El Irak post Saddam: una amenaza creciente para Oriente Medio

Por Haizam Amirah Fernández, investigador principal del Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos (REAL INSTITUTO ELCANO, 14/02/07):

Tema: El Irak de Saddam Husein representó una amenaza para la paz y la seguridad de Oriente Medio. Este país, ahora en proceso de descomposición, puede convertirse en una fuente de amenazas nuevas y aun más graves para la región y para el sistema internacional.

Resumen: Oriente Medio pasa por un momento crítico. El cambio de régimen en Irak y la mala planificación de la posguerra están teniendo consecuencias devastadoras para el país. Los enfrentamientos etnorreligiosos y el uso de la violencia para dirimir las luchas por el poder político y económico se producen con alarmante frecuencia en Irak, pero también en los territorios palestinos y en Líbano. La ruptura de los equilibrios de fuerzas, tanto en Irak como a nivel regional, puede producir una desestabilización generalizada en Oriente Medio. EEUU está demostrando sus limitaciones y su incapacidad de controlar la situación. La “nueva” estrategia del presidente Bush no es tal, pues sigue centrada en aspectos militares y de “seguridad dura”, y rehúye abordar los distintos conflictos regionales mediante procesos políticos. Si las tentaciones neoconservadoras de emprender otra guerra preventiva contra Irán se llevan a cabo, se podría producir una regionalización del caos iraquí. Las potencias internacionales y los actores regionales deben actuar con urgencia para evitar ser arrastrados a una situación incierta de consecuencias no todas predecibles.

Análisis: El Irak de Saddam Husein supuso una amenaza para la paz y la seguridad de Oriente Medio. La actitud de los dirigentes iraquíes de la época fue expansionista, agresiva y revisionista, tanto dentro como fuera de sus fronteras. De sus vecinos sólo dos (Jordania y Turquía) se salvaron de sus ataques directos e indirectos. Durante sus 24 años en el poder, Saddam atacó a todos aquellos que se oponían a su régimen: reprimió a las poblaciones iraquíes del norte (kurdos) y del sur (chiíes), pero también a muchos sunníes disidentes, incluso de su propio clan y de su mismo partido; asesinó a clérigos sunníes y chiíes; y atacó a su vecino del este (Irán), a los dos del sur (Kuwait y Arabia Saudí) y al vecino más alejado del oeste (Israel). A pesar de gobernar utilizando el terror contra la población, a lo largo de la década de 1980 Saddam recibió el apoyo de Occidente para contener las ambiciones exportadoras de la Revolución Islámica iraní, aunque en 1991 fue expulsado por la fuerza de Kuwait tras su ocupación. Sus decisiones e impericia política trajeron sufrimiento a su pueblo y ahondaron los sentimientos de frustración entre las poblaciones árabes.

La ocupación del país y el cambio de régimen en 2003 no parecen haber eliminado el peligro que representaba para la región. En lugar de convertirse en un Estado estable, ejemplo de democracia y país aliado de EEUU, como previeron los neoconservadores, Irak es hoy un Estado cuasi fallido, máximo exponente regional de inestabilidad interna, foco del radicalismo etnorreligioso y terreno fértil para el avance de grupos violentos y terroristas. La ruptura de los equilibrios de fuerzas, tanto internos como regionales, no está dando paso a un nuevo orden más estable y constructivo en Oriente Medio. Las potencias internacionales y los actores regionales deben actuar con urgencia para evitar ser arrastrados a una situación incierta de consecuencias no todas predecibles.

Sectarismo y nuevo desorden regional

Desde la ocupación militar de Irak en 2003, el país se está perfilando, directa o indirectamente, como una fuente de nuevas amenazas no sólo para Oriente Medio, sino para el propio sistema internacional. La invasión de Irak produjo división entre las potencias internacionales por la actitud unilateralista y al margen de la legalidad internacional de los promotores de la guerra. Cuatro años más tarde, y ante el fracaso inocultable de la doctrina neoconservadora, Irak se ha convertido en un factor de división aun más grave. En el frente interno, las fracturas étnicas, sectarias y tribales, exacerbadas por el vacío de poder dejado tras la eliminación del régimen baazista, están produciendo una implosión del país. Irak hoy ha dejado de ser un Estado, al menos tal como se conocía desde su independencia. Las instituciones estatales se encuentran gravemente debilitadas como consecuencia de más de una década de sanciones internacionales, de los atropellos cometidos por el régimen dictatorial de Saddam Husein y del colapso causado por las decisiones de las fuerzas de ocupación.

En el frente regional, el cambio de régimen en Bagdad ha alterado seriamente los equilibrios de fuerzas en Oriente Medio. La posición estratégica de todos los actores regionales ha cambiado. Éstos libran en la actualidad una lucha para proteger sus intereses, evitar amenazas potenciales, disuadir a sus enemigos y aumentar su capacidad de influencia en la nueva configuración de fuerzas que se está fraguando. La consecuencia más inmediata de la ruptura de los equilibrios regionales que produjo la ocupación de Irak ha sido el aumento de la influencia de Irán en Oriente Medio, como era de esperar en un escenario que no fuera el óptimo para EEUU. Dado que el principal factor de cohesión interna en Irán es la pertenencia de la práctica totalidad de la población persa a la rama chií del islam, el auge del chiísmo como fuerza etnorreligiosa está generando efectos reactivos en el resto de Oriente Medio, cuya población pertenece mayoritariamente a la rama sunní.

En Irak, los conflictos etnorreligiosos son, ante todo, el reflejo de la competición por el reparto de poder, la distribución de los ingresos del petróleo y la capacidad de influencia en un país cada vez más federal. Muchos ciudadanos y colectivos que, durante décadas, convivieron en paz, ahora viven sumidos en la desconfianza mutua y, en los casos más extremos, en el odio y el deseo de venganza. A los centenares de muertes violentas que se producen cada semana en Irak hay que sumar las campañas de intimidación a gran escala que están teniendo consecuencias propias de una limpieza étnica. Las instituciones iraquíes se están mostrando incapaces de proteger a la población y garantizarle los servicios que necesita. La nueva policía y el Ministerio del Interior se han convertido, en la práctica, en una extensión de las milicias armadas y de una clase política que antepone sus beneficios personales y sectarios a corto plazo a los intereses nacionales más duraderos. Los sunníes acusan al Gobierno de Nuri al-Maliki de ser un instrumento a disposición de las milicias chiíes, concretamente del Ejército de al-Mahdi que lidera el clérigo anti-estadounidense Muqtada al-Sadr, así como de Irán. Las declaraciones hechas por al-Maliki a Il Corriere della Sera el pasado 18 de enero, en las que afirmaba que Bush parece haber “perdido el control de la situación”, reflejan un distanciamiento entre los Gobiernos de Washington y Bagdad.

La escenificación sectaria y vengativa de la ejecución de Saddam Husein vino a confirmar la visión de que el nuevo Irak no se está construyendo sobre las bases de un Estado de Derecho. El momento elegido para la ejecución: el primer día de la Fiesta del Sacrificio, en plena peregrinación a La Meca y horas antes de que se celebrara la boda del hijo del primer ministro, al-Maliki, tampoco indican que su Gobierno se haya marcado la reconciliación nacional como uno de sus principales objetivos. Las provocaciones y arengas sectarias de varios asistentes a la ejecución y la posterior difusión extraoficial de imágenes del ahorcamiento confirmaron para muchos el carácter sectario y sañudo de los nuevos gobernantes iraquíes. Esas circunstancias, junto a la actitud desafiante de Saddam ante la horca, lo han convertido en mártir a los ojos de numerosos habitantes de la región, máxime cuando Israel e Irán coincidieron en mostrar su alegría por la ejecución.

Irak está siendo un laboratorio de un fenómeno de desintegración que podría resultar catastrófico de extenderse al conjunto de la región. Ante la extensión de la violencia y la inseguridad por amplias zonas del país, muchas personas se ven forzadas a buscar refugio y apoyo mediante el recurso a sus identidades más primordiales (étnicas, confesionales, tribales, etc.) como factor de cohesión y solidaridad dentro de su grupo. El aumento de la inseguridad, inestabilidad e impredecibilidad en distintos puntos de Oriente Medio está convirtiendo al factor “identitario” en una de las bases sobre las que podría asentarse el equilibrio de fuerzas en el nuevo Oriente Medio. Como se está demostrando en Irak, el factor “identitario” puede desembocar en el uso de la violencia sectaria extrema, tanto para imponerse a las minorías como para resistir frente a las mayorías. La combinación de ambos usos tiene como resultado que los conflictos acaban adquiriendo unas dinámicas propias, por las que no requieren necesariamente de la intervención exterior para perpetuarse.

No pocos se han referido a la “libanización de Irak” a raíz de las divisiones y enfrentamientos sectarios. A pesar de las comparaciones con la Guerra Civil libanesa (1975-1990), la capacidad exportadora de la desestabilización interna que está viviendo Irak es de una magnitud muy superior debido, entre otros factores, a su valor estratégico y su condición de productor de petróleo, así como las dimensiones internacionales que ha adquirido el conflicto, todo esto en un contexto de un clima regional de alta volatilidad. En el propio Líbano se ha vuelto a encender la mecha del enfrentamiento civil y en los territorios palestinos se libra una lucha armada –fomentada desde el exterior, a pesar de la reciente tregua– entre las facciones que compiten por el control de la maltrecha Autoridad Palestina. Un elemento adicional a tener en cuenta que no existía durante la Guerra Civil libanesa es el movimiento yihadista, cuya amenaza tiene un alcance global y que se ve fortalecido en situaciones de crisis y falta de orden.

Violencia y revisión del statu quo

Ante el avance del poder chií en Oriente Medio, se corre el riesgo de que algunos países sunníes (principalmente Arabia Saudí) apoyen sin reservas a los insurgentes correligionarios en Irak, lo que desembocaría en una nueva guerra por delegación (proxy war), esta vez entre Irán y Arabia Saudí, en suelo iraquí. El hecho de que ese posible conflicto se produzca a partir de líneas divisorias etnorreligiosas debe ser motivo de preocupación para los países que tienen unas importantes minorías chiíes, como es el caso de Kuwait, Arabia Saudí (el 75% de la población de la Provincia Oriental, rica en petróleo) y Bahrein, cuya población es mayoritariamente chií. Las repercusiones también se pueden extender a otras sociedades con diversidad confesional, como Líbano, Siria, Jordania y Egipto. Asimismo, las aspiraciones étnicas surgidas a raíz del aumento del poder kurdo en Irak están alentando el activismo de las poblaciones kurdas de Turquía, Siria e Irán, lo que podría enfrentarlas con los poderes centrales.

La amenaza de las tensiones sectarias que podían surgir a raíz de la invasión de Irak ya había sido advertida por el rey Abdalá II de Jordania, cuando a finales de 2004 alertó sobre la formación de un “creciente chií” en Oriente Medio, que se extendería desde Teherán hasta Beirut. Los discursos incendiarios y populistas del presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, y su instrumentalización de la causa palestina han hecho saltar las voces de alarma sobre las ambiciones iraníes de hegemonía regional. El recurso al factor etnorreligioso amenaza con el posible surgimiento de un “petrolistán” chií, cuyo centro sería Irán, y que se extendería por la Provincia Oriental de Arabia Saudí, Bahrein y el sur de Irak.

La Administración estadounidense, enfrentada a dificultades crecientes en Oriente Medio, parece tentada a apoyar a sus aliados locales para que se enfrenten por la fuerza a sus oponentes políticos (al presidente palestino frente al Gobierno de Hamas, al primer ministro libanés frente a Hezbolá y, si se consigue, al primer ministro iraquí frente al Movimiento Sadrista), sin favorecer al mismo tiempo soluciones a los problemas políticos (negociaciones de paz, reformas constitucionales pactadas, etc.). Estos apoyos podrían perpetuar enfrentamientos civiles en los que todas las partes pierden, así como abrir la puerta a otros actores regionales para intervenir a favor de grupos “revisionistas”. Algunos observadores árabes han ido más allá al avisar sobre un posible plan para sustituir el enfrentamiento árabe-israelí por un enfrentamiento árabe-persa o sunní-chií como forma de crear un nuevo equilibrio regional que evite el surgimiento de competidores para Israel.

Sin embargo, sería un error explicar las alianzas regionales en clave únicamente “identitaria”. En los últimos tiempos han surgido alianzas coyunturales entre sectores revisionistas pertenecientes a distintos grupos etnorreligiosos: en Líbano, el general Aoun (cristiano maronita) se ha aliado con Hezbolá (chií) para derribar al Gobierno encabezado por Siniora (sunní). En los territorios palestinos, el Gobierno dirigido por el Movimiento de Resistencia Islámica, Hamas (sunní, surgido de los Hermanos Musulmanes) cuenta con las simpatías del Gobierno iraní de Mahmud Ahmadineyad (chií), al tiempo que los Hermanos Musulmanes de Jordania y Egipto condenan las injerencias desestabilizadoras iraníes en Irak. Mientras tanto, en el frente palestino, tanto Israel como Irán tienen interés en crear un clima que fomente el enfrentamiento civil. Para Israel, los choques entre palestinos los hace aun más débiles y retrasa la reanudación de las negociaciones de paz. Para Irán, su capacidad de influir en los conflictos de Líbano, Irak y Palestina lo eleva a la categoría de fuerza regional con la que hay que contar para negociar soluciones. Si algo queda claro en el complejo escenario medio-oriental es que todos los conflictos están interconectados entre sí y que las explicaciones simplistas de poco sirven para comprender las dinámicas de la región.

El secretario general de la Liga de los Estados Árabes, Amr Moussa, ya advirtió en septiembre de 2002 que la invasión de Irak “abriría las puertas del infierno” en Oriente Medio. Los hechos no demuestran que su pronóstico fuera desatinado. En el reciente Foro Económico Mundial de Davos, Moussa volvió a advertir que, “si fuera a haber una guerra [de EEUU contra Irán], otros genios saldrían de la botella. No se puede imaginar el impacto en los países del Golfo y en el Mediterráneo”. Se corre el riesgo de difundir la violencia sectaria a través de Oriente Medio y que eso fortalezca a los movimientos yihadistas de carácter transnacional, lo que no contribuiría a “drenar los pantanos” que alimentan el radicalismo.

Metástasis del yihadismo

Irak se ha convertido en polo de atracción y campo de batalla para unos yihadistas que desean remodelar Oriente Medio y creen contar con posibilidades de infligir una derrota militar, política y moral a la superpotencia estadounidense. Haber hecho de Irak un elemento central de la llamada guerra global contra el terror de la Casa Blanca, a pesar de la inexistencia de lazos entre el régimen baazista y al-Qaeda, parece haberse convertido en una profecía autocumplida. Según diferentes informes de agencias federales estadounidenses, como el National Intelligence Estimate, la guerra de Irak ha creado un terreno fértil para el reclutamiento y la formación de terroristas yihadistas, al tiempo que les proporciona una oportunidad para perfeccionar sus tácticas, vías de comunicación y discurso ideológico.

La insistencia en el carácter etnorreligioso de los conflictos regionales y la inminente amenaza chií está movilizando a los yihadistas sunníes para ir a luchar a Irak contra la injerencia de los “apóstatas safavíes” procedentes de Irán y en apoyo de la población sunní árabe. Esto puede suponer un respiro para las tropas estadounidenses a corto plazo, pero no hay que olvidar que entre los objetivos de al-Qaeda está derribar al régimen saudí, así como a otros gobernantes árabes aliados de EEUU. Todo lo que sea reforzar el papel de los sectores radicales para que luchen contra enemigos de Occidente puede acabar pasando una factura muy alta. El apoyo occidental y árabe a los Talibán y a al-Qaeda en su lucha contra la ocupación soviética de Afganistán, así como el apoyo israelí a la creación de Hamas en la década de 1980 como contrapeso a la OLP deberían servir de lección sobre la peligrosidad de esas prácticas a largo plazo.

El terrorismo que se está generando en Irak no conoce líneas rojas y está afectando, en mayor o menor medida, a las poblaciones árabes sunníes y chiíes, pero también a las kurdas, turcomanas, asirias, caldeas, etc. El peligro para los países vecinos –e incluso para países más alejados, como los europeos– es que, con el paso del tiempo, algunos combatientes con experiencia adquirida en Irak como miembros de grupos armados y guerrillas urbanas trasladen sus actividades fuera de ese país, como ya ocurriera con los muyahidín árabes que combatieron en Afganistán contra la URSS. Se calcula que hay más de tres millones de desplazados internos y de refugiados iraquíes en el exterior, principalmente en Siria y en Jordania, a causa de la violencia y la limpieza étnica y sectaria sistemática que se practica en el país. Esta situación entraña riesgos para los países vecinos, al exponerlos a posibles problemas de convivencia, inseguridad, crimen y, sobre todo, yihadismo producido por la llegada de algunos refugiados conflictivos.

