El laberinto ucraniano

Y así fue como una confrontación identitaria derivó hacia una crisis geopolítica que transforma el orden político europeo y tal vez mundial. En la raíz del problema la caótica desintegración de la URSS, un país donde se integraron parcialmente durante siete décadas culturas y naciones que debían fundirse, según el proyecto revolucionario, en “el hombre soviético”, expresión de una forma distinta de ser. Tal proyecto ideológico nunca se materializó plenamente, pero dejó situaciones híbridas, vidas entrelazadas y poblaciones desplazadas hacia territorios y culturas con diferentes historias y tradiciones. En último término, las identidades históricas persistieron, aunque renovadas. Pero quedaron repartidas en distintos espacios institucionales. En Ucrania hubo un poblamiento masivo de rusos que reforzaron a los rusohablantes que siempre habitaron el este-sur del país. El vocablo rus, que dio nombre a Rusia, procede de Ucrania. Ucrania, una sociedad mayoritariamente rural, recibió un aporte decisivo de técnicos rusos que gestionaron la industrialización del país. La política soviética de integración subordinada de las naciones promovió a las élites ucranianas.

La pluralidad identitaria se hizo más compleja por la arbitraria cesión de Crimea a Ucrania en 1954 decidida por Jruschov (ucraniano) tras una noche de borrachera en el día nacional de Ucrania. Crimea siempre fue rusa, con minorías tártaras y judías, y ocupó un lugar especial en la historia rusa, en particular tras los violentos combates contra nazis alemanes y ucranianos en la Segunda Guerra Mundial. El resultado fue un país dividido en términos de identidad. Y, como suele ocurrir, élites políticas jugaron la carta identitaria para conquistar el poder en el nuevo Estado. Tanto los nacionalistas ucranianos como los rusófilos. Como los ucranianohablantes son mayoría, no aceptaron la elección del prorruso Yanukóvich, que usó métodos autoritarios, tales como encarcelar a la líder nacionalista Timoshenko, para controlar el país con el apoyo de parte de la oligarquía. La corrupción y el despotismo de Yanukóvich desató un movimiento social en Kíev, por la dignidad, con formas semejantes a los movimientos de indignados en el mundo. Pero dicho movimiento articuló de inmediato la reivindicación nacionalista con la crítica política y se constituyó como protesta al distanciamiento de Yanukóvich con la UE en favor de los vínculos con Rusia. Ahora bien, dentro del nacionalismo ucraniano coexisten diversas corrientes. Una de ellas se remonta a la Segunda Guerra Mundial y reivindica la figura de Bandera, el líder pronazi ucraniano que se alió con Hitler para combatir a la URSS y que tuvo un papel importante en el exterminio de judíos en Ucrania. Lo cual explica la sorprendente prudencia de Israel en el conflicto actual por el recelo judío (expresado por ejemplo en Odesa) al nacionalismo radical que tomó el poder en Kíev.

Esa corriente ultranacionalista llevó su resentimiento al extremo de combatir junto a los chechenos contra Rusia en la última década. Y fue esa corriente, organizada en el llamado Provy Sektor la que tuvo un papel determinante en la organización paramilitar del movimiento de Maidan, liderada por el violento Alexander Muzichko. Curiosamente Muzichko fue asesinado por las fuerzas especiales del Gobierno de Kíev hace pocos días, en un intento del Gobierno provisional de eliminar aliados peligrosos para la imagen de una democrática Ucrania amenazada por Rusia. Tras la caída de Yanukóvich bajo la presión del movimiento, el Gobierno provisional se escoró hacia la derecha, con presencia importante del partido ultranacionalista Svoboda, y emitió un decreto de desrusificación, limitando la lengua rusa en todo el país. Ese fue el detonante para las manifestaciones prorrusas en el este y en particular en Crimea. Los principales candidatos presidenciales del nacionalismo ucraniano, Timoshenko y Klichkó, recogieron velas y cancelaron el decreto, pero ya era muy tarde. En esa situación de enfrentamiento emocional y confusión política, tanto EE.UU. como Rusia jugaron sus cartas, pescando en río revuelto, con un país tan estratégicamente decisivo como Ucrania en juego. Rusia tenía toda la ventaja si actuaba rápido y a fondo. Y es lo que hizo Putin, convencido de que Rusia es ahora suficientemente fuerte económica y militarmente como para no temer un enfrentamiento con EE.UU. y la UE. Y de hecho, la declaración de países del G-20, en particular Brasil, China, India y Sudáfrica, absteniéndose de condenar la intervención rusa confirma ese análisis. Y es que para Rusia, Crimea es esencial porque su salida al Mediterráneo depende de su base naval en Sebastopol. Con el apoyo mayoritario de la población local, expresado en un referéndum que plebiscitó la anexión a Rusia, la intervención no tenía otro riesgo que sanciones poco operativas en las que la UE tiene las manos atadas por su dependencia energética de Rusia.

La actuación de Putin sirve de apoyo a la demanda de autonomía de las regiones prorrusas del este de Ucrania. En Jarkov, Donetsk, Dnepropetrovsk, Zaparozhie, Lugansk, Krivoy Rog y Odesa circulan peticiones para reclamar el derecho a decidir mientras se organizan milicias de autodefensa. Rusia no parece dispuesta a anexar regiones en crisis económica, pero si hay guerra civil apoyará a la minoría rusa.

El conflicto ucraniano ha creado una nueva situación internacional, alarmando a Europa del Este y afirmando la influencia de Rusia como potencia fuera de la órbita occidental. La ruptura de relaciones con Rusia marca una nueva geopolítica en donde Rusia se acerca al resto del mundo (por ejemplo a Argentina) en la medida en que se aleja de Europa y disputa el liderazgo a Estados Unidos. No es una nueva guerra fría, sino un fraccionamiento creciente del sistema mundial y una pérdida de poder por parte de una OTAN desconcertada en el mundo del siglo XXI. Un mundo que no es bipolar, sino multipolar y organizado en torno a redes múltiples de geometría variable.

Manuel Castells

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