El igualitarismo liberal

Por Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política en la UPF (LA VANGUARDIA, 28/02/07):

Hasta los años 70 del siglo pasado, las concepciones liberales y socialistas sobre la justicia social resultaban muy distantes entre sí. Ambas empleaban conceptos, valores y lenguajes con pocos elementos comunes, exceptuando un conjunto de críticas recíprocas inequívocas, pero poco detalladas. Mientras el liberalismo clásico insistía en la superioridad del individualismo, la libertad y el mercado, socialistas y socialdemócratas esgrimían enfoques de crítica al capitalismo como un sistema a la vez ineficiente e injusto, a partir de premisas sociales, igualitaristas y en favor de una intervención del Estado. El utilitarismo, el marxismo y una socialdemocracia con poca teoría dominaban el panorama intelectual. Sin embargo, en cada una de sus propias filas había gente insatisfecha, tanto en relación con los componentes morales y políticos respectivos, como en relación con sus resultados prácticos.

En 1971 irrumpe la obra de John Rawls Una teoría de la justicia,la cual supone una revolución académica que refina los conceptos, valores y argumentos de la discusión, y que genera un alud de investigación en un ámbito hasta ese momento un tanto anquilosado. La nueva teoría parte de una crítica al utilitarismo, aunque salvando el planteamiento de los individuos como últimos decisores de su propio bienestar y los incentivos individuales. Se inicia con ella la corriente que ha dado en llamarse igualitarismo liberal. Uno de sus atractivos es que plantea qué tipo de desigualdades son justas y qué otras no lo son. Según Rawls, las instituciones de una sociedad justa deben remover las desigualdades motivadas por las circunstancias de los individuos, es decir, aquellas situaciones que éstos no han elegido (como la clase social en la que han nacido, su estado de salud, sus capacidades naturales, etcétera). A partir de ahí, esos mismos individuos deben ser responsables de las elecciones que realizan, sin esperar compensaciones por las consecuencias de las mismas.

Los individuos somos distintos. Unos tienen aversión al riesgo, mientras que otros son más osados; unos prefieren ganar dinero como objetivo básico, mientras que para otros sólo es un medio para dedicarse a su estilo de vida preferido; unos prefieren ahorrar y otros consumir; etcétera. Las desigualdades basadas en las elecciones son legítimas; pero las desigualdades basadas en las circunstancias no lo son.

Éste es un planteamiento que, de entrada, resulta atractivo. De hecho, la izquierda (socialista y socialdemócrata) nunca contestó adecuadamente a la crítica de la derecha sobre la responsabilidad individual moralmente exigible a los ciudadanos (una crítica que la derecha también dirige a los estados de bienestar, por propiciar una sociedad, dicen, con individuos irresponsables y parásitos,acostumbrados a vivir de los subsidios sociales sin aportar casi nada positivo a la colectividad). Efectivamente, la insistencia de la izquierda en la lucha contra las injusticias sociales no consideraba casi nunca las injusticias a escala individual. Una cuestión que erosionaba su posición al no dar una respuesta satisfactoria a la crítica de la derecha sobre por qué considerar injustas las desigualdades sociales si no se tenían en cuenta las injusticias contra la equidad a escala individual. Como es sabido, Rawls propone todo un arsenal intelectual bastante refinado que incluye componentes individuales y sociales para llegar a sus dos famosos principios de la justicia: el principio de las libertades iguales para todos, y el principio sobre las desigualdades socioeconómicas. Estas últimas son aceptables mientras garanticen la igualdad de oportunidades y mientras actúen en beneficio de los peor situados en la sociedad.

A partir de esta obra se ha venido produciendo un verdadero alud de comentarios, críticas, contraargumentos, etcétera, que ha cambiado el panorama de la discusión sobre temas de justicia distributiva. Más que ver si la solución de Rawls es la adecuada (a estas alturas del viaje parece claro que no), lo importante de su aportación es el cambio de estilo en la discusión de los temas de distribución social, tanto en las filas de la derecha como en las de la izquierda. El panorama ha dado pie a toda una serie de posiciones, desde una renovación del libertarismo clásico orientado al mercado (Nozick, Gauthier, Narveson), hasta planteamientos igualitaristas de distinto tono y acento, ya sea siguiendo las premisas del propio igualitarismo liberal (Dworkin, Scanlon, Roemer), ya sea siguiendo las de la socialdemocracia clásica (Cohen, Anderson, Scheffer).

El igualitarismo liberal es más exigente en sus demandas de igualdad que los servicios que proveen los estados de bienestar a través de la política fiscal. Sin embargo, las soluciones institucionales alternativas del igualitarismo liberal están muy ausentes en su teoría (un déficit que comparte con el republicanismo). Por otra parte, insistir en la responsabilidad de la elecciones individuales parece erosionar la confianza social y la solidaridad, además de complicar aún más el guión de los decisores políticos. La discusión entre posiciones de derecha e izquierda, con todas sus variantes y matices, seguirá estando presente en las democracias. Pero para aumentar la calidad argumentativa resulta conveniente entender bien los motivos de la irrupción y del éxito intelectual del igualitarismo liberal en las tres últimas décadas. A pesar de sus limitaciones. De hecho, las demás teorías de la justicia muestran déficits aún mayores.