El inicio de un asombroso viaje

Tal día como hoy, un 10 de agosto de hace quinientos años, una expedición compuesta por cinco pequeñas naos y unos 240 hombres, partió del puerto de las Muelas, frente a la Torre del Oro de Sevilla, para emprender un viaje que hasta entonces había resultado imposible: llegar a las islas de la Especiería navegando hacia occidente si conseguían encontrar el tan buscado paso al mar del Sur. Un mar varios años presentido del que, en 1513, un arriesgado e inteligente extremeño, Vasco Núñez de Balboa, había logrado tomar posesión en nombre de la Corona castellana. Ese era el escenario; así estaba planteada una empresa que debería durar dos años y que se convirtió en la mayor aventura vivida por el hombre.

El resultado, absolutamente imprevisto, fue que una de esas naos, la Victoria, circunnavegó la Tierra por vez primera después de haber cumplido el plan inicial de encontrar el estrecho en tierras imposibles, navegar el mayor océano del planeta nunca horadado por ningún occidental, llegar a las islas del Maluco y cargar el clavo suficiente como para que su venta costeara la expedición. Todo un éxito que costó muy caro: se cobró la vida de más de doscientos hombres, entre ellos la del jefe de la expedición, Fernando de Magallanes. Fue el precio que hubo que pagar por conseguir recorrer más de 85.000 kilómetros por rumbos desconocidos, soportar penalidades sin límites, entrar en contacto con decenas de pueblos ignotos hasta entonces, medir costas y longitudes y demostrar empíricamente la esfericidad de la Tierra. Todo contado por varios de sus protagonistas, que se convirtieron en los principales cronistas de la aventura. Los más interesantes, Pigafeta y Albo. El primero narró el viaje al modo de un cronista actual, con sus filias y sus fobias muy acusadas; el segundo nos dejó un viaje de a bordo que sirvió durante mucho tiempo como modelo de navegación.

¿Qué ocurrió para que una empresa tan arriesgada -con experiencia negativa de años- fuera aceptada y se preparara en menos de año y medio, costeada por la Corona española, que nuevamente acogió un proyecto, esta vez de dos de dos «visionarios» portugueses, Magallanes y Faleiro?

Mucho había cambiado en España y en Europa. La incertidumbre de la muerte del Rey Fernando quedó despejada con la llegada al trono de su nieto Carlos, un hombre joven educado en Europa, que apareció rodeado de consejeros flamencos en perfecta conexión con banqueros alemanes y financieros holandeses que mucho sabían del mercado de las especias, esas codiciadas plantas que movían un comercio de altos vuelos y ganancias y en el que habían intervenido, junto a un grupo de importantes comerciantes burgaleses, de la mano de Portugal. La apropiación de los beneficios de este comercio por la Corona portuguesa, que les impedía su negocio, los llevó a poner la esperanza en el proyecto de un marino portugués que ya conocía las claves y que se puso el servicio del nuevo Rey de España, Carlos I. Para éste, era muy importante determinar si las Molucas o islas de la Especiería entraban en el territorio español del mapa que había sido diseñado en el Tratado de Tordesillas pero cuyo antimeridiano asiático aún no había sido medido. Razones muy contundentes políticas, geográficas y económicas hicieron el milagro de encontrar fondos y preparar todo en un tiempo récord, a pesar de los inconvenientes en contra, el mayor de los cuales fue el continuo boicot de Portugal, cuyo factor en Sevilla, Sebastián Álvarez, hizo todo lo posible hasta el último día para abortar el viaje.

Allí se había afincado Magallanes, dos años antes, y allí formó una familia y vivió en el Alcázar, del que su suegro, Diego Barbosa, era teniente de Alcaide. Allí dictó su testamento y fundó un mayorazgo en el que dejó muy claro que el heredero debería vivir en tierras castellanas. Con los títulos de comendador de la Orden de Santiago y capitán general de una flota del Rey de Castilla, comienza su mayor y última aventura. Juan Sebastián Elcano, que se llevaría todos los honores, aparece aún como una figura desdibujada, maestre de la nao San Antonio. Era el comienzo de un periplo que duraría más de tres años y que tuvo unas consecuencias inimaginables que aún no han sido del todo estudiadas. Pocos meses antes se habían fundado las ciudades de Veracruz y Panamá en tierras avistadas por Colón, puntos clave de un comercio atlántico que duraría tres siglos, que cambió la economía mundial y que, gracias al viaje que hoy se conmemora, se pudo extender hasta Asia. Ya es hora de que los españoles nos sintamos orgullosos de la época más deslumbrante de nuestra historia.

Estos días pasados, con motivo del cincuentenario de la llegada del hombre a la Luna, se han escrito páginas acertadas en este mismo diario comparando ambas hazañas. Es verdad que pueden verse algunas similitudes, sobre todo en los años de preparación y madurez de cada una de ellas y en la rivalidad de distintas potencias por lograr llegar primero. Pero mientras que en el viaje que se inició hace quinientos años todo era incierto, desconocido y precario, en el de hace cincuenta, todo estaba comprobado, la ruta era conocida y estuvo dirigido por una técnica sofisticada. El primero fue una epopeya humana. El segundo, producto de una técnica avanzada.

Parece que, por fin, se ha despertado un fuerte interés por celebrar esta hazaña española y eso debe alegrarnos. Hoy se celebra en Sevilla un acto institucional importante para conmemorar el inicio de este asombroso viaje en el mismo lugar donde todo se preparó y desde donde partieron las naves. Se está montando una gran exposición para ser inaugurada en septiembre en el Archivo General de Indias de la mano del Ministerio de Cultura a la que asistirá S.M. el Rey, y el 20 del mismo mes, en Sanlúcar de Barrameda, habrá otro gran acto para conmemorar la salida definitiva al mar desde ese bello lugar. Me consta que Don Felipe VI tiene un gran interés en que estos tres años sirvan para aunar esfuerzos y para que el recuerdo de esta hazaña sea universal, de manera que todos puedan conocerla y apreciarla. Es un deber de todos poner en ello el mayor empeño porque creo que es el único sentido que tienen las conmemoraciones de un hecho histórico importante: conocer lo más profundamente posible y con mayor perspectiva todo lo que lo rodea y examinar lo positivo y negativo de nuestro pasado para que podamos reconocernos como colectivo y trasladar lo mejor de nosotros hacia el futuro. Pongámonos manos a la obra y, por favor, sin ningún tipo de complejos.

Enriqueta Vila Vilar es miembro de la Real Academia de la Historia.

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