El impacto del COVID-19: la digitalización como bien común

Figura humana delante de pantallas digitales. TeamLab Japan (Tokio, Japón). Foto: Su San Lee (@blackodc)
Figura humana delante de pantallas digitales. TeamLab Japan (Tokio, Japón). Foto: Su San Lee (@blackodc)

La pandemia ha puesto de relieve la importancia de la digitalización y la conectividad para mantener la vida personal, social y profesional de todas las poblaciones y de la vida económica. También ha supuesto una aceleración de la digitalización, que va a reforzarse en los próximos meses y años. Dentro de la necesidad de una renovación del contrato social, ésta se debería considerar como un bien común, público o colectivo (en su sentido económico, no jurídico) que ayudara a colmar las diversas brechas (territoriales, sociales, de género, empresariales, etc.) que se han agrandado con el COVID-19 en las sociedades y entre las sociedades. La digitalización, un fenómeno comparable al de la electricidad en su día que puede facilitar el cumplimiento de varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) , debería entrar a integrarse con más fuerzas en las políticas de cooperación al desarrollo. Se examinan aquí diversas propuestas desde España, la UE y la ONU, entre otras.

Introducción

El COVID-19 y la manera de enfrentarse a dicha pandemia ha acelerado no sólo la digitalización1 de amplios sectores de las sociedades y de las economías, sino que ha puesto de relieve que la conectividad y otros servicios digitales esenciales no sólo son tecnologías transversales, sino que se han convertido en bienes comunes (que también se podrían calificar de públicos o colectivos), que deberían ser europeos y/o globales, la mayor parte de las veces aportados por empresas privadas. Lo público garantiza que se producen en cantidad suficiente y al precio adecuado.

Es un fenómeno comparable o superior al de, en su día, la electricidad o el agua corriente y los desagües, además de la telefonía por cable (que conlleva el concepto de distancia y por tanto de conectividad) que al principio eran servicios de lujo para pocos, y ahora son necesarios para todos. Incluso más, pues afectan de lleno al sentido de la democracia moderna en nuestras sociedades europeas. La pandemia ha puesto de relieve que muchos españoles, y ciudadanos de otros países, se han quedado atrás en trabajo, educación y otros aspectos de la vida, por un acceso insuficiente a Internet. No tener acceso a Internet de suficiente capacidad para afrontar las nuevas necesidades lleva a estar cortado de la sociedad y de la economía. Aunque hay que diferenciar los conceptos de acceso universal y de servicio universal. La insuficiencia puede ser debida a diversos factores: que no exista posibilidad física de acceder a Internet por no existir cobertura en la zona de residencia; que la cobertura sea de una calidad insuficiente; que su coste sea inasumible; o que no se disponga de las habilidades y competencias necesarias para usar la Red y otras posibilidades digitales de manera eficiente. El acceso es una condición necesaria pero no suficiente. La conectividad debe ampliarse en alcance y en capacidad. Nadie debe quedar atrás en los nuevos saltos de conectividad y de digitalización, pues en ellos en buena parte se juega el futuro de una economía que va a cambiar profundamente, y de las sociedades.

El COVID-19 nos ha hecho mirar de otra forma cuestiones como las infraestructuras de telecomunicaciones, las nubes o la Inteligencia artificial como tecnologías críticas para la marcha de la economía y de las sociedades. Y lo que ya está viniendo, como el Internet de las Cosas, las hace aún más importantes. También la cuestión de las competencias digitales, desde las más básicas (la alfabetización digital) para una gran parte de la población, hasta las más avanzadas para expertos.

La pandemia ha acelerado el proceso de nuestra transformación en sociedades digitales, aún incipientes. Por citar un ejemplo, para Christine Lagarde,2 presidenta del Banco Central Europeo (BCE), la economía ha cambiado y va a cambiar aún más de la mano de esta aceleración puesta en marcha por la pandemia. En Europa, un 50% de los empleados han trabajado desde sus casas en los momentos más duros de los confinamientos, y sólo un 10% tenían prisa en volver a sus lugares habituales de trabajo; la venta presencial al por menor se está viendo rápidamente sustituida por el e-comercio, que en Europa ha crecido en un 20% desde febrero; el pago en papel o moneda se está sustituyendo por el pago por medios digitales y otros cambios por el estilo. En opinión de Lagarde, es previsible un cambio permanente en los modos en que trabajamos, compramos y pagamos. Cabe añadir, los modos en que vivimos. Incluso en materia de entretenimiento, el crecimiento de las plataformas en línea ha sido notable, como también la educación on-line. El BCE está estudiando seriamente el dinero digital, entre otras cosas para controlar su desarrollo. Y Lagarde prevé la llega, a través de esta conectividad, de “una nueva ola de globalización basada en servicios en la web”, incluidas visitas médicas, algo que ya ha empezado. Todas estas transformaciones, que lo son de nuestras vidas, van en un sentido digital y de conectividad.

La utilidad de la digitalización y los macro datos también está resultando esencial a la hora de investigar el virus, diseñar vacunas, detectar nuevos brotes de esta y otras enfermedades, y permitir apps de rastreo digital, entre otras. En la pandemia, y muy especialmente en los confinamientos, ha quedado patente la importancia –que venía de antes–, de las redes de comunicación y de las plataformas de servicios –de su capacidad y resiliencia– tanto para la vida cotidiana, para la conexión entre familiares y amigos, como para el trabajo, la educación y el entretenimiento (que también es parte de nuestro modelo sociocultural). Sin olvidar la digitalización de las administraciones públicas, que en buena parte han seguido funcionando gracias a ella, y de sectores enteros que han ganado centralidad en estos tiempos, como es la sanidad.

La pandemia ha acelerado la urgencia de un nuevo contrato social para esta era a escala nacional, europea y global, y dicho pacto requiere una evidente dimensión digital. Telefónica, por ejemplo, propone una “transición digital justa e inclusiva,3 y su objetivo es cubrir con fibra óptica el 100% de España para 2025 y al 75% de la población con la red 5G. Pues mal llevada y planteada, la digitalización puede generar más desigualdad.

El propio buscador de Google, Google Maps, y las tecnologías en las que se basan como el GPS, en funcionamiento aunque no público desde los 90 (aunque hasta 2008 el Gobierno de EEUU no ofreciera un servicio normalizado a la Organización de Aviación Civil Internacional), por citar unos ejemplos, se han convertido en instrumentos, en servicios de primera necesidad como, según señalábamos, el agua corriente, la electricidad o la telefonía, aunque haya muchas poblaciones en el mundo que no tienen acceso a ellos. La conectividad digital inalámbrica ha permitido que territorios enteros se ahorraran las grandes inversiones de las redes telefónicas, y el 5G puede suponer otro salto en este sentido. Ahora bien, aunque sin duda la telefonía móvil ha supuesto un ahorro porque el bucle de abonado (red de acceso o última milla) se ha hecho más barato. sigue siendo necesaria una red troncal con infraestructura de fibra óptica bien desplegada en todo el país.

La pandemia ha supuesto una aceleración y transformación de la digitalización –que continuará en los próximos meses y años–. En unos meses, al menos en nuestros países, se ha logrado avanzar lo que hubiera requerido varios años en condiciones normales. El COVID-19 nos ha transformado/acelerado en sociedades digitales, y la digitalización y la conectividad han impedido que una recesión se transformara en una depresión. En España, por ejemplo, la demanda de banda ancha creció un 40% en las primeras semanas del confinamiento, y el tráfico en móviles un 50% en voz y un 25% en datos, según datos de Telefónica.

La pandemia ha vuelto a demostrar la importancia de la neutralidad de la Red (net neutrality), una cuestión que se plantea sobre todo en EEUU ante la liberalización introducida por la Administración Trump para que las empresas puedan bloquear, frenar o priorizar el tráfico en la Red, que la futura Administración Biden pretende deshacer, para evitar que sean las empresas proveedoras del servicio las que decidan qué es lo prioritario. En lugar de hacer obsoleta la neutralidad de la red, la crisis del COVID-19 nos recuerda por qué es un principio tan importante. “La crisis muestra que incluso en circunstancias extremas, las empresas de Internet pueden proporcionar una red neutral”.4 Neutralidad no significa gratuidad. La propuesta de Carta de Derechos Digitales del gobierno español, abierta a consulta pública, defiende el derecho a la neutralidad de la Red.5

Cabe recordar que Tim Berners-Lee inventó en 1989 la World Wide Web como un proyecto abierto y colaborativo. Recientemente ha expresado su alarma ante cómo algunas grandes tecnológicas se han hecho con ella y la están explotando, y está tomando iniciativas para contrarrestarlas y volver al origen.6

También la pandemia y la forma de enfrentarse y sobrevivir en ella ha puesto de manifiesto y agravado la significancia de distintos tipos de brechas digitales y de conectividad, entre zonas rurales y urbanas, entre colectivos sociales, incluidas por ingresos y por géneros, y entre empresas (entre grandes y pequeñas empresas), que se necesitan abordar y colmar de cara a ese o a esos nuevos contratos sociales. Pues la combinación de las brechas digitales y la pandemia amplifican las brechas sociales y las desigualdades en diversos ámbitos de la vida.

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Andrés Ortega Klein, Investigador sénior asociado, Real Instituto Elcano | @andresortegak


1 Entendemos por digitalización el conjunto de resultados derivados del uso del formato binario que cambia tanto la forma de llevar a cabo tareas, la comunicación y el acceso al conocimiento. Estamos ante una tecnología de propósito general cuyo desarrollo con otras ramas aporta conocimientos y técnicas que impactan en los distintos sectores económicos, el empleo, los hábitos de les personas y en la propia geopolítica. Véase Gregorio Martín Quetglas (2019). “¿Qué es la digitalización?”, ARI nº 64/2019, Real Instituto Elcano.

2Governor’s talk”, 12/X/2020.

3 Telefónica (2020), Un pacto digital para reconstruir mejor nuestras sociedades y economías. Y, por ejemplo, McKinsey Global Institute (2020), The social contract in the 21st century, publicado antes de la extensión global de la pandemiay.

4 Klint Finley (2020), “The Covid-19 Ppndemic shows the virtues of net neutrality”, Wired, 5/IV/2020,.

5 Gobierno de España (2020), “Carta de Derechos Digitales”.

6 Financial Times, 9/XI/2020.

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