El incómodo Albert Camus

El 4 de enero de 1960, hoy hace exactamente cincuenta años y tres días, murió en accidente de automóvil el escritor Albert Camus. Joan de Sagarra explicó los detalles del accidente en su artículo del domingo pasado. Sólo tenía 47 años y su fama e influencia en la Europa de su tiempo habían llegado a ser más que considerables.

En parte ello era debido a que su tarea de pensador pudo llegar a públicos muy diversos al haberse proyectado en varios formatos: filosofía, teatro, narrativa y periodismo. Novelas como El extranjero y La peste,ensayos como El mito de Sísifo y El hombre rebelde,obras de teatro como Calígula,narraciones como El verano y Bodas,así como numerosos artículos periodísticos, son ya piezas clásicas del pensamiento y la literatura del siglo XX. Tener a mano su obra completa (publicada en francés por Gallimard en La Pléiadeyen castellano por Alianza) para leer y releer a Camus es siempre un asidero seguro para reflexionar con placer y provecho sobre la condición del hombre actual. La Academia Sueca le concedió el premio Nobel de Literatura en 1957.

No obstante, a partir de su muerte, la fama e influencia de Camus disminuyeron notoriamente. Las causas hay que encontrarlas, primero, en su ruptura con el grupo de Sartre y en su oposición a todos los totalitarismos, incluido el de la Unión Soviética. Pero, sobre todo, en segundo lugar, y pese a que había nacido y vivido en Argelia hasta edad adulta, en su oposición al nacionalismo argelino por sus discrepancias con los métodos terroristas de las fuerzas guerrilleras que dirigían la lucha contra el colonialismo francés y con la perspectiva de una Argelia independiente en la que sólo tuvieran cabida los árabes. Todo ello le fue aislando de la izquierda francesa, de la que había sido una de las figuras intelectuales más destacadas.

En los años siguientes a su muerte, ni el gauchismo tercermundista, ni las diversas corrientes del Mayo de 1968, ni los estructuralistas o los filósofos posmodernos reconocieron a Camus como maîtreà penser en el que inspirarse o reconocerse, pues nada les ligaba a él. Menos aún fue reivindicado por las corrientes conservadoras que lo han considerado siempre, como es natural, un hombre de izquierdas. Sólo a mitad de los años noventa, a raíz de la publicación de su inacabada novela autobiográfica El primer hombre,Camus volvió a la escena cultural francesa y europea, esperemos que para quedarse, ya que ciertos aspectos de su pensamiento – en especial, su actitud como intelectual-tienen plena vigencia y su literatura sigue resultando de una sobrecogedora belleza.

Con el fin de ambientarme para la redacción de este artículo he releído el discurso de aceptación del Nobel el 10 de diciembre de 1957 y la conferencia pronunciada en la Universidad de Uppsala cuatro días después, dos breves piezas del Camus tardío que revelan una actitud constante en su vida y obra: el necesario compromiso de todo escritor con la verdad, aquello que hace cincuenta años llamábamos autenticidad, hoy poco de moda.

Reproduciremos a continuación algunas frases significativas de ambos textos. Por ejemplo: “Crear hoy es crear peligrosamente. Toda publicación es un acto que expone a su autor a las pasiones de un siglo que no perdona nada”. Y añade: “No es sorprendente, pues, que todo lo válido que se ha creado en la Europa mercantilista de los siglos XIX y XX, en literatura, por ejemplo, se haya edificado contra la sociedad de su tiempo”. O: “El artista libre, como el hombre libre, no es el hombre cómodo”. Y concluye: “Cuando la tiranía moderna nos muestra que el artista es el enemigo público, tiene razón”.

Desde estas actitudes libres, a contracorriente y, por tanto, peligrosas para el poder, Camus determina la función del escritor: “Por definición, no puede ponerse al servicio de los que hacen historia; está al servicio de los que la sufren. (…) Dos compromisos del oficio de escritor: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión (…) Las dos responsabilidades que constituyen la grandeza del escritor: el servicio a la verdad y a la libertad. (…) La verdad es misteriosa, huidiza y siempre está por conquistar. La libertad es peligrosa, tan apasionante como difícil de vivir. Nosotros debemos marchar resueltamente hacia estos dos objetivos”. Y añade: “Que la libertad se haya tornado peligrosa indica que está en camino de no dejarse prostituir”.

Finalmente, Camus destaca la independencia como elemento necesario en el compromiso del escritor. “La belleza, incluso hoy, sobre todo hoy, no puede ponerse  al servicio de ningún partido; sólo está al servicio, a largo o breve plazo, del dolor y de la libertad de los hombres. El único artista comprometido es el francotirador que, sin rechazar el combate, se niega al menos a sumarse a los ejércitos regulares”.

Jean-Paul Sartre – otro olvidado al que deberíamos volver-escribió con gran nobleza en su necrológica publicada en el France Observateur de 7 de enero de 1960 – hoy hace exactamente 50 años-que Camus se inscribe en la gran tradición de escritores y pensadores franceses que han reafirmado, contra el maquiavelismo y el becerro de oro, la existencia del hecho moral. La peor infamia que podría hacérsele a Camus es, como pretende Sarkozy, enterrarle en el Panteón. Él, una oveja descarriada, tan libre y siempre tan alejada del rebaño.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB