El idiota que viaja

Me apresuro a señalar que el título de este artículo está tomado de la edición castellana del libro que publicó en 1993 Jean-Didier Urbain. En sus páginas y bajo este provocativo enunciado, el sociólogo francés proponía una interesante reflexión sobre la figura del turista y las complejas relaciones que este establece con los residentes locales de un determinado destino. Con el análisis de ilustrativos ejemplos, Urbain argumentaba las razones que habían conducido a que el concepto de turista haya pasado a tener en determinados ámbitos una consideración peyorativa que le hace aparecer como responsable visible de los impactos negativos que el sector pueda tener en un destino.

Prácticamente 20 años después de la publicación del libro, las cuestiones allí abordadas, lejos de perder actualidad, han incrementado su interés en la medida en que el turismo ha emergido como un sector económico internacional de primer orden. Desde la óptica catalana, estas dos décadas han aportado significativas novedades. Por un lado, a partir del impacto de los Juegos Olímpicos de 1992, el despegue de Barcelona como uno de los destinos urbanos internacionales más competitivos. Un éxito incuestionable que reporta grandes beneficios a una ciudad que, sin embargo, mantiene el debate (lógico) sobre los impactos negativos que puede implicar el turismo. Por otro lado, desde la perspectiva de la demanda, en los últimos años hemos asistido a la intensificación del denominado proceso de democratización de los viajes (iniciado aquí con posterioridad y con menos fuerza que en la Europa central y del norte, eje de la hoy en entredicho sociedad del bienestar), que ha vivido su punto álgido durante los años de la burbuja inmobiliaria. La desmesurada y temeraria fluidez del crédito que en esta época embarrancó a centenares de miles familias con hipotecas de alto riesgo también se destinaba a financiar viajes de consumidores que asimilaban que el turismo se había convertido prácticamente en un derecho irrenunciable, aunque hubiera que pagarlo a plazos. El nacimiento, desarrollo y filosofía de las compañías de bajo coste, como Easyjet o Ryanair, contribuyó significativamente a la expansión de este planteamiento.

En este escenario, el concepto de turista sigue teniendo (e incluso aumentando) en determinados ámbitos un componente peyorativo. Y como elemento de distinción se contrapone el concepto de viajero, al que Urbain también se refiere en su libro. Muchas personas rechazan hoy ser clasificadas como turistas y se reivindican como viajeros evocando el imaginario de grandes figuras de la historia, sin duda con algunos equivalentes contemporáneos, mitad exploradores mitad aventureros, que proyectaban el bien durante sus expediciones. Critican el comportamiento de los turistas (no solo de los incívicos) que, por ejemplo, recibe Barcelona y parece que cuando ellos visitan París o Berlín no hacen fotos en los lugares emblemáticos, no contribuyen a saturar los aeropuertos y los centros de interés, sus vuelos no contaminan, no tienen programas de visitas apretados para aprovechar al máximo los días o se relacionan cordialmente con la población local. Lo cierto es que, aunque sea así, y a pesar suyo, técnicamente no dejan de ser contabilizados como turistas (utilizando terminología de instituciones como la Organización Mundial del Turismo), de la misma manera que tan residente de una determinada ciudad es el vecino incívico como el que dedica su tiempo libre a prestar servicios sociales como voluntario.

Por ello, para analizar la gestión de los impactos negativos del turismo en un destino, más que en el turista hay que situar el foco en los gestores del territorio. En sociedades teóricamente democráticas deben existir los mecanismos que permitan definir y regular a través de la planificación el tipo de oferta turística (sol y playa, Eurovegas, Barcelona World, cultura, borrachera…), y por lo tanto el perfil del visitante deseado, considerando los intereses del conjunto de la sociedad. La mirada crítica, por tanto, más que hacia el turista cívico debe dirigirse hacia la sociedad receptora. En nuestro caso, en forma de autocrítica si es el caso.

De todas formas, un anuncio que este verano ha publicitado notoriamente una de las empresas dedicadas a la compra de oro (un sector que con la crisis ha crecido espectacularmente, y en muchos casos ocupando locales de cesantes inmobiliarias) parece constatar que viajar no ha dejado de ser una necesidad a pesar de la dramática coyuntura económica. El mensaje publicitario anima a los consumidores a vender sus pertenencias en oro, pero no para satisfacer la emergencia de una necesidad básica como el alquiler de la vivienda. El reclamo apela al instinto del potencial cliente para que gracias a la venta de su oro no renuncie a sus vacaciones de verano. Si Maslow levantara la cabeza…

Joan Miquel Gomis, director del Programa de Turismo de la UOC.

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