El Jesús histórico y la Navidad mitológica

Por Borja Vivanco Díaz (EL CORREO DIGITAL, 24/12/07):

En los últimos 20 ó 25 años, la publicación de estudios históricos sobre la figura de Jesús de Nazareth y las primeras comunidades cristianas se ha multiplicado. Un amplio y heterogéneo grupo de historiadores, biblistas y teólogos han sido sus autores. Muchas de estas investigaciones, desde la crítica histórica, han identificado y desmontado sin complejos los elementos ‘míticos’ del Nuevo Testamento y de la tradición cristiana. No me estoy refiriendo, desde luego, a trabajos pseudocientíficos y sensacionalistas, a veces en formato de novela, al estilo de ‘El Código Da Vinci’.

En ocasiones, algunos de los descubrimientos o de las conclusiones de las investigaciones históricas serias sobre Jesús de Nazareth -al que han desnudado de teología- han suscitado controversias y también han sido objeto hasta de denuncias, por parte sobre todo de sectores eclesiales inmovilistas, que todavía insisten en contemplar las narraciones bíblicas desde una dimensión estrictamente literal o cuasi historicista. Sin embargo, el conjunto de textos centrados en la búsqueda del ‘Jesús histórico’ están proporcionando a los ojos y a la mente del hombre y la mujer de hoy -racionalistas por esencia, educación o vocación- , una visión más real y así también más atractiva o aceptada del cristianismo.

La investigación del ‘Jesús histórico’ se remonta a los siglos XVIII y XIX, al hilo de las corrientes racionalistas. Hoy en día, nos encontramos en la conocida como ‘tercera búsqueda del Jesús histórico’, en la que se han introducido, con decisión, disciplinas tan variadas como la sociología o la arqueología.

El trabajo de investigación ‘Jesús de Nazaret’, publicado este pasado verano por el Papa Benedicto XVI, más como teólogo reputado que como pontífice, comprende una de las últimas obras editadas en las coordenadas del ‘Jesús histórico’. Aunque el carácter intelectual y la calidad de la obra han sido unánimemente reconocidos, sí se han vertido críticas asociadas a no tener en cuenta aportaciones innovadoras y bien conocidas de otros autores de prestigio en su retrato de quién fue Jesús de Nazareth y cómo era el contexto en el que vivió. Benedicto XVI mostraba, asimismo, en el prólogo de su libro, su preocupación por la «grieta» abierta, en muchos de estos estudios, entre el Jesús histórico y el Cristo de la Fe, pues este último es el que fundamenta el dogma de la Iglesia católica: «¿Qué puede significar la fe en Jesús el Cristo, en Jesús Hijo del Dios vivo, si resulta que el hombre Jesús era tan diferente de como lo presentan los evangelios y como ( ) lo anuncia la Iglesia?», se llega a preguntar.

Pero la Navidad es uno de los aspectos más míticos y con menos carácter histórico del Nuevo Testamento. En primer lugar, hemos de anotar que los pasajes que rodean el nacimiento, la infancia o la adolescencia de Jesús de Nazareth ocupan un lugar muy reducido en los evangelios. De hecho, sólo los evangelios de Lucas y Mateo se interesan por ellos. El grueso de los evangelios gira en torno a la ‘vida pública’ de Jesús de Nazareth que a lo sumo duró tres años; desde su bautizo en las aguas del río Jordán hasta su crucifixión.

La anunciación del ángel, el nacimiento en la ciudad Belén y en un pesebre, la visita de los pastores y los magos, la estrella de Oriente, la matanza de inocentes o la huida a Egipto son aceptados, por gran número de exégetas de hoy como narraciones no históricas. Cada uno de estos relatos, eso sí, pretende transmitir -casi siempre entre líneas-, un contenido teológico de gran envergadura y que no siempre es sencillo interpretar. De hecho, ante la falta de datos sobre los primeros años de vida de Jesús de Nazareth, los evangelistas tuvieron, digamos, más ‘vía libre’ para redactar en función de las inquietudes teológicas de las comunidades cristianas a las que pertenecían.

Pero el cristianismo primitivo no quedó conforme con los pocos capítulos que el Nuevo Testamento dedicó a la primera parte de la vida de Jesús de Nazareth. A partir del siglo II, algunos evangelios ‘apócrifos’, que la Iglesia católica nunca admitió en su canon, se centraron en relatos navideños. Por ejemplo, el nombre de los magos de Oriente, el que sean tres y elevarlos a la categoría de reyes no viene recogido en el Nuevo Testamento, sino en literatura cristiana muy posterior.

Lo más admitido, hoy en día, es que los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) se redactaron entre la segunda y la tercera generación cristiana. El evangelio más antiguo, el de Marcos, se data no antes de 35 o 40 años después de los hechos pascuales. La hipótesis de que algún papiro descubierto en el Mar Muerto y fechado años antes -concretamente el catalogado como 7Q5 por el jesuita español José O’Callaghan- perteneciese a un fragmento del evangelio de Marcos, tiene muy poca aceptación en la actualidad; a desgracia de quienes siguen defendiendo la lectura literal del Nuevo Testamento, apoyada por la creencia de haber sido escrito por testigos oculares. El cuarto evangelio, que la tradición ha atribuido a Juan, es común datarlo entre 60 y 90 años más tarde de la muerte de Jesús de Nazareth. Precisamente Benedicto XVI, en su libro ‘Jesús de Nazaret’, desenmaraña, con gran sutileza, las circunstancias en las que este último evangelio fue elaborado.

Lo importante no consiste en reconocer si los relatos bíblicos fueron o no fiel reflejo de la realidad histórica, sino qué significado nos quieren seguir transmitiendo. Esta era también la pretensión de los evangelistas. En mi opinión, es tan válido entender, por ejemplo, la virginidad de María desde una óptica historicista y biológica como hacerlo, más bien, desde un sentido literario o metafórico. Lo más trascendental consistiría, en cualquier caso, en interpretar en la virginidad de María la filiación divina de Jesús de Nazareth; lo cual sí es un pilar fundamental de la fe cristiana.

El futuro del cristianismo en nuestro mundo laico y racionalista implica seguir trabajando por dar a conocer a Jesús de Nazareth y a su entorno, tal y como eran realmente, alejados de todo mito. Si no es así, la misión evangelizadora seguirá teniendo escaso éxito en el presente. Rechazar la cultura racionalista, como la Iglesia católica lo ha hecho durante casi tres siglos y como en ocasiones lo sigue haciendo ahora mismo, tiende a condenar cualquier intento de catequización al fracaso. Por lo tanto desmitificar, por ejemplo, el origen y el nacimiento de Jesús de Nazareth es un primer y necesario punto de partida para que la Navidad recobre su significado cristiano para las gentes del siglo XXI.