El laboratorio asturiano (y 3)

Que nadie crea que en Asturias se va a decidir algo en los próximos meses. Nada de nada. Pero hay cosas que están sucediendo allá que merecen quizá una reflexión. La primera, el agotamiento de los partidos existentes. No confundir con el sistema de partidos, cosa imprescindible mientras no se invente algo menos malo. Los tres partidos que se reparten el territorio – en partes muy desiguales-no son capaces ni siquiera de robar y distribuirse el botín con las normas que ellos mismos se dieron. No dan abasto para alimentar a su clientela, cada vez más voraz. Más desvergonzada también, porque la impunidad vuelve soberbia a la gente.

Un país para viejos tiene dos grandes oportunidades: dar mucha seguridad al dinero inseguro, es decir, blanquear tan eficazmente como las islas Caimán, o convertirse en balneario de lujo. Falla el clima; todo muy guapo, pero llueve y hay días grises, como en Holanda. Asturias adopta formas que exigen un Saviano local – ya lo he escrito-, espécimen infrecuente porque a la fauna y a la flora autóctona les falta oxígeno. La autonomía de los medios de comunicación fue apenas un chispazo en la transición y en provincias ni siquiera llegaron a dar la luz.

Siempre recordaré lo de aquellos periodistas de Cantabria que lanzaron una revista y escribieron claro y rotundo sobre la corrupción urbanística. Un juez, de esos muy profesionales y muy independientes, les puso una fianza para banqueros, y cerraron.

Desde hace un mes la vida social y política asturiana está detenida. Por ninguna razón contemplativa, sencillamente hierve como una olla, pero no busque usted análisis agudos sobre lo que está ocurriendo. Nada de eso. La gente espera. ¿Y a qué espera?

Pues a que alguien le diga quién va a ganar de verdad y quién va a perder irremisiblemente, y como esta es labor de zahoríes de la política, una especie felizmente extinguida, el común comenta, brama, blasfema, incluso hace chistes. Asturias es una fábrica permanente de chistes. Baste decir que el más notable de los humoristas asturianos, Jerónimo Granda, se ha quedado sin trabajo. No le contrata nadie. En provincias, caballeros, todavía existe esa costumbre de preguntar, antes de contratarte, sobre quién van a ir los chistes.

Escribir sobre Asturias en un diario barcelonés tiene algo de arcaico, casi como la visita a un zoológico. ¡Fíjate tú, qué cosas pasan por allí! Yo soy de la opinión de que al desprestigio de los zoológicos contribuyó la vulgarización del pensamiento de Freud. Cuando se descubrió que en cada casa había una jaula y en cada jaula una familia y en cada familia una colección distinta de animales salvajes, no sólo primates, ahí empezó a decaer el atractivo por los animales enjaulados. La defensa de los animales y todo lo demás fue un recurso para escapar al drama. Quizá por eso sientes algo de rubor al contar estas intimidades locales, como de familia.

El secreto sumarial tiene sobre ascuas a todos los implicados. El ex consejero de Educación Riopedre, la representación genuina de la abnegación militante, el socialista modelo, está en la cárcel. Y enfermo.

Saldrá en los próximos días tras pagar una fianza de cien mil euros. Contar esto para catalanes curtidos después del fregado del Palau de la Música parece burla, pero es así. La juez llevó a la cárcel a tres altos responsables políticos en la Administración asturiana, y parece que no existieran más que llantos y crujir de dientes de los abogados defensores, de los colegas del gobierno, incluso de la militancia. Asturias es un poco mayor que Líbano, por tanto nadie tendría por qué extrañarse.

El deterioro de la vida política asturiana, su imagen pública, está alcanzando unos niveles inquietantes. Para un país donde los embutidos (de cerdo) tienen un valor casi identitario, el que los profesionales de la política pasaran por chorizos no tenía nada de especial. Pero la categoría de grupo mafioso es un salto cualitativo. Socialistas, populares y los restos de Izquierda Unida se enfrentaban al dilema de cómo abordar las próximas elecciones autonómicas en la conciencia de que las perderían todos pero sacarían lo suficiente para repartirse el botín.

