El Jacobino, un proyecto para reconciliar a España con la izquierda

El pasado 12 de junio se presentó en Madrid el Club de los Jacobinos, un proyecto comunicativo y político que supone un significativo paso adelante en el trabajo que un magnífico equipo humano viene realizando desde hace casi un año en YouTube.

Los promotores del proyecto pretenden librar la tantas veces repetida batalla de las ideas, reconciliando al fin a la izquierda con la idea de España, mediante un laboratorio de ideas y prácticas políticas que aspira a dotarse de una organización por todo el territorio nacional.

No se trata de una declaración de intenciones meramente testimonial. Es un compromiso firme con un horizonte ambicioso. El Jacobino es un proyecto conformado por personas de hondas convicciones socialistas que se niegan a repudiar la mejor tradición del pensamiento materialista y que afirman que el modo de producción capitalista debe analizarse de forma crítica.

No se pueden obviar las enormes desigualdades que van aparejadas a procesos tan complejos y sombríos como la financiarización de la economía o la propia globalización económica, con sus privilegiados ganadores y sus abundantes perdedores.

El Jacobino no elude posicionarse ante la reconfiguración geopolítica de nuestros tiempos, la del conflicto capital-trabajo. Consideramos imprescindible tomar partido en esta batalla porque si no garantizamos las condiciones materiales de las personas, la libertad de estas no es otra cosa que una entelequia.

En países como España, con su debilidad productiva y su ubicación en una posición endeble en la división internacional del trabajo, un país especializado en el monocultivo turístico y en el sector servicios, salir de la actual crisis económica es una tarea compleja y repleta de escollos.

En España existe un paro estructural muy ligado a ese modelo productivo. Es un error pensar que desregulando y liberalizando nuestro mercado de trabajo, generalizando sueldos de miseria y fraude laboral, ese paro estructural desparecerá.

Esa es la receta de la ortodoxia económica, seguida durante décadas y aplicada por los diferentes Gobiernos. No ha servido para nada, más allá de privar de derechos a la clase trabajadora y generalizar, a través de las políticas de devaluación salarial, la figura de los trabajadores pobres, con nula capacidad de ahorro y verdaderas dificultades para cubrir sus necesidades más esenciales.

Hay que poner el acento en nuestro modelo productivo, repensar la paupérrima inversión en I+D y alcanzar un verdadero pacto nacional para la reindustrialización del país. Es insostenible la actual terciarización económica, que oscila entre una productividad baja y un raquítico tamaño empresarial.

Lejos de la demagógica elegía de emprendedores y pequeñas empresas, lo cierto es que el escaso tamaño de estas es un lastre para nuestra competitividad.

Igualmente lo es la escasa inversión en innovación del Estado. Más allá de ficciones profundamente ideológicas, no hay proceso de emprendimiento alguno sin una fuerte inversión pública y sin un sólido diseño institucional que la sustente, promueva y garantice.

Dentro de la Unión Europea (UE) este cuestionamiento es hoy quimérico. España debe ser capaz de trazar alianzas iberófonas y poner encima de la mesa europea, junto a Italia o Portugal, que es insostenible una unión monetaria y de libre circulación de capitales sin un correlato fiscal o presupuestario y con el actual desequilibrio productivo.

Es prudente y razonable que el interés nacional guíe las prioridades geopolíticas.

El Jacobino pretende que la izquierda vuelva sobre sus ejes materiales. Con propuestas concretas y bien definidas. Necesitamos una política nacional de vivienda que abra la puerta a grandes parques de vivienda pública y que ubique de una vez el presunto principio rector de la política social y económica en la posición de derecho fundamental y subjetivo.

Para ello hay que escapar de mitologías neoliberales que tanto daño han causado. Como la mágica liberalización del suelo que, en la práctica, se ha traducido en especulaciones inaceptables en favor de fondos de inversión y oscuros intereses privados.

El mundo del trabajo es una prioridad ineludible para El Jacobino. De él depende el reto demográfico y el futuro de España. No se puede admitir un mercado laboral atestado de contratos temporales en fraude de ley, falsos autónomos, salarios de vergüenza, indemnizaciones por despido cada vez más recortadas y convenios colectivos cada vez más lesivos para los trabajadores.

Mientras que nuestro mercado de trabajo combina fraude, explotación y desempleo estructural, en el horizonte aparece como sempiterna amenaza el proyecto de privatización de las pensiones.

El Jacobino pretende librar también esa batalla. Si nuestro Estado quiere ser verdaderamente social, deberán blindarse las pensiones y garantizarse con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Claro que para ello necesitaremos abrir en paralelo la ineludible discusión sobre la reforma fiscal.

Para nosotros, la clave siempre será la progresividad. No se trata de optar por la vía fácil, subiendo impuestos indirectos o tasas. Hay que abogar por una progresividad real y efectiva, con la subida de determinados impuestos directos, y una armonización fiscal completa en toda España sin espacio para guiños nacionalistas o identitarios.

Llegados a este punto, cabe desvelar un verdadero hecho diferencial de nuestro proyecto. El Jacobino, desde la izquierda, es defensor inequívoco de la unidad de España. Una España fuertemente social, con blindaje de derechos socioeconómicos, que embride los excesos especulativos del capital, proteja a sus trabajadores y blinde las condiciones materiales.

Pero también una España jacobina, que revierta los desvaríos centrífugos de un Estado fragmentado, con pretendidos derechos a decidir que son privilegios de secesión inaceptables para que unos pocos se sustraigan de la decisión conjunta de todos los españoles.

La España confederal en la que con frecuencia se traduce nuestro Estado de las Autonomías es una España débil, cuya permanente tensión hacia la fragmentación nos lastra a la hora de implementar cualquier transformación social, cualquier proyecto socialista.

¿Cómo puede la izquierda defender una Hacienda propia para Cataluña?

¿Cómo puede defender un pacto fiscal para una región rica, como lo hace con dos regiones muy ricas como son País Vasco y Navarra?

¿Cómo puede coquetear la izquierda oficial con aberraciones insolidarias como el principio de ordinalidad?

¿Cómo puede seguir defendiendo hoy la competencia autonómica en determinadas cuestiones esenciales que sólo han fomentado la insolidaridad y la desigualdad entre españoles?

¿Esa descentralización competitiva facilita la agenda social o la aleja?

Parece obvio que la centrifugación del Estado central, la insolidaria dinámica competitiva entre regiones, interesa al neoliberalismo y a una derecha históricamente reconocible en vindicaciones feudales y forales. Pero es una clara contradicción para el proyecto social de la izquierda. Otra cosa es que se pretenda que el proyecto de la izquierda oficial sea el abandono definitivo de los trabajadores.

Nosotros no estamos dispuestos a abdicar del Estado en favor de un enloquecido cantonalismo del que terminen derivando numerosas islas minúsculas, hegemonizadas por el capital transnacional, irrelevantes geopolíticamente y nada soberanas, piezas codiciadas para la deslocalización y la elusión fiscal.

Frente al proyecto de implosión nacional que sólo puede terminar de devastar a los trabajadores, sepultando por el camino los irrenunciables principios de igualdad, solidaridad y redistribución, nace El Jacobino. A favor de la igualdad, de una España cohesionada y social, en la que ningún privilegio vuelva nunca encontrar el amparo de la izquierda.

Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.

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