El juego de Trump

La actitud frente al comercio dice mucho de la forma en que un político ve a su país y al mundo. La autarquía franquista de posguerra tenía una relación clara con la idea de que España era la «reserva espiritual de Occidente»: la superioridad moral de quien cree estar por encima del materialismo del resto de las naciones. El proteccionismo (en parte obligado por las circunstancias políticas del momento) era para el régimen no sólo una política económica, sino también una forma de profilaxis. Se trataba de mantenerse inmaculado hasta que llegara la oportunidad de retomar la vieja labor evangelizadora. Consecuencia: a finales de los años 50 España era el país más pobre, junto a Portugal, de Europa occidental. El Plan de Estabilización de 1959 no significó sólo un viraje económico. Ttambién, aunque no se reconociera públicamente, suponía aceptar que España era un país más en el mundo.

El presidente de EEUU, Donald Trump, amenaza ahora con una guerra comercial: ya ha lanzado el primer ataque contra China y ha forzado a Bruselas a un negociación con tufo a chantaje ¿Qué nos dice esto de su forma de entender a su país? ¿Hay también alguna forma de moral tras su política económica? Si el actual presidente tiene algo parecido a una ética yo la bautizaría como ética del ganador. Si se siguen sus inquietudes por Twitter, se comprueba rápidamente que cuando quiere dar su apoyo a alguien lo elogia por ser un winner. Tras los atentados de Manchester en mayo de 2017, llamó a los terroristas losers, perdedores, porque para él tal cosa es lo peor que se puede decir de alguien. «No los llamo monstruos porque eso les gustaría», dijo. En el mundo de Trump, un perdedor es peor que un monstruo.

Desde esta perspectiva, el objetivo superior del hombre (y de los estados) es ganar. Para ello hay que ser agresivo, algo que a veces se consigue atacando pero muchas veces fingiendo que sólo te defiendes de supuestas amenazas. Los soviéticos construyeron el muro de Berlín con nocturnidad y de forma vergonzante: se trataba de frenar el goteo de deserciones de la Alemania Oriental a la Occidental. Trump, en cambio, se fotografía junto a prototipos de muros como en otros tiempos se fotografiaba con las concursantes de Miss Universo: como una forma de propaganda macho. Si no fueran inmateriales, también se haría la foto junto a los aranceles con los que amenaza a Europa. «El juego ha cambiado, vais a aprender lo que es perder», sería el mensaje.

Lo paradójico es que el comercio no es un juego de suma cero, sino que, como está sobradamente demostrado, con él pueden ganar varios o incluso todos los participantes. Los aranceles supondrán una reducción del comercio mundial, es decir: habrá menos tarta para repartir. Creo que Trump está dispuesto a que Estados Unidos pierda a corto plazo siempre y cuando las pérdidas de los demás sean mayores. Lo único importante es ganar.

El nacionalismo de Trump tiene poco que ver con el bienestar de sus ciudadanos (como todos los nacionalismos, por otra parte). Su idea de la grandeza consiste en que todo el mundo lo observe (a él y a su país, uno y lo mismo) con miedo reverencial. No desea inspirar admiración, no pretende convencer a nadie, sólo quiere que todo el mundo lo vea como el amo. America first no significa tanto América por delante como América la primera, la medalla de oro, la victoriosa.

La UE, mientras, se enfrenta a una acometida nacional-populista que pretende crear una crisis de identidad. Pequeños Trump gobiernan ya en el Este y otros menos pequeños quieren gobernar en el Oeste. Veremos qué gobierno surge de las negociaciones en Italia, pero podríamos estar ante el más importante golpe antieuropeo hasta la fecha. Por otra parte, la victoria de Emmanuel Macron y la nueva edición de la gran coalición alemana nos prometen un renovado impulso europeísta. La Unión sigue siendo una entidad política que ha hecho de la negociación, el acuerdo y el equilibrio su motor y su fortaleza. Macron y Merkel se hacen tantas fotos como Trump, pero nadie los imagina posando delante de un muro cuando son los dos principales líderes de un proyecto que ha borrado las fronteras dentro de su territorio.

Nunca recomendaría un eslogan tan agresivo como Europe first, pero no me parecería un mal programa si se refiriera al liderazgo político y comercial, y no al deseo narcisista de prevalecer. La Comisión debe esforzarse por evitar la guerra comercial, pero no a cualquier precio. Y sin perder de vista que el objetivo estratégico es ocupar el lugar que EEUU va a dejar vacante en lo que en otro tiempo se llamaba el concierto de las naciones. Para lograrlo no basta con buenas intenciones ni con capacidad de seducción, debemos asumir retos de gran importancia que hagan que se escuche nuestra voz. Necesitamos reforzar aún más la política exterior y dotarnos de una defensa común que nos sitúe en la posición que merecemos en el nuevo orden internacional. No es aceptable que la Unión sea incapaz de parar los pies a la Rusia de Vladimir Putin, una potencia disminuida con un peso económico y demográfico que no se puede comparar con el nuestro. El recientemente coronado zar (en unas elecciones falsificadas) sabe cómo aprovechar nuestras debilidades en su provecho.

Si somos capaces de renovarnos y dotarnos de las estructuras imprescindibles, la UE podría ocupar el lugar que Estados Unidos parece dispuesto a abandonar. No sólo respecto al comercio, sino también en lo relativo a la seguridad global, al cambio climático y a las transformaciones sociales que nos traerá el progreso científico y tecnológico, es decir, en todos los ámbitos que van a importar para el futuro del mundo en las próximas décadas. En los últimos 100 años, todos nos hemos beneficiado del hecho de que el amigo americano haya jugado mejor que nadie al juego mundial. Los aranceles de Trump demuestran que el actual presidente ha decidido jugar a otra cosa. Es el momento de que Europa salga del banquillo.

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *