El Irán, Turquía y las calles no árabes

Para un observador occidental, la política de Oriente Medio ha vuelto a estar totalmente transtornada. Los ulemas teocráticos permitieron la elección de Hasán Ruhaní, quien en su primer discurso como Presidente electo anunció que la suya es “la victoria de la sensatez, la moderación y la conciencia sobre el fanatismo y el mal comportamiento”.

Los iraníes, al parecer sorprendidos de que el candidato al que una mayoría de ellos había respaldado (frente a seis intransigentes) hubiera ganado, salieron en masa a las calles a gritar victoria “para el pueblo”. Desde luego, fueron unas elecciones cuidadosamente controladas: todos los candidatos que podrían haber desafiado de verdad la autoridad del Dirigente Supremo Ayatolá Alí Jamenei quedaron descalificados de antemano, pero, dentro de esos límites, el Gobierno permitió el recuento de los votos del pueblo.

En el país vecino, Turquía, el demócrata islámico favorito de Occidente, el Primer Ministro Recep Tayyip Erdoğan, estaba utilizando máquinas topadoras, gases lacrimógenos, cañones de agua y pelotas de goma para desalojar la céntrica plaza Taksim de Estambul y el parque Gezi de manifestantes pacíficos que se negaban a obedecerlo. La teoría de gobierno de Erdoğan parecer ser la de que, como fue elegido por una mayoría de turcos que sigue apoyándolo, quienquiera que se oponga a él es un terrorista o un peón de siniestras fuerzas extranjeras. Parece no ver margen alguno para la oposición legítima, para la idea de que la mayoría actual puede ser la minoría futura y las reglas del juego deben permitir que se oiga a las dos.

Cuando, hace cuatro años, centenares de miles de jóvenes iraníes invadieron las calles de Teherán para protestar contra la reelección del Presidente saliente, Mahmoud Ahmadinejad, el Gobierno del Irán disparó contra ellos con armas de fuego. Las protestas fueron reprimidas brutalmente y se detuvo, se encarceló y, al parecer, se violó y se torturó a participantes en las manifestaciones, lo que perjudicó la reputación del régimen no sólo entre los iraníes, sino también entre los millones de jóvenes árabes de todo Oriente Medio y África del Norte, que no tardarían en alzarse para exigir derechos sociales y políticos.

En un principio, Erdoğan fue un héroe para esas mismas multitudes. En septiembre de 2011, recorrió Egipto, Túnez y Libia y fue acogido como un héroe. Presentó su partido Justicia y Desarrollo como el equivalente musulmán de los partidos demócratas cristianos de Europa, es decir, una combinación de crecimiento económico, políticas anticorrupción y elecciones libres.

Actualmente, el Gobierno de Erdoğan se parece mucho más a los gobiernos contra los cuales se levantaron los jóvenes, al usar como blanco a los periodistas y acusar de pretender dañar la economía turca a un grupo de presión de especuladores interesados en unos tipos de interés elevados. También ha imitado al Presidente de Siria, Bashar Al Assad, no sólo demonizando a los manifestantes, sino también persiguiendo al personal médico que los atiende y a los hoteleros que los albergan.

Desde luego, Turquía no es el Irán y viceversa, pero de la comparación entre los acontecimientos actuales en los dos países se desprenden enseñanzas que resuenan en todo Oriente Medio y África del Norte. Lo más importante es que, en un mundo que por fin aprueba de boquilla la democracia, la voz del “pueblo” importa. Confiere cierta legitimidad que no se puede, sencillamente, obtener por la fuerza y ésa es en última instancia la garantía más segura de inversión y crecimiento.

Naturalmente, “el pueblo” nunca está de verdad unido: inconstante en sus lealtades y sujeto a la demagogia, con frecuencia se une en la oposición, pero se fragmenta una vez que ocupa el poder. No obstante, la voluntad de un gran número de personas de lanzarse (o sentarse) para afirmar su derecho a ser oídas, pese a la inminente posibilidad de una represión violenta, anuncia a sus conciudadanos y al mundo que algo va muy mal.

Jamenei y sus guardias de la Revolución Islámica del Irán pudieron capear el temporal de 2009, pero su fachada de poder legítimo estaba desplomándose. Resulta algo paradójico que la elección de Ruhaní fortalezca su posición política y, aunque Erdoğan puede muy bien obligar al genio de la protesta a volver dentro de la botella, quedará debilitado en gran medida hasta las próximas elecciones turcas.

Una segunda enseñanza que se desprende de los acontecimientos recientes en el Irán y Turquía es la de que el abanico de gobiernos de Oriente Medio y África del Norte comprende desde la autocracia y la teocracia hasta variedades de democracia dirigida. Ninguno de esos países constituye una democracia liberal plena, es decir, un sistema político que combina las elecciones libres y justas con las protecciones constitucionales de los derechos individuales para todos sus ciudadanos.

El Irán ha constituido desde hace mucho lo que el analista americano de política exterior Fareed Zakaria ha llamado una “democracia iliberal”. Por su parte, Turquía parecía dirigirse hacia una verdadera democracia liberal, pese a las críticas de quienes señalaban el encarcelamiento de periodistas y generales por Erdoğan; ahora se ha descarriado a la vista del mundo entero.

Una última enseñanza es la de que la prueba de un gobierno seguro es si puede soportar verse criticado o incluso vituperado. Erdoğan parece indignado sobre todo por la temeridad de los ciudadanos turcos que levantan la voz contra él.

Después de que pareciera que Erdoğan había logrado un acuerdo con los manifestantes sobre el destino del parque Gezi, cuya prevista demolición desencadenó las primeras manifestaciones, uno de mis seguidores en Twitter expresó su satisfacción ante el resultado y dijo que los manifestantes debían volver ya a sus casas, porque “tres semanas son suficientes”, pero “suficientes, ¿para qué?

Recuérdese que en 2011 los manifestantes de Occupy Wall Street ocuparon la parte baja de Manhattan durante sus dos buenos meses. Los funcionarios de la ciudad de Nueva York acabaron acallando la protesta, pero más que nada por razones de salud y sanitarias y quejas similares de los residentes del barrio. En una conferencia de prensa el día en que comenzaron las protestas, el alcalde de la ciudad de Nueva York, Michael Bloomberg dijo: “Los ciudadanos tienen derecho a protestar y, si quieren hacerlo, tendremos mucho gusto en facilitarles zonas adecuadas para ello”.

Entretanto, en Siria, “el pueblo” se levantó, recibió disparos, tomó las armas, fue manipulado y comenzó un ciclo de matanzas y venganzas sectarias, que lo único que puede hacer es fragmentarlo aún más. Ni el Irán ni Turquía han llegado a ese punto. No obstante, las protestas pacíficas, los procesos judiciales, las negociaciones políticas, las avenencias y, en última instancia, unas nuevas elecciones brindarían a los dos países –y a muchos otros de esa región y de otras– una forma mucho mejor de resolver las tensiones internas que los métodos que sus dirigentes emplean actualmente.

Anne-Marie Slaughter, a former director of policy planning in the US State Department (2009-2011) and a former dean of the Woodrow Wilson School of Public and International Affairs, is Professor of Politics and International Affairs at Princeton University. She is the author of The Idea That Is America: Keeping Faith with Our Values in a Dangerous World.

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