea está presente en El grupo, no solo la de hacer una crónica del activismo político en el tardofranquismo, sino la de darnos algo a lo que agarrarnos hoy aquí y ahora. Cómo pensar la política es también cómo hablar de ella, cuál es su lenguaje y si, como decía Ginzburg, vamos a discriminar a quienes no lo dominan. Hay que dar las gracias a Ana Puértolas por ofrecernos un libro que habla de política con nuestro idioma. El de todos.

Ángeles González-Sinde, escritora y guionista.

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