El jaguar y el encalabozado

Jorge Luis Borges escribe: «La cárcel es profunda. Agrava los sentimientos de opresión. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto. Un carcelero maniobra una roldana de hierro y nos baja al jaguar en su celda y a mí, en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla. No hago otra cosa que aguardar en la postura de mi muerte. Acostado en la oscuridad».

A veces me pregunto si no vivieron este suplicio los condenados del año 1936. En dos únicas fotos de grupo aparecen los tres: mi padre y sus dos hermanos. Tres jóvenes en la flor de la vida. ¿Felices? Entraron en prisión ¿para morir? Sin poder dejar algún mensaje. Sus carceleros no lo hubieran permitido. Y, sin embargo, en febrero de 1936, sobre los 17.617 electores de Melilla votaron 12.761 por el nuevo alcalde Antonio Díez Martín (asesinado en julio de 1936), y solo 4.830 a favor de su adversario.

Es indecente comparar lo incomparable. Algunos pretendieron que yo estaba viviendo en la cárcel de Carabanchel en 1967 el mismo trato que mis mayores. A lo largo de mi vida, de mi destierro, los mejores a menudo me han acogido y regalado como al hijo de mi padre. Me ha sido difícil explicarles que empecé a tener nebulosas e inciertas noticias suyas ya en mi adolescencia.

Uno de sus compañeros de cárcel fue el comandante asesinado Eduardo Seco. Su hijo sin apenas conocerme me regaló un centenar de dibujos de mi padre: un centenar de sus compañeros condenados a muerte. Los he puesto a disposición de sus nietos en las «redes sociales». Carlos Seco Serrano llegó a tener el premio extraordinario de filosofía y, por fin, la cátedra de Historia en la Universidad de Barcelona.

Esta Historia que a menudo se da cita confusamente con mi propia biografía. ¿Por ello decidieron encerrarme en la cárcel de Carabanchel? En una época que hubiera sido un honor para alguno de los muy poco revoltosos, en aquellas épocas propicias. E incluso un galardón para los petardistas que, respetando las tradiciones, juegan a «la razón de estado» con «la razón de establo».

En plena democracia se prohibió mi retorno a España. Amalgamando mi nombre con el de cinco héroes (¿gozaban en aquel momento de una de las hermosa playas de Nicolae Ceausescu?): la ex secretaria general del PCE Dolores Ibarruri Gómez («Pasionaria»), el teniente general Valentín González González («El Campesino»), el ex consejero de Orden Público Santiago Carrillo Solares y el «général d’armée» del ejército de la URSS Enrique Líster Forján. Ocultados con todos los honores, todos, en Madrid, en estos últimos veinte años.

De los cinco «ilustres Héroes de la Unión Soviética» solo vi en una ocasión a Pasionaria. Muy amablemente en Moscú (mientras buscaba las huellas de mi padre). Me regaló un cenicero de plata. Por cierto que un presidente del Gobierno español me hizo el mismo obsequio con otro cenicero, pero de loza. Y aclaró humorista: «Nosotros no tenemos dinero para regalarle otro cenicero de plata».

Precisamente en La Moncloa cenando con el presidente y su esposa parecieron interesados por mi itinerario familiar. Recordé cómo recorrí el mundo buscando una pista que nadie pudo darme. Hablé de mi admiración por, a mi juicio, el mayor genio pánico e hispánico: Dalí. Y de pronto tras desaparecer reapareció el propio anfitrión con una abigarrada capa. ¿Era la de un torero? «Es la última bandera republicana. La lució en la última sesión de las Cortes del 1° de febrero de 1939 su presidente Diego Martínez Barrio. En Figueras. Hoy Museo Dalí. La compré en su día en una subasta pública con mi sueldito de funcionario».

En las Salesas tuvieron la osadía de defender al recluta novel que yo era cinco soldados rasos de la Literatura. Rueda fortuna quiso que a los cinco les alzara el Nobel años después: Samuel Beckett, Vicente Aleixandre, Elías Canetti, Camilo José Cela (sobre todo trascendente sátrapa del Colegio de Patafísica) y Octavio Paz.

Mi propio hermano había sido compañero cadete en la Academia de San Javier del entonces futuro Rey Juan Carlos. ¿Eran más de una decena por curso? Y yo mismo un día asistí en un humilde patio murciano a la jura de bandera de mi sobrino, y del joven piloto hijo del Rey Juan Carlos y futuro Rey Felipe VI. ¿Fui el único poeta en tan modestísima cita? A la que Cervantes, que tal puesto concedía a las Armas respecto a las Letras, ¿hubiera podido asistir?

Precisamente por fidelidad a su amigo el actual Rey Felipe VI va a visitar en el aniversario del trágico y súbito desenlace a sus padres. Y así una casa de vecinos madrileña la custodia piso por piso la Policía una noche por año. La noche que el Monarca cumple con sus deberes hacia el amigo ocultado.

Recuerdo que al llegar esposado a la Dirección General de Seguridad de Madrid fui instalado en una celda subterránea. Supe y se me explicó posteriormente que era un lugar digno de la Inquisición. La verdad es que cuando ocupé aquel «tugurio» tenía otras cosas urgentísimas que hacer antes que inspeccionar los muros. Hacia las siete de la noche la puerta de mi calabozo se abrió. Y apareció ocupando la puerta un carcelero, obeso en mi recuerdo. Traía un plato de aluminio y una cuchara. «Es su cena». Expliqué a mi visitante que desde mi llegada a su sótano estaba intentando encontrar mentalmente las posibles causas de mi misteriosa detención.

El carcelero insistió: «Mañana por la mañana va a hablar con el juez. Tiene que alimentarse. Para estar en buenas condiciones». Era un plato de fabada. Pero me era imposible tragar una sola cucharada. En vista de ello el grueso visitante se sentó en el único sitio posible de mi diminuto cobijo: un banco de piedra. Entre los dos lo ocupamos por entero. Y como para animarme intentó llevar a mi boca una cucharada de fabada. «Una por papá… otra por mamá».

Y me comí todo el plato de fabada. España me ha regalado a menudo, quizás contra el aviso de sus influyentes, con otros platos. Inmerecidamente, con los premios de mi quehacer. Pero el más importante para mí es que hoy el teatro de Melilla lleve el nombre de «Fernando Arrabal»: Es decir el nombre también de Fernando Arrabal Ruiz mi padre.

Encalabozado en su tétrica celda el prisionero sin un plato amigo piensa que «el jaguar encalabozado como él es un atributo del dios. Por el orden y la configuración de sus negras formas que tachan su pelaje amarillo».

Fernando Arrabal, dramaturgo.

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