El islam secuestrado por extremistas

A los franceses les encandilan los debates académicos. No conozco ningún otro país donde la gente pelee tanto a golpe de libro. Aquí debatimos en las tertulias. En Francia lo hacen en las librerías. En Barcelona los libros se venden (por Sant Jordi). En París, se leen, se comentan, se combaten con otros libros. Ahora, la batalla es entre Gilles Kepel y Oliver Roy. En un tema que no es menor para Francia: ¿Por qué ‘Charlie Hebdo’? ¿Por qué el ‘Bataclan’? ¿Por qué la matanza de Bruselas? Ambos han intentado responder a estas preguntas desde su condición de islamólogos reputados. Y los franceses se han alineado.

Como si fueran los tiempos de la guerra de Argelia. Unos apoyan a Kepel y concluyen que el terrorismo es una enfermedad patológica del islam. Como en la novela de Houellebecq. Sostienen que la yihad es producto de la radicalización de una religión. Otros se niegan a compartir esta aproximación esencialista y hacen suyas las ideas de Roy, que son las de un sociólogo preocupado por la islamofóbia, apegado a datos que hablan de extremistas que han encontrado en el islam una legitimación de su nihilismo radical. Algo así como lo que hicieron con el marxismo aquellos jóvenes terroristas alemanes e italianos de los años 80.

¿Quién tiene razón? Creo que Roy acierta mejor a ver las causas del mal que nos acecha. Explicaré por qué. Pero antes me gustaría subrayar que no estamos ante un debate para intelectuales aburguesados del Café Flore. Acertar en la respuesta es importante para comprender de donde sale la pulsión yihadista, y para actuar con eficacia frente a un problema que afectará nuestras sociedades en las próximas dos o tres décadas. El de la violencia que, por una causa u otra, es ejercida por individuos y colectivos que dicen actuar en nombre del islam. La pregunta es de primera actualidad en Catalunya, donde también tenemos a jóvenes que sueñan con combates milenarios. Aquellos que Anna Teixidor retrata con rigor en su excelente libro: ‘Combatents en nom d’Al.là’.

Tras estudiar decenas de casos de yihadistas nacidos en Francia, Roy habla de «islamización de la radicalidad». Llega a la conclusión que la mayoría de quienes han emprendido el camino de la yihad no lo han hecho tanto por un proceso de radicalización religiosa como por practicar la forma mas absoluta de violencia que les ofrece el mercado actual del extremismo. Roy insiste en las condiciones en las cuales estos jóvenes piensan y actúan. Kepel lleva a cabo una lectura más intelectual del islamismo político. Considera que nunca habríamos llegado a esta situación sin la deriva reaccionaria impulsada por el wahabismo saudita. Una excrecencia del pensamiento islámico que Ronald Reagan transformó en teología de la liberación durante la guerra de Afganistán contra la URSS.

Leyendo algunas biografías de yihadistas muertos en Irak o Siria, es imposible no darle la razón a Roy. El malestar generacional, la pulsión violenta, la cárcel por delitos menores, preceden casi siempre la lectura obsesiva del Corán. Esta viene después. Suele empezar en las redes. A veces en la cárcel. Cuando preparan la yihad. Cuando ya han decidido viajar a la Siria. A veces, incluso cuando llegan allí. No es tanto el islam el que los hace violentos. Ni siquiera su expresión más retrograda, el salafismo. De hecho, durante décadas, ha habido una corriente salafista ultraconservadora, pero apolítica y pacífica. Es la violencia la que los lleva al islam. La que les conduce a buscar en sus expresiones más agresivas una justificación de su radicalidad. Entender esta lógica es esencial para actuar con eficacia contra el terror. Para identificar potenciales terroristas islamistas es más útil vigilar los que se pasan el día delante de una consola, con videojuegos guerreros, que los devotos que van cada día a la mezquita. Lo saben quienes llevan años investigando e infiltrando las redes yihadistas.

No hace mucho, sostuve esta misma idea durante un encuentro con responsables de la Conselleria d’Interior y altos mandos de los Mossos d’Esquadra. Creo que los ‘mossos’, que pisan el terreno, entendieron mejor lo que quería decir que los responsables políticos, demasiado obsesionados por el islam y el islamismo político. No pretendo exculpar al islam, en sus manifestaciones más rancias. Aunque comprendo que muchos musulmanes digan que el terror nada tiene que ver con la religión, para evitar que la comunidad pague por unos pocos, lo cierto es que el universo musulmán tiene un problema. Kepel también tiene su parte de razón. No basta con decir que la yihad no es uno de los cinco pilares de la religión revelada por Mahoma. El islam lleva décadas secuestrado por una teología retrógrada, milenarista, excluyente, que constituye el perfecto caldo de cultivo para un joven desubicado que odia esta sociedad.

Andreu Claret, periodista.

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