¿El inicio del fin del chavismo?

El Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela anunció recientemente la convocatoria de elecciones parlamentarias para el próximo 6 de diciembre. Se elegirá entonces a los 165 parlamentarios que componen la Asamblea Nacional (AN), en la que en la actualidad el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) cuenta con una holgada mayoría de 99 diputados. Una mayoría que ha permitido estos años al presidente de la Asamblea, Diosdado Cabello, y al oficialismo ningunear las iniciativas políticas de la oposición, e incluso despojar abusivamente de sus credenciales e inmunidad a aquellos parlamentarios incómodos al bloque de Gobierno. La líder opositora María Corina Machado fue expulsada de la AN en 2014 con argumentos más que cuestionables y acaba de ser inhabilitada por la chavista Contraloría General de la República para optar a cualquier cargo público en los próximos 12 meses, una maniobra más para impedir que pueda concurrir a las urnas en diciembre. El encarcelado dirigente de la oposición Leopoldo López finalizó su huelga de hambre una vez convocados los comicios.

SEAN MACKAOUI
SEAN MACKAOUI

La convocatoria de elecciones es, sin duda, un logro democrático para la sociedad venezolana. No eran pocas las voces que pensaban que estos comicios no iban a tener lugar dado el precario apoyo del oficialismo -según las encuestas más respetadas (Datanálisis), el nivel de rechazo gubernamental supera el 73% del electorado y la popularidad del presidente no supera el 23%- y el deterioro acelerado de la situación económica y política del país, que este año decrecerá un 7%, tras hacerlo el 4% del año anterior, entre carencias de prácticamente todo, carestía descontrolada (se prevé para el año más del 160% de inflación), colas interminables, corrupción rampante y una terrible inseguridad.

Un nuevo tiempo está comenzando y tiene que servir de acicate para que la oposición se una tras un mensaje de superación de las condiciones actuales de vida y convivencia en el país. A partir de ahora se abre un futuro más esperanzador en el que la oposición está obligada, con el entorno institucional definido en las circunstancias actuales, que dista mucho de ser neutral, a pertrecharse de sus sobrados argumentos de seducción ante una población que, aunque vapuleada por la crisis y la inseguridad, aún no se ha pasado en masa al campo de la oposición. Ésta tiene que movilizarse y ganar por mucho el día de los comicios. Le queda casi medio año de movilización para llenar las urnas (en sentido figurado, ya que el voto es electrónico) con votos por los candidatos de la MUD (Mesa de Unidad Democrática) y revertir las artimañas ex-ante y ex-post del régimen para viciar los resultados electorales.

No es desdeñable la capacidad de movilización y coacción del régimen, exacerbando las divisiones internas de la oposición (su flanco más débil), recurriendo al nacionalismo y atizando el fantasma del miedo. Las condiciones que definen el campo de juego en el que las fuerzas democráticas han de jugar la partida sesgan y vician sobremanera la neutralidad del proceso. Es bien sabido que los pucherazos electorales no se suelen ejecutar el día de las elecciones a la luz de los observadores internacionales. En Venezuela se está ejecutando día a día desde hace tiempo. Y así, primero, los líderes muy importantes de la oposición -no sólo Leopoldo López o Antonio Ledezma- están privados de libertad y el Gobierno intentará mantenerlos en esa situación para insertar una cuña de división en la MUD ante el cómo actuar frente a unas elecciones sin libertades plenas; segundo, la libertad de prensa y comunicación son prácticamente inexistentes, sin acceso de la oposición a la televisión ni a prensa escrita relevante crítica del régimen, salvo el diario El Nacional; tercero, la composición del CNE prácticamente excluye la presencia de consejeros independientes; o cuarto, se han reasignado escaños parlamentarios en favor de circunscripciones electorales de mayoría bolivariana.

En términos simbólicos, la propia fecha de las elecciones no es indiferente. El oficialismo conmemora el 6 de diciembre la elección del comandante Hugo Chávez como presidente en 1998 por mayoría absoluta holgada, poniendo fin a los desprestigiados gobiernos de la llamada Cuarta República (1830-1999), que, especialmente en sus últimos años, habían llevado al país a una crisis hasta entonces desconocida, que afectaba sobremanera a las clases populares en un contexto económico de caída abrupta de los precios del petróleo, y en un entorno político con sensación generalizada de corrupción. Es de prever que la campaña electoral se desarrolle con un talante épico que intente concitar la unidad patriótica. Una unidad patriótica que muy probablemente se intentará manipular recurriendo al nacionalismo primario, bien despertando los siempre latentes conflictos fronterizos con Colombia (reciente disputa sobre fronteras y aguas jurisdiccionales en la Guajira) y la Guyana (por la concesión de licencias de explotación petrolífera en el disputado territorio de Esequibo), bien exacerbando las proclamas de guerra económica imperialista contra la Revolución.

El Gobierno de Maduro intentará tornar en un ataque a la patria del Libertador (quizá de los libertadores Bolívar y Chávez) cualquier medida internacional que afecte, aunque sea tangencialmente, sus posiciones, sean éstas las investigaciones en EEUU de las tramas del narcotráfico que parece corroen a la cúspide bolivariana, incluidas las fuerzas armadas, o las demandas internacionales de liberación de los presos políticos.

Pero lo que es más preocupante es que muy probablemente el oficialismo busque antagonizar, aún más, la sociedad venezolana. Un ejemplo de ello es que en paralelo al anuncio de la convocatoria electoral, el presidente Maduro alertaba a los ciudadanos (La Noticia, 22 de junio de 2015) con bravatas de o yo o el caos del tipo: si la derecha toma la AN, sucederán cosas muy graves; en el país se desatará un proceso de confrontación y yo seré el primero en lanzarme a las calles.

Con todo, las elecciones parlamentarias probablemente sean el inicio del fin del chavismo. Un final que eventualmente se plasmará en unas posteriores elecciones a la Presidencia. Con la vista puesta en este hecho, el régimen intentará mantener en la cárcel a algunos políticos de la oposición para enfrentar las legítimas aspiraciones de liderazgo de quienes aspiran a suceder a Maduro. Mantener la unidad alrededor de las candidaturas recientemente elegidas en primarias por la MUD para los comicios es un reto.

Finalmente, en los próximos meses se va a poner a prueba el compromiso internacional, fundamentalmente latinoamericano, con la democracia. Es necesario que observadores internacionales independientes, de la OEA o de la UE, por ejemplo, además de los de Unasur que propone el oficialismo, estén presentes, quizá durante largas semanas, supervisando el conjunto del proceso electoral para que se den condiciones democráticas aceptables, así como denunciando cuanta infracción y abuso observen. Y más cerca, en España, donde se cuentan por cientos de miles nuestros vecinos que recientemente han venido expulsados por la realidad económica y política de su país, es necesario, particularmente desde posiciones progresistas y de izquierda democrática, entrar decididamente en el debate ideológico de denunciar la vulneración del Estado de Derecho. Sonroja enormemente escuchar las manifestaciones de Cayo Lara y Pablo Iglesias defendiendo la existencia del Estado de Derecho en el país bolivariano para justificar, por ejemplo, las posiciones de aquel régimen ante la visita a Venezuela que realizó el ex presidente Felipe González.

José Luis Curbelo es decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Económicas de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *