El largo viaje de sir Salman

Por Priyamvada Gopal, profesora de la Universidad de Cambridge y autora de Literary radicalism in India. © Guardian News & Media Ltd 2007. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 22/06/07):

La concesión del título de sir al escritor angloindio Salman Rushdie por parte de la reina de Inglaterra ha reabierto viejas heridas. En 1989, una fetua (edicto islámico) del ayatolá Jomeini lo condenó a muerte por su novela Los versos satánicos. El tormento terminó en 1998 cuando el Gobierno iraní levantó la fetua. El título de sir ha vuelto a desencadenar la ira contra el escritor en Irán y Pakistán. En otros ámbitos, sin furia ni violencia pero con sentido crítico, la condecoración tampoco ha gustado. La profesora Priyamvada Gopal arremete contra algunas de las posiciones que ha defendido Rushdie últimamente.

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De lo indio a lo inglés, reflexiona el narrador de Los versos satánicos, hay una distancia inconmensurable. Para sir Salman Rushdie, "que recibe con humildad este gran honor" otorgado por la monarca de un país al que, en una ocasión, comparó con "un pescado ahumado, de sabor peculiar y lleno de espinas y huesos", ese viaje ha culminado con el título de caballero. Habrá críticas y defensas previsiblemente apasionadas. Alguien recordará que Benjamin Zephaniah rechazó el título porque se negaba a entrar a formar parte del "club de los opresores", y los intelectuales de la revista Granta se apresurarán a ensalzar las virtudes humanas de la literatura y el imperio británicos.

Lo que importa aquí, en última instancia, no es la "gratitud", a la vez sublime y trivial, de un hombre; ni siquiera qué significa, hoy día, ser nombrado caballero. Seguramente, a todo el mundo le agrada que se le reconozca desde las alturas, incluso a los menos entusiastas. Más interesante resulta saber por qué este 'honor' llega ahora y lo que el entusiasmo con el que Rushdie lo ha aceptado nos revela sobre la política y las letras en nuestros días, un material digno de sus mejores obras de ficción.

Considerar que el título de caballero es una muestra de apoyo "con retraso" de la clase dirigente británica es no comprender nada. Antes de la horrible condena a muerte proclamada por el ayatolá Jomeini, e incluso después de ella, Rushdie no habría podido recibir jamás el apoyo de un sistema cuyos cimientos se había dedicado a socavar con su prosa despiadada y su brillante vena satírica. Rushdie escribía intensos ensayos sobre el racismo institucional, la condescendencia cultural, el thatcherismo, las leyes contra los inmigrantes, la nostalgia del Raj y el falso multiculturalismo en el que "un negro sólo podía integrarse cuando empezaba a comportarse como un blanco".

Con esa misma ferocidad criticaba también a quienes, en los países postcoloniales y las comunidades de minorías étnicas, se reafirmaban mediante el chovinismo, el fundamentalismo, la censura y la obsesión por la literalidad. Era necesario criticar a las fuerzas de la tiranía tanto en Occidente como en lo que no era Occidente, dejar claro que estaban hermanadas y maldecir a ambas. Desde la magnífica Los hijos de la medianoche hasta la fallida pero brillante El último suspiro del Moro, esta implacable visión ética constituye la base de las mejores novelas de Rushdie.

Por otro lado, sir Salman es, en parte, creación de la fetua, un factor en la consolidación del "choque de civilizaciones" que se ha ido alimentando a sí mismo y que tan útil ha sido para Bush y Osama Bin Laden. Empujado por el fanatismo a la clandestinidad y la desesperación, Rushdie resurgió bajo el sol de Nueva York poco antes de que se derrumbaran las Torres Gemelas. A partir de entonces, esos formidables poderes literarios iban a desplegarse a favor -ya no en contra- de un régimen estadounidense que había proclamado su propio monopolio fundamentalista sobre los significados de "libertad" y "liberación". El sir Salman reconocido por sus servicios a la literatura no es ningún neocon, por supuesto, pero sí simboliza una tendencia más perniciosa: la de los intelectuales progresistas que han aceptado la idea de que los valores humanos, la tolerancia y la libertad son ideas que pertenecen fundamentalmente a Occidente y como tales hay que defenderlas.

Al apoyar ruidosamente las invasiones de Afganistán e Irak por motivos "humanitarios", condenar las críticas a la guerra contra el terrorismo por ser muestras de "antiamericanismo caprichoso" y, sobre todo, alinear la tiranía y la violencia exclusivamente en el lado del islam, Rushdie ha renunciado a su propia interpretación del deber del novelista: "Desmentir las verdades oficiales". Ahora nos recuerda a una creación suya, Baal, el brillante poeta que se convierte en un escritorzuelo obligado a atacar a los enemigos de su señor. No es casualidad que, privada de toda textura y complejidad, su obra de ficción se haya desvanecido, desde principios de los noventa, en un páramo crítico. La transformación de este escritor tan sonoro y pertinente en un pálido corista es una trágica alegoría de estos tiempos ignorantes, similar a las que, en otro tiempo, él mismo solía contar.