El laberinto mental de nuestro presidente

Recordará el lector aquella película dirigida por Edward Dmityrik en 1954, El motín del Caine, que supuso uno de los mayores desafíos interpretativos de Humphrey Bogart. Por si acaso, no está de más repasar su argumento: un dragaminas de la armada estadounidense, el USS Caine, recibe a su nuevo comandante, el capitán Queeg, cuya estructura mental -y por tanto de gobierno- resulta un complejo laberinto, pleno de rasgos neuróticos.

La situación a bordo se hace más o menos llevadera, hasta que la crisis en forma de tifón en pleno Pacífico hace insostenible la percepción distorsionada de la realidad de Queeg y su capacidad de mando. En efecto, nuestro capitán no sólo tarda en hacerse cargo de aquella tormenta perfecta, negando la brusca bajada de los barómetros del puente de mando, sino que, además, rehúsa adoptar las medidas pertinentes al uso que le recomienda su segundo, el teniente Marik. Medidas todas basadas en el sentido común de la experiencia náutica: soltar lastre para evitar la zozobra del dragaminas a merced de aquellas olas descomunales en lo más alto de la Escala Beaufort.

En aras de la supervivencia del buque y de la tripulación no queda otro remedio que relevar a Queeg mediante un motín propiciado por los oficiales: sólo así se logra salir de aquel infierno adoptando las acciones marineras pertinentes y que el Caine pueda llegar a buen puerto. He aquí a grandes rasgos la síntesis de la primera parte de la película, que antecede al Consejo de Guerra contra la oficialidad amotinada.

Pero para nuestros efectos, basta con esta primera mitad para toparnos con una metáfora tan desasosegante como explicativa que da cuenta y razón de la emergencia nacional al borde del naufragio mismo en que nos hallamos. Así, si el lector sustituye al comandante Queeg por nuestro presidente Zapatero, al dragaminas Caine por esta nación en zozobra y al tifón asiático por la crítica situación económica que ha llevado a nuestro país a ser incautado por el eje Berlín-París, hallará que la simple metáfora trueca en paralelismo angustioso.

Y es que la afinidad entre el capitán Queeg y nuestro presidente se basa en un denominador común: su elevado índice de resistencia a aceptar y gestionar los cambios negativos y su impericia para abordar consecuentemente procesos que exijan modificaciones sustanciales. Uno, el capitán Queeg, por su grave desajuste mental; otro, Rodríguez Zapatero, por el peso de la ideología en su estructura cognitiva y su inmadurez de juicio. Ambos, atrapados en un laberinto interior solipsista que les hace incapaces de admitir los datos de la realidad, esa piedra de toque de nuestra salud mental y, por tanto, de nuestras habilidades para el gobierno del entorno real.

Al respecto de todo ello, Daryl Conner, basándose en las investigaciones previas de su maestra, la eminente psiquiatra Elysabeth Kübler-Ross, estableció las fases sucesivas ante un cambio negativo, señalando que de su correcta elaboración y transición dependía el éxito o fracaso de la gestión del cambio sobrevenido. En síntesis, el esquema de Conner nos señala cinco estadios o fases (Inmovilización, Negación, Negociación, Depresión y Aceptación), que nos pueden ser muy útiles para entender los mecanismos mentales de nuestro presidente, y fundamentar su falta de idoneidad psíquica y cognitiva para gestionar los cambios que exige nuestra Gran Depresión. Veamos si no:

1) Fase de Inmovilización: la reacción inicial ante un cambio negativo, postula Conner, es la de shock o estupefacción, que se manifiesta en una confusión mental más o menos temporal o en una completa desorientación. En el caso de la mente de Zapatero, podemos cifrar esta fase en la quiebra el 15 de septiembre de 2007 de Lehmans Brothers, impensable seis meses antes. El estupor presidencial se vio acompañado por un hecho no menos dramático: la magnitud simultánea del colapso financiero también en España que hizo que determinada noche de fines de octubre del mismo 2007 no hubiera liquidez suficiente en nuestras entidades para garantizar los depósitos de las cuentas corrientes. Así de trágico, así de dramático, así de silenciado.

