El Imperio Romano catalán

Si alguno de ustedes, queridos lectores, estudió filosofía en tiempos pretéritos, recordará el clásico Mito de la Caverna de Platón, una metáfora o analogía referida a la relación entre los seres humanos y el conocimiento; texto didáctico en el que una multitud de esclavos permanece maniatada en el interior de una inmensa caverna, mientras que a sus espaldas, tras un muro divisorio, sus captores desfilan portando estandartes coronados por símbolos: figuras y pictogramas que la luz de las hogueras proyecta en forma de sombras contra la pared opuesta, ésa que los sometidos están obligados a visualizar, lo quieran o no, de la mañana a la noche…

Lo recuerdan, ¿verdad? Pues ese es el execrable sistema de adoctrinamiento del nacionalismo, de cualquier nacionalismo, al llenar de sombras deformes la mente de los acólitos…

Me topé hace unos días con la noticia de la edición de un librito para niños llamado Petita Història de Catalunya, de la editorial Mediterrània, que es una aberración de juzgado de guardia, destinada a tergiversar y moldear la realidad histórica. Baste decir que en las primeras páginas se incluye un mapa del “Imperio Romano catalán”, conformado, naturalmente, por Cataluña, Aragón, Navarra, Sur de Francia, Comunidad Valenciana e Islas Baleares… ¡Toma ya!

He dedicado incontables horas de mi vida a la Historia, siempre con mayúscula, y jamás he leído una sola referencia a un Imperio Romano catalán, andaluz, castellano o gallego. Jamás. Cuando los romanos iniciaron la conquista de Hispania, se toparon con cientos de tribus, a cual más pedestre. En Cataluña campaban a sus anchas indigetes y ausetanos (Gerona); layetanos (Barcelona); cosetanos y lacetanos (Tarragona) y los belicosos ilergetes (Lérida). Cien años antes de Cristo esas tribus no hablaban en catalán. Ni siquiera en catalán arcaico, como sostienen los historiadores del régimen; su máximo común denominador era que todos apestaban a all-i-oli y comían calçots, pero por lo demás se llevaban a matar entre ellos. Y Julio César, claro, les dio “pal pelo” a todos. Lean o relean su excelente crónica de ‘La Campaña de Lérida’: “Erat inter oppidum ilerdam et proximum collem…”. Yo la traduje integramente del latín, junto a otros textos clásicos, durante el bachillerato.

¿Ustedes creen que esas tribus de espardeña sudada son el pueblo milenario que fundó el Imperio Romano, tal y como asegura Cucurull –esa luminaria del estudio empírico de la Historia– y los eminentes adláteres del Institut Nova Història? Ellos lo tienen muy claro, porque mantienen, contra viento y marea, que “no hay otra nación en el mundo que haya llegado al grado de civilización de la nación catalana. Nosotros fundamos Roma”. Y tras eructar, apostillan: “España aún vive en la Edad de Piedra”.

¿Debemos aceptar, por tanto, que todas las inscripciones, arcos de triunfo, columnas, edictos y textos políticos o literarios del Imperio Romano fueron escritos en catalán y que los salvajes del Tribunal Constitucional, en un descomunal esfuerzo de “condena de la memoria” —damnatio memoriae— arrasaron con ello y lo volvieron a cincelar o escribir en latín para tocar la pera al personal?

¿Y qué hacemos con los tres grandes emperadores romanos de origen hispánico: Trajano, Adriano y Teodosio, llamado “El Grande”? Digo yo que deberíamos hacer algo. Trajano luchó contra los partos y conquistó Tracia; Adriano marcó las limes (fronteras, límites) del mundo romano y construyó el famoso muro en Inglaterra, para salvaguardar la civilización del salvajismo de los pictos; Teodosio, finalmente, extendió el cristianismo y dividió el inmenso imperio entre sus dos hijos: Oriente, para Arcadio; Occidente, para Honorio.

¿Saben qué ocurre? Se lo voy a explicar… Tanto Trajano como Adriano eran de Itálica (Santiponce, Sevilla) y todos sabemos –permítanme parafrasear al execrable Pujol– que los emperadores romanos andaluces fueron “hombres a medio hacer, anárquicos, destruidos, que vivieron en un estado de miseria cultural, mental y espiritual; que fueron, en resumidas cuentas, la muestra de menor valor social y espiritual de España”. Teodosio, por su parte, pobret, nació en Coca (Segovia), zona deprimida en la que los gloriosos catalanes levantaron un formidable acueducto. Tampoco es ése un origen digno de encomio. Cualquier día nos venderán que en realidad eran Trajà, Adrià y Teodosi, de Vallgorguina, Matadepera y Besalú, respectivamente.

Sé que se están riendo. Y eso es lo que pretendo, porque aguantar a tanto fantoche uniceja hiperventilado, sin tirar de ironía, es sencillamente insoportable. Pero ahora piénsenlo seriamente: esas burradas, y otras tan descomunales o incluso más, son las que les inculcan a nuestros hijos en Cataluña a diario en las escuelas. Cuarenta años, cuarenta, de repugnante y miserable adoctrinamiento nacionalista.

En el futuro el Tribunal de la Historia les juzgará. A todos ellos.

Yo, infinitamente más inclemente, ya he dictado sentencia.

Julio Murillo, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación.

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