El inolvidable verano del 12

Ya se puede asegurar, por más que estemos a la mitad, que nadie olvidará este verano de 2012. Una sensación que quizá nunca había flotado con tanta fuerza en una sociedad que creía haberlo vivido todo: el desamparo. Esa conciencia de estar en manos de gente mediocre, incompetente, que no sólo no sabe lo que se trae entre manos, sino que parecen vivir en otro mundo. Y posiblemente sea así. Torpes como mentirosos, malos como improvisadores. Los payasos no hacen gracia y los caballeros apestan.

En poco tiempo seremos los culpables. Los portadores de las malas noticias. El chivo expiatorio menos costoso. Los que nos manejamos a duras penas en una economía que se convirtió en artificio comprobamos con estupor que los expertos sólo se diferencian de nosotros en una cosa, en el lenguaje. Ellos siguen hablando con lengua de madera, que dirían los franceses, o de trapo, como se decía antiguamente cuando había “trapos”. Volveremos a los trapos y a muchas cosas que creíamos haber dejado atrás. Ortega y Gasset en su etapa más existencial inventó una fórmula que tuvo mucho éxito, decía: “Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.

Nada más lejos de lo nuestro. Sabemos perfectamente lo que nos pasa. Lo que ocurre es que no podemos decirlo en toda su plenitud, o que no nos atrevemos a sacar las consecuencias, o que en tiempos de aflicción lo mejor es el silencio o la adulación. Un detalle; me impresiona la abundancia de citas de elogio y reconsideración que tiene un ensayista, por lo demás interesante, Javier Gomá. Pero su mayor éxito como pensador es el de haber alcanzado la dirección de la Fundación March. ¿Quién en estos tiempos no desea una ayuda o una conferencia? La verdad es que la intelectualidad y sus alrededores, desde siempre, han sido un barómetro social.

Esta quiebra de nuestra frágil y efímera sociedad del bienestar la pagarán todos menos quienes la provocaron, y eso quizá sea uno de los rasgos más escandalosos de cuanto estamos viviendo, lo que la convierte en un callejón de difícil salida y en un acumulador de gases explosivos. Pero no tienen nada que temer, ni castigo ni venganza, sólo exégesis, explicaciones y sobre todo solicitud de perdón. Que los banqueros pidan disculpas por sus errores es algo que ni siguiera Max Weber había calculado, porque si por cada disculpa hubieran de pagar un interés sobre sus beneficios, no se disculparía ninguno. La disculpa es una herencia de la civilización aristocrática, de ahí que sea gratuita. Somos unos gilipollas con alto concepto de nuestra conciencia ética y por eso estamos desarmados ante el poder. Te lo puede explicar cualquier becario de escuela de negocios: la economía tiene sus reglas y los únicos que pueden saltárselas son aquellos que las han inventado. Como si volviéramos a los tiempos oscuros, cuando la gente refraneaba: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

¿Se acuerdan de aquellos chistes sobre los griegos que precedieron y acunaron su ruina? ¿Dónde están ahora aquellos graciosos? Podrían empezar a ponerse al día y alegrarnos las tardes en horarios de máxima audiencia contando chistes sobre nosotros mismos. Auguro que volverán los chistes sobre españoles, franceses y alemanes, o sobre catalanes, vascos y asturianos. Los graciosos son fabricantes baratos de autoestima.

No es a humo de pajas la referencia a Javier Gomá, al que no conozco fuera de sus artículos y libros, pero sí lo señalo como un síntoma. Cuando la inteligencia cultural se lanza a la adulación hay que pensárselo, porque estamos ante un fenómeno muy curioso que es el de las soluciones individuales. ¿No habían dicho que la sociedad era un ente desconocido y que las clases sociales un concepto relativo? Cada uno debe garantizarse las habichuelas, con jamón a ser posible. Cerrados los comederos de conferencias en nuestros institutos y fundaciones, ¿qué va a pasar con los voceros de la inteligencia? (El día que algún periodista temerario haga la relación de conferenciantes y pagos, descubriremos que los ERE andaluces eran una nadería para iletrados).

