El largo camino de Palestina hacia la libertad

Cada año, el pueblo palestino marca su Nakba o catástrofe con la agonía de su pérdida y la nostalgia de rememorar. En el mes de mayo celebramos la esperanza que abre la primavera pero también nos acordamos de la perdida más dolorosa en la historia de nuestro pueblo. La Nakba marca la expulsión de dos tercios del pueblo palestino de su patria y la perdida, tan dolorosa, de la identidad nacional y cultural palestina. Es el inicio de la denegación de la narrativa palestina y de los derechos nacionales del pueblo palestino.

En 1948, con la mayoría de los palestinos transformados en refugiados desterrados, sin propiedad ni identidad, hubiese parecido imposible que el pueblo palestino pudiese algún día vencer esas circunstancias e injusticias y levantarse otra vez para lograr sus derechos nacionales.

Pero el pueblo palestino se liberó de su agonía y pudo reconstruir su identidad nacional y su memoria colectiva. Esta historia de renacimiento y lucha es nuestra historia como palestinos. Para nosotros, la Nakba es la memoria de un pasado glorioso así como la injusticia del asalto sistemático que intentó borrarlo, así como nuestra determinación para que esa injusticia pueda corregirse y nunca más repetirse.

Yo nací en Safad, cerca de la frontera con Siria. Es un lugar hermoso, y toda su población palestina, tanto cristiana como musulmana fue entonces expulsada. La recuerdo, sin embargo, muy bien por los concursos literarios que organizábamos en la escuela donde mi padre era el director.

Luego, a mi padre se le designó una escuela en el puerto de Jaffa. Vivíamos allí en una casa cerca del famoso hospital Dajani. Gozábamos con las tertulias literarias, con los periódicos que diariamente se imprimían, con las idas al teatro y por supuesto con el cine Al Hamra, un edificio que hasta el día de hoy se mantiene en pie. Toda esa fascinación que como un niño conservo de Jaffa se transformaría en la principal memoria que pude guardar de Palestina desde que comenzó nuestro exilio hace más de sesenta y cuatro años.

Mi exilio, mi Nakba, comenzó en Egipto, desde donde pasé como estudiante a los Estados Unidos. Mi padre quería que fuese banquero por lo que también me envió durante varias temporadas a trabajar a bancos en Ginebra y en Londres, pero nada podía hacerme olvidar los aromas de Palestina. Esos mismos que cargué conmigo en el exilio y que, cuando pude retornar en la década de 1990, pude distinguir como únicos. El aroma del jazmín, de los almendros, de los olivos, de los naranjos.

Ese aroma tan romántico que sentí entrando a Gaza en 1994 me trajo a la memoria numerosos momentos de la vida de esa sociedad palestina que fue condenada al exilio en 1948. Ya habían pasado casi cincuenta años, y el compromiso histórico palestino de 1988, reconociendo a Israel sobre el 78% de la Palestina histórica, ya se había realizado. El niño que se había ido al exilio, volvía como uno de los negociadores jefes de la OLP para un proceso de paz que en plazo de cinco años debería haber terminado con la ocupación de Cisjordania y la franja de Gaza, incluyendo a Jerusalén Oriental.

Pero de los sueños de niño y el romanticismo de los aromas palestinos, pasamos a la depresión de ver in situ como Israel en vez de tomar el proceso de paz como una oportunidad para lograr la paz, simplemente lo uso como una cortina de humo para cubrir la continuación de la colonización de nuestra tierra: de los caso 200.000 colonos que había cuando se firmó el Acuerdo de Oslo en 1993, hoy se han convertido en algo más de medio millón. Cisjordania se ha plagado de restricciones de movimiento, las demoliciones de hogares y el desplazamiento de la población son una realidad casi cotidiana, la confiscación de tierras sigue, el ilegal muro se está por terminar y Jerusalén Oriental se ha cerrado para el resto de la población palestina cristiana y musulmana. Mientras esto pasa, la franja de Gaza sigue sufriendo un bloqueo ilegal y a millones de refugiados palestinos se les sigue denegando sus derechos de retorno, compensación y restitución, en línea con el derecho internacional.

Sesenta y cuatro años después de la Nakba, seguimos la lucha por nuestros derechos nacionales y la búsqueda de la justicia. Al mismo tiempo, hacemos todo lo posible para incentivar a la comunidad internacional para detener la impunidad con la que Israel ha podido actuar. Con un proceso de paz detenido por los israelíes, que continúan el saqueo diario de la patria palestina, nos hemos volcado a la comunidad internacional para lograr nuestro reconocimiento como Estado y nuestra admisión en Naciones Unidas.

En ese contexto, esperamos que España, siendo un país que ha invertido en la búsqueda de la paz y la justicia en nuestra región, reconozca al Estado de Palestina según las fronteras de 1967. Hace 21 años, España se alineó del lado correcto de la historia con la generosidad de su pueblo, y fue huésped de la histórica Conferencia de Paz desde donde se lanzó el proceso de negociaciones que hoy se encuentra estancado por culpa de Israel. El parlamento español ya ha sido claro en cuanto a la necesidad de reconocer a Palestina como una forma de avanzar hacia la paz. Es tiempo de que España proteja nuestro derecho a la autodeterminación que ha sido pisoteado durante años debido a la impunidad que se ha garantizado al Estado de Israel.

Hoy, como desde hace sesenta y cuatro años, los palestinos recordamos esas historias lindas de una Palestina libre y próspera. Hoy aun seguimos luchando porque Palestina retorne al mapa. Independiente de las violaciones diarias que se cometen contra de nuestro pueblo y la incansable construcción de colonias en territorio ocupado, que ha llevado a muchos a señalar que la solución de los dos estados está a punto de ser ya inviable, nosotros seguimos creyendo que la libertad es posible. Para que ello suceda, la comunidad internacional debe asumir su responsabilidad histórica y obligación moral: terminar con la ocupación y lograr una solución justa a la cuestión de los refugiados palestinos de acuerdo a la resolución 194 de Naciones Unidas. No se trata de una suerte de “precondiciones palestinas” sino simplemente de la aplicación del derecho internacional y las resoluciones relevantes de la ONU.

Nakba no es la derrota del pueblo palestino, ya que hemos probado nuestra determinación y compromiso para poder vencer los obstáculos que se han puesto en nuestro camino. Así como la Nakba simboliza exilio y destrucción, también es un llamado para lograr la justicia y hacer todo lo que sea necesario para lograr la paz.

Nabil Shaath, comisionado internacional de Al Fatah, fue ministro de Relaciones Exteriores durante diez años y el primer jefe negociador por Palestina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *