El islam contra los musulmanes

No pasa un día sin que el mundo nos envíe el eco de alguna catástrofe en la que los musulmanes son a la vez los actores principales y las víctimas más numerosas. Como una colección macabra, hemos recogido al azar, durante una sola semana, algunas de estas tragedias internas del mundo musulmán, cometidas por musulmanes contra otros musulmanes, y perpetradas siempre en nombre del islam. En Kabul, los talibanes atacan un hotel frecuentado por afganos; en Pakistán, unos suníes asesinan a unos peregrinos ismaelitas, de la secta chií; en Yemen, un conflicto interno enfrenta a los chiíes locales apoyados por Irán con los saudíes que reivindican el wahabismo. En Siria, los alauíes aliados a los chiíes masacran a los suníes y a los kurdos. El Estado Islámico (ISIS) empleando comandos suicidas como armas estratégicas. Los rohingyas, musulmanes de Birmania, agredidos por los budistas (a los que erróneamente consideramos pacifistas) se lanzan al mar por millares para llegar a Malasia e Indonesia, dos países musulmanes que los rechazan. En Egipto, el expresidente Morsi, elegido democráticamente, pero miembro de la fraternidad de los Hermanos Musulmanes (en principio no violenta) es condenado a muerte por un tribunal por cuenta de su sucesor, un dictador militar. En Bangladesh, un bloguero ateo –porque también hay musulmanes laicos y musulmanes ateos– es asesinado en nombre del islam. En Malí y en Nigeria continúa la guerra entre facciones, todas ellas defensoras del islam.

La guerra generalizada de musulmanes contra musulmanes, en la que cada uno pretende encarnar al islam verdadero, salpica a Occidente, pero casi de rebote: la Policía de Dallas asesina a dos militantes islamistas antes de que puedan atacar una exposición de caricaturas de Mahoma; en Boston, condenan a muerte al autor checheno de un atentado; en Francia, en Bélgica y en Gran Bretaña, la Policía nacional intercepta candidatos a la guerra santa en Siria.

A todos estos atentados que nos traen los medios de comunicación habría que añadir todos los que escapan a nuestra atención: lugares de culto destruidos, violaciones, ajustes de cuentas (entre palestinos, por ejemplo), de nuevo y siempre bajo el pretexto del islam. ¿Qué interpretación se puede dar a este gigantesco caos que afecta a mil millones de musulmanes, en distinto grado, desde el epicentro árabe hasta alcanzar los confines más alejados de África Occidental y el este de Asia? Ya no es posible explicarlo como un conflicto de civilizaciones que enfrenta a Occidente y el islam, que era la hipótesis dominante después de los atentados del 11 de septiembre. Los occidentales, sobre todo desde la retirada casi total del teatro de operaciones en Afganistán e Irak, y el rechazo a intervenir en Siria, se han convertido en espectadores más que en actores. Es en el interior del mundo musulmán donde conviene buscar, si es que se puede, las razones principales de esta guerra de todos contra todos. En este caso dudamos entre explicaciones temporales y espirituales. En Yemen, en Siria y en Irak, asistimos a una rivalidad geopolítica clásica entre potencias –¿Irán contra Arabia Saudí?– de la misma manera que en la Europa de antes de 1914. Pero ¿es indiferente que estos dos estados encarnen dos visiones distintas del islam? La distancia entre chiismo y sunismo es al menos tan grande como la que había en el siglo XVI entre católicos y protestantes. Y del mismo modo, entre el islam laico y los militares egipcios o turcos y el islam integrista de los Hermanos Musulmanes y del Partido de la Justicia en Turquía (AKP) progresa una frontera que no es solo circunstancial, sino esencial para el islam. Nosotros los occidentales, que nos hemos vuelto arreligiosos, cuando no ateos, reducimos el hecho de la religión a circunstancias sociológicas: detrás de la exaltación islámica creemos adivinar impulsos verdaderos nacionales o tribales, simples conflictos de poder (el padre contra sus hijas, el dictador contra su pueblo, el árabe de piel clara contra el africano de piel oscura) o de dinero (el del petróleo). Y también nos gustaría explicarlo todo con el determinismo económico (la pobreza) o político (la ausencia de democracia). Pues bien, la dificultad para comprender el yihadismo generalizado es que incluye a la vez todas estas causas objetivas, pero también auténticas motivaciones espirituales. Un expresidente de Indonesia, Abdurrahmán Wahid, líder también de un islam moderado, me explicaba que los occidentales ya no podían comprender el frenesí del mundo musulmán porque al haber perdido todo sentido religioso no aceptamos que los yihadistas crean realmente que luchan en nombre del islam, o al menos en nombre de su interpretación del islam. Y al no disponer el islam de ninguna autoridad central capaz de separar a las sectas (en el islam no hay Papa), los conflictos no tenían salida civil. Desde entonces, para los occidentales, las opciones están limitadas: dudamos entre apartar la mirada, como en Siria; defender nuestros intereses, como en Malí; pactar con el diablo, como en Irán; indignarnos, como en Birmania… Y tantas otras opciones irrisorias, si existieran. Sugerimos, de todas formas, dos prioridades: comprender este combate intraislámico, porque estamos lejos de lograrlo, y encontrar a esos musulmanes preclaros, los más cercanos a nuestros ideales humanistas, que existen (Abdurrahmán Wahid fue uno de ellos), aunque no los conocemos. Estas dos exigencias son previas a cualquier nueva intervención de los ejércitos occidentales.

Guy Sorman

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