El verdadero shock del futuro que percutió en la estructura mental de nuestro presidente fue precisamente ése: comprobar que el sistema financiero español -no sólo las cajas- de tan alta reputación no era otra cosa que una réplica de la estatua soñada por Nabucodonosor, cuya deuda con la banca extranjera ascendía a 850.000 millones de euros.

2) Fase de Negación: A la estupefacción inicial es natural, afirma Conner, que suceda un acto de negación de la catástrofe, durante un tiempo más o menos breve. En este nuevo periodo, se da una incapacidad para integrar los nuevos eventos en los antiguos marcos de referencia, lo que lleva a no querer asumir la pérdida del statu quo anterior al cambio. Durante un cierto tiempo, menor cuanto más madura es la persona, no tiene nada de anormal la existencia de esta fase.

Pero en una cabeza tan fuertemente intoxicada por el mito caduco del progreso indefinido y por el optimismo antropológico como la de nuestro presidente, la persistencia en la negación de la crisis desde 2008 hasta mayo de 2010 tomó aspectos que rozaban muy seriamente patologías vinculadas con la irrealidad, siendo esa denegación cognitiva y volitiva la que, con su inacción, ha colocado a nuestra economía ante el precipicio.

Para explicar semejante extensión de la fase de negación, recuérdese que para nuestro presidente el criterio de verdad no era lo que la realidad dictaba sino más bien el deseo subjetivo de transformarla, viniendo a ser el político más que un gestor de lo real un fabricator mundi o fundador de nuevos universos. Por eso las palabras estaban al servicio de la política y por ello nuestro presidente oponía a la sentencia evangélica de que la verdad nos haría libres, aquel su lema de que más bien «la libertad nos haría verdaderos».

Como el capitán Queeg en El motín del Caine, negando los indicadores que mostraban el temporal inclemente, Zapatero suprimía la existencia de la palabra misma «crisis». En su estructura mental, ya seriamente dañada, no había posibilidad de acoger e integrar el feed-back que le daban los aterradores indicadores económicos con los datos del paro a la cabeza, a pesar de que un solo trimestre del 2008 se destruyeran 700.000 empleos. Más podía su optimismo -una forma especial de negacionismo- que el drama de lo real.

3) Fase de Negociación: Superada la negación, la persona sometida a un escenario de cambio dramático acude a una negociación con esa realidad distinta del anterior statu quo: ya no puede evitar evadirse del nuevo estado de cosas y esta fase señala el comienzo de la aceptación del cambio volviendo las estructuras cognitivas a orientarse a lo real. Pero lo verdaderamente grave del caso que nos ocupa es que en nuestro presidente dicha fase no ha sido elaborada por su psiquismo. Ha tenido que ser el exterior -Angela Merkel, BCE, FMI, Barak Obama et alii– el que ha sacado a Zapatero de su universo negacionista, o más bien y más dramático -como en la película del Caine- han tenido que sustituirle de facto, adoptando medidas tan excepcionales como las del pasado 12 de mayo, malgré lui.

La gobernanza de nuestro presidente, confinado en su celda de La Moncloa como el capitán Queeg en su camarote del dragaminas, se ha visto relevada por aquella otra de los hombres de Strauss-Kahn dando fin al bienio negacionista. He ahí la razón inconsciente de que en el fondo Zapatero no haya hecho suyo el discurso de la gravedad de la situación limitándose a decir el pasado 23 de mayo en Elche: «No he cambiado yo, sino las circunstancias». Justo lo contrario que diría un líder del cambio que sabe asumir y gestionar las fases citadas para sacar a su país del marasmo.

Por eso es dado pensar que nuestro presidente sea incapaz de superar la fase de Depresión en la que está instalado de un tiempo a esta parte y que temo que vaya in crescendo. Como, en rigor, su mente no ha negociado plenamente con la nueva realidad aterradora, es natural que afloren sentimientos de víctima y falta de energía emocional y física, acompañada de signos exteriores de agotamiento. Tal que la figura derrumbada -plena de patetismo- del capitán Queeg en la escena final de El motín del Caine, con aquel semblante ojeroso, el rostro desencajado, la mirada perdida, balbuciente el discurso, ausente el alma. Y España incautada.

Ignacio García de Leániz Caprile, profesor de Comportamiento Humano en la Empresa.