Los más interesados en el reparto, los socialistas locales, que arriesgan más porque se llevan la parte sustancial de la ganancia, acosados por la crisis y los recortes, se inventaron un candidato, alguien más nuevo que el viejo Tini Areces. Otra generación pedía paso y cuota. Un tal Fernández, perito, que se decía antes, un mozo que creció amamantado en las fecundas ubres de los Fondos Mineros. La cúpula madrileña de los Pepiño y las Pajín decidió que había que abrir la espita por abajo porque el negocio se resentía. Y así fue. Literalmente, echaron a Areces, como quien liquida a Don Vito, y le sustituyeron por el representante de Atlantic City, valga la metáfora. Pero no queda ahí la cosa, porque los tiempos nuevos no se distinguen porque se hagan cosas nuevas, sino porque se llevan hasta los límites las formas más despreciables de las viejas.

Un hombre no ya sin atributos, que diría el gran Musil, sino sencillamente un chico que siguió el corrimiento de escala, esa fórmula que utilizaban los militares españoles desde las guerras africanas. Si no hay batallas, ni hazañas ni héroes, nos jubilaremos de tenientes coroneles. Colocaron a un tipo imposible. Sin atributos, ni carisma, ni nada que no fuera fidelidad a los jefes. Y yo mismo lo escuché, no me lo han contado: Fernández había sido llamado por Zapatero para ser ministro, pero no quiso y prefirió quedarse en Asturias, por fidelidad a su tierra. No hace falta ser adivino para intuir quién fue el inventor de esta genialidad: nuestro Rubalcaba, convertido por necesidades del guión en el Andreotti de nuestro tiempo. El hallazgo de que Fernández había rechazado una cartera ministerial en Madrid tuvo tanto éxito que hasta el propio Zapatero lo hizo suyo. No hay nadie en Asturias, incluidos los íntimos del tal Fernández, que abrigue la más mínima duda de que si le llegan a ofrecer, no un ministerio, sino una dirección general, hubiera salido corriendo por Pajares para no volver más que a la fiesta socialista de Rodiezmo.

Así estaban, tan felices, pensando que lo habían hecho todo tan cojonudo como para que siguiera igual, cuando una juez de Gijón agarró el hueso del ex consejero Riopedre y sus dos colaboradoras, y un par de empresarios. Y hasta sus obreros han salido a defender los puestos de trabajo, ¡nos ha jodido!, y alegan que, con tantas críticas a la corrupción, los negocios se los van a llevar los vascos y los catalanes, por ese orden. Textual.

Decir que en esto llegó Álvarez-Cascos parecería una salida literaria. Pero es verdad, ahí está para quedarse este colmillo retorcido de la política, un vicioso de la cosa pública, imagino, porque meterse en este berenjenal y no necesitarlo para comer exige más que ganas, incluso cierta ansiedad por la venganza hacia los Rajoy y las Cospedal, inefables. Y todo se vino abajo. No se lo han contado, por supuesto, pero hay alcaldías del PP en Asturias que están de saldo – se han pasado a Cascos-y localidades que han tenido que sustituir a sus concejales con sorteos entre la arrugada militancia. El Foro Asturias de Cascos amenaza con ganar y el tejido mafioso ha respondido con un boicot tan escandaloso que hasta a mí, que creo haber visto de todo, me parece un gesto berlusconiano.

Una sociedad no se inventa la opinión pública. La va creando durante muchos años. No es el Watergate lo que liquidó a Richard Nixon, un veterano gángster de la política, sino la opinión pública norteamericana. Y esa conciencia de opinión pública que otorga la sociedad a los medios de comunicación tras habérsela ganado a pulso y púa es la que consiente entender por qué Berlusconi gobierna, por qué Fèlix Millet sigue en su casa y por qué Asturias, laboratorio social de la quiebra española, ni siquiera aparece en los papeles.

Por Gregorio Morán.

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