El jefe es el jefe

Por Jorge M. Reverte, escritor y periodista (EL PERIÓDICO, 07/04/06):

El desfile de dirigentes políticos por el palacio de la Moncloa, y el contenido de sus declaraciones, es el mejor indicador del cambio de naturaleza que se ha producido en la política en el País Vasco. Para resumirlo, y exagerando un poco, la política vasca ha desaparecido y ha cedido todo el protagonismo a la española.
La propia ETA es la que ha entrado en ese juego que altera tan sustancialmente lo que conocemos. Porque, en este caso, a diferencia de lo ocurrido cuando el compromiso de Lizarra, las propuestas de los terroristas van dirigidas al Gobierno español (la llamada al francés no puede ser considerada sino un artificio retórico). Ni siquiera se han molestado más los jefes de la banda en otorgarle un protagonismo innecesario a su entusiasta mensajero Josep-Lluís Carod-Rovira, que no haría sino enredar las cosas si hubiera tenido un papel en la operación.
ETA hace así un desplante al mundo político nacionalista que tanto la ha cortejado en los últimos años para recoger las nueces cuando ellos agitaban el árbol, según la feliz expresión de Xabier Arzalluz. Algo que han comprendido con inteligencia Josu Jon Imaz, presidente del Partido Nacionalista Vasco (PNV), y con mucho despecho tanto los dirigentes de Eusko Alkartasuna (EA) como el propio lehendakari, Juan José Ibarretxe. Imaz se ha situado en el discreto papel del que apoya sin estorbar, y los otros gritan desde el banquillo que los jugadores reservas son esenciales para que los que meten goles se sientan apoyados en caso de recibir una patada. Algo similar sucedió cuando las conversaciones de Argel, pero la determinación en el cese de la violencia nunca fue tan explícita.
Desde esa perspectiva, los dirigentes de Herri Batasuna (HB) han sabido jugar con enorme habilidad sus cartas: es la organización que dirige Arnaldo Otegi la que encabeza el proceso desde Euskadi. EA, el comunista Javier Madrazo, los animosos mediadores vocacionales de Elkarri y el propio jefe del Gobierno vasco se han colocado a las órdenes de los radicales para lo que éstos tengan a bien mandarles.
La adhesión entusiasta de todos ellos a la mesa de partidos que propugna Otegi es la mejor de las pruebas. ¿Por qué una mesa cuando hay un Parlamento, que es una institución vasca de inequívoca naturaleza democrática? La pregunta tiene una respuesta obvia: porque en ese Parlamento vasco no está HB. Pero tiene otras menos obvias y más certeras: porque se trata de incorporar a sus contenidos el asunto de Navarra y el del País Vasco francés. La otra mesa, la de ETA con los estados francés y español, únicamente tiene contenidos de entrega de armas y política de presos; o sea, que está prevista para cuando el proceso esté liquidado. No figura en ninguna agenda por el momento.

EL PRESIDENTE del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha jugado sus primeras cartas con tanta astucia como Otegi las suyas. El contenido de sus mensajes está claro: si no hay evidencia de que el alto el fuego es cierto, lo que incluye la kale borroka y el impuesto revolucionario, no se puede hablar de nada. Ni de mesas ni de política penitenciaria.
En ese terreno, ni sus más fieros adversarios afiliados al Partido Popular (PP) tienen nada que decir. Su discurso de rechazo se queda vacío, ceñido a una advertencia permanente con el dedo enhiesto: algo así como un “cuidadito, cuidadito, que te vemos”. Porque, aunque haya sido muy a pesar de Ángel Acebes, los militantes del PP en el País Vasco amenazados por ETA se han sentido enormemente aliviados al pensar que, como poco, tienen unas vacaciones en la nuca hasta pasadas las elecciones municipales del 2007. Eso lo sienten todos.
Otra cosa es lo que viene a continuación. Y aún en esas, a Rodríguez Zapatero parece habérsele aparecido la virgen, porque la referencia inexcusable (lo es, es inexcusable) de lo que se emprenda son las víctimas. No porque puedan o no decidir sobre la política, que ni pueden ni deben, sino por algo mucho más serio y profundo: porque son el termómetro de nuestra calidad democrática. Quien quiera entenderlo no tiene más que leer las declaraciones que ha hecho Maite Pagazaurtundua, la presidenta de la Fundación de Víctimas del Terrorismo, que ha dejado bien explicado que las cosas se pueden negociar, pero también cómo.
Si el presidente pone el pacto antiterrorista al día, se va a encontrar con el apoyo a la chita callando (faltaría más) de la propia HB. No se escandalice nadie: Otegi sabe, y lo saben Permach y Barrena y Pakito y Txeroki, que sin el PP el proceso de paz que ellos necesitan (no el que desean) no es posible.

PORQUE, SE ponga como se ponga la dirección de ETA y su brazo político, la guerra la han perdido los terroristas. La han perdido ya. Y sólo les queda pensar en las formas que el sistema democrático puede poner en marcha para insertar (no reinsertar, porque nunca estuvieron) en el sistema a los que han combatido con las armas y a los que les han apoyado sin atreverse a matar.
Por suerte, en el PP hay mucha gente que ha gobernado y que sabe, aunque José María Aznar quiere que se olviden todos, que el asunto de Euskadi es complejo, como lo es el de Catalunya. No complejo de entender, no más que el de Murcia, por poner un ejemplo, sino complejo de resolver, porque ningún nacionalista catalán o vasco va a vender barata su piel a un nacionalista español.
No ha habido en muchos años ningún gobernante que lo haya tenido mejor para abordar con legitimidad y apoyos una situación tan enrevesada, como le pasa a Rodríguez Zapatero.