Neoconservadores y huida hacia adelante

El proyecto neoconservador de convertir a Irak en un ejemplo de democracia pro occidental para todos los países del llamado Gran Oriente Medio y de transformar la región en un entorno menos inhóspito para su aliado israelí ha fracasado. Es difícil imaginar que haya muchos ciudadanos árabes que deseen ser “liberados” de sus sistemas autoritarios siguiendo el modelo iraquí. No se puede decir que Irak sea hoy un país más libre, democrático ni cohesionado que cuando gobernaba Saddam Husein de forma tiránica. Una consecuencia directa del fracaso neoconservador es que las iniciativas estadounidenses de promoción de la democracia han quedado profundamente desacreditadas a los pocos años de su lanzamiento.

Con un balance provisional de decenas de miles de civiles iraquíes muertos, más de 3.000 militares estadounidenses muertos y de 20.000 heridos, y con un coste económico de la guerra ya superior a los 350.000 millones de dólares, la superpotencia está dando muestras de debilidad e impotencia relativa en Irak. Al mismo tiempo, la imagen de EEUU ha sufrido un serio deterioro a nivel internacional, incluso entre sus aliados más cercanos, según indican encuestas como la del Proyecto Pew sobre Actitudes Globales. Otros países con aspiraciones de aumentar su poder, como China y Rusia, contemplan cómo Irak se ha convertido en una trampa para EEUU, cuyas fuerzas, economía, imagen y moral se resienten.

La “nueva estrategia para Irak”, anunciada por el presidente Bush el pasado 10 de enero, consiste esencialmente en aumentar en más de 20.000 efectivos su presencia militar en Irak, principalmente en Bagdad y sus alrededores; reforzar la presencia naval en el Golfo Pérsico; fortalecer al Gobierno de al-Maliki y contar con su hipotético apoyo para enfrentarse a los insurgentes y a las corrientes políticas contrarias a la ocupación; y, por último, confiar en el apoyo de los aliados árabes al Gobierno iraquí. Esta estrategia, menos novedosa de lo que su nombre desea indicar, sigue centrada en aspectos militares y de “seguridad dura”, y rehúye abordar los distintos conflictos regionales mediante procesos políticos, a pesar de que Bush hablara en su discurso de “estabilizar la región”, de “recabar apoyos para Irak” y de “hacer avanzar la libertad en una región turbulenta”. Los elementos centrales de esta estrategia ya han demostrado sus serias limitaciones en el pasado. Incluso en términos militares, el incremento de tropas se produce en un número insuficiente como para dar un giro a la situación. Esta estrategia confirma la unidireccionalidad de la actual Administración estadounidense, que sigue favoreciendo los métodos militares en detrimento de los procesos políticos para producir cambios, contrariamente a lo recomendado en el Informe Baker-Hamilton.

Del mismo modo que la estrategia de la Administración estadounidense para invadir Irak en 2003 se basó en algo inexistente (las armas de destrucción masiva), la estrategia presentada en 2007 se basa en algo que tampoco parece existir en la actualidad: unas fuerzas de seguridad iraquíes apartidistas y al servicio de toda la ciudadanía. A día de hoy en ese país no existe una autoridad central fiable ni unas instituciones estatales que ejerzan el monopolio de la violencia legítima. La infiltración de miembros de milicias y grupos armados, principalmente chiíes, en las fuerzas de seguridad hacen imposible que éstas jueguen un papel constructivo para alcanzar la paz social y la reconciliación nacional. Aunque existiera la voluntad política, será muy difícil purgar los cuerpos policiales de milicianos y elementos sectarios en un futuro cercano.

Un objetivo político que la Administración estadounidense persigue con esta estrategia consistiría en ganar tiempo durante el último cuarto de la presidencia de George W. Bush. Se espera que haya un período de calma aparente, sobre todo en Bagdad, durante el cual disminuya la intensidad de los atentados suicidas, ataques con explosivos y asesinatos. Nada asegura que esta estrategia, esencialmente militar, sea sostenible en el tiempo, ni que los gobernantes iraquíes vayan a colaborar con el entusiasmo que desea Washington ni tampoco que el período esperado de calma no sirva para que los grupos armados recuperen fuerzas.

Un dato llamativo del discurso de Bush es que no se hiciera mención a ninguna iniciativa para solucionar los conflictos entre israelíes y árabes, ni se asociaran dichos conflictos a la situación iraquí ni al auge del terrorismo. A falta de resultados tangibles, la reunión del cuarteto (EEUU, la ONU, Rusia y la UE) celebrada en Washington el 1 de febrero seguramente no represente más que un gesto cosmético de la Administración estadounidense en un momento en que necesita el apoyo de sus aliados árabes dentro de Irak y frente a Irán. Países como Egipto, Jordania y Arabia Saudí se enfrentan a una situación nada envidiable. Factores como el abandono por parte de EEUU de la diplomacia para resolver los conflictos israelo-árabes, su apoyo incondicional a las operaciones militares israelíes en Líbano y Gaza y su vista gorda ante los recortes de libertades en la región han generado percepciones negativas entre las poblaciones árabes y minado la credibilidad de Washington, lo que aumenta el grado de oposición interna al que se enfrentan sus aliados árabes.

¿Qué hacer para frenar el deterioro?

EEUU tiene opciones limitadas para reconducir el conflicto en Irak y evitar el rápido deterioro de la situación regional. Para tener alguna posibilidad de éxito, cualquier política estadounidense para Irak que sea genuinamente nueva debería abordar los desencadenantes políticos de los conflictos internos y regionales, así como las interconexiones existentes entre ellos. Algunas claves para pacificar Irak y mejorar la posición de EEUU en Oriente Medio están recogidas en el mencionado Informe Baker-Hamilton, entre las que figuran: revitalizar el proceso de paz entre árabes e israelíes, negociar con Irán y Siria, rechazar la división de Irak en tres países, promover la reconciliación nacional mediante una negociación política, acordar el reparto de los ingresos del petróleo, proporcionar seguridad y servicios a la ciudadanía, purgar los cuerpos de seguridad de elementos sectarios, atajar la corrupción, alcanzar un acuerdo sobre Kirkuk, reinsertar a los baazistas, otorgar una amplia amnistía y negociar una retirada ordenada de las tropas estadounidenses.

Irán y Siria son, juntos y por separado, parte del problema al que se enfrenta EEUU en Oriente Medio. Precisamente por eso deben ser también parte de la solución y se deben mantener con ellos canales de comunicación. En principio, todos los países vecinos de Irak tienen dos intereses comunes: impedir ser contagiados por el conflicto y evitar los efectos desestabilizadores de una posible partición del país. Más que nunca, resulta ahora necesaria una conferencia internacional, con la participación de las grandes potencias y los seis países vecinos de Irak para buscar puntos de encuentro e intereses compartidos, en la línea del Grupo de Apoyo Internacional propuesto por el Informe Baker-Hamilton. Ante la ausencia de una negociación política, la desconfianza profunda y falta de comunicación, especialmente entre EEUU e Israel por un lado e Irán y Siria por otro, hacen que estos países se estén preparando para el peor escenario posible, aunque de partida no necesariamente sea el más probable. Hasta el momento, las respectivas capacidades de disuasión, tanto convencional como no convencional, han evitado llegar a un enfrentamiento abierto entre estos países. Sin embargo, el “peor escenario posible” puede convertirse en una nueva profecía autocumplida, con consecuencias desastrosas no sólo para los contendientes.

Conclusiones: El Irak de hoy es un país en proceso de descomposición. Casi cuatro años más tarde, el balance de la ocupación de Irak difícilmente puede ser más sombrío. Amplias zonas de Irak están sumidas en el caos y las guerrillas y grupos armados actúan al margen del Estado, o incluso se infiltran en sus instituciones. Los focos de desestabilización se extienden por Oriente Medio de forma preocupante. Los enfrentamientos etnorreligiosos y el uso de la violencia para dirimir las luchas por el poder político y económico se producen con alarmante frecuencia en Irak, pero también en los territorios palestinos y en Líbano. La regionalización del conflicto iraquí ya no es algo inimaginable.

La estrategia para Irak presentada por Bush el pasado 10 de enero sigue centrada en aspectos militares y de “seguridad dura”, y rehúye abordar los distintos conflictos regionales mediante procesos políticos. Sus elementos centrales ya han demostrado sus serias limitaciones en el pasado. Salvo improbables sorpresas, la estrategia de Bush vendrá a confirmar una vez más el fracaso del proyecto neoconservador para remodelar Oriente Medio, lo que contrasta con su éxito para generar inestabilidad dentro y más allá de la región. Un Irak como “Estado fallido” puede ser una amenaza para la paz y la seguridad internacionales mayor de lo que ya lo fue cuando era gobernado por Saddam Husein.