Frente a la opinión común que asigna a las clases medias como barómetro de las crisis, someto a corrección un matiz. La parte más sensible de las clases medias son los intelectuales, no porque sean más tiernas y menos correosas, sino porque son más llamativos, menos discretos, y les importa una higa eso del qué dirán. Siempre tienen una justificación para lo que hacen; forma parte del oficio y de la profesionalidad. ¡Vamos a ver cosas de fuste, si no en el terreno de la inteligencia sí en los ejercicios de funambulismo!

¿Pero hacia dónde y con quién? Convertidos los partidos en organizaciones enclaustradas, separadas de la sociedad pero atentas a sus compromisos de familia, acojonadas ante la perspectiva de que cualquier juez audaz les haga reconocer el chiringuito mafioso de donde proceden los fondos. Convertidas las universidades en balnearios donde han sustituido el cartel de “reservado el derecho de admisión” por otro que dice “se anima al personal docente al intercambio con universidades extranjeras”. Convertidas las editoriales, que antes fueron pródigas, en rácanas con todo lo que no tenga garantía de éxito. Convertidos los medios de comunicación en acojonados controladores de una verdad que no pueden explicar del todo, a menos de quedarse sin soportes financieros y publicitarios. El futuro no es que sea sombrío, nunca fue tan luminoso, nunca estuvo tan a la vista de todos. Lo jodido es el presente.

Durante muchos años creímos que la clave estaba en el futuro. Todos los grandes canallas de la historia siempre jugaron con el ansia de futuro de innúmeras generaciones. Garantizar el futuro de nuestros hijos, consolidar el futuro de nuestras jubilaciones, conseguir un futuro de gloria para nuestro país, ayudar al futuro de las generaciones que velarán por nuestra vejez. Un cuento chino, antes de que fueran una potencia. Nosotros tenemos que luchar por nuestro presente porque tenemos el culo pelado de los golpes que recibimos cuando trabajábamos supuestamente por nuestro futuro.

El futuro es un engaño de banqueros, obispos y políticos que han sabido cuidar escrupulosamente de su presente. Si hay elementos que convierten este verano de 2012 en algo tan angustioso como el tiempo de espera ante una sentencia, no es porque el futuro esté oscuro, ni porque nos animemos a pensar que el mañana se percibe difícil, sino porque el presente resulta insoportable. Todos somos griegos, y eso es una verdad para la que no estábamos preparados porque nos engañaron durante muchos años sobre el norte y el sur, el Mediterráneo y el Atlántico, sobre los menos buenos y los menos malos.

¿Desde hace cuántos años dejamos de mirarnos en el espejo? Es un viejo tema que me obsesiona. Esto que estamos viviendo, este presente, no tiene nada que ver con viejas leyendas del XIX, a menos que nos neguemos a la evidencia y queramos creer lo que no era cierto: que habíamos saltado con pértiga sobre décadas de nuestra historia y habíamos conseguido lo del barón Munchausen de salirnos del pozo con la astucia de tirarnos del pelo. Habrá que admitirlo al menos como hipótesis de reflexión: hemos tenido una clase política que si bien no nos merecíamos la alimentamos con mucho gusto y grandes aplausos, y cuando la desdeñamos ya era demasiado tarde, porque podía ningunearnos a placer. La transición fue muy bonita, casi preciosa como un cuento de hadas, pero nos dejó este poso plomizo: ellos hacían como que sabían lo mejor para nosotros, y nosotros confiábamos en que fuera verdad.

Nuestro problema no era una burbuja, la inmobiliaria, sino las burbujas que se fueron rompiendo una a una, hasta la última que llegó en el inolvidable verano de 2012, cuando la chistera no tenía conejo que sacar y unos caballeros de negro vinieron a decir que una cosa era estafar a los españoles y otra engañarlos a ellos.

Gregorio Morán.

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