El Lazarillo de Tormes y la España de hoy

He vuelto a releer una de las obras cumbre del Renacimiento español y, conforme iba pasando sus páginas me viene a la cabeza el parecido con la España actual. La novela picaresca es un invento hispano. Aparece en 1554, como obra anónima titulada «La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades», aunque se la conoce en todo el mundo como «El lazarillo de Tormes». Está escrita en primera persona y, de manera epistolar, narra la vida de un niño, desde que nace hasta su matrimonio ya en la edad adulta.

De infancia complicada, entra a trabajar, muy joven, primero con un ciego, después con un clérigo, más tarde con un escudero arruinado y finalmente con un fraile mercedario y un buhonero. Es el arquetipo de una sociedad en la que relata, con una ideología moralizante y pesimista, los defectos de los pilares que la integran. El pueblo, la nobleza y el clero. La lectura de sus páginas nos señala un determinismo ambiental y hereditario. Del ciego aprende a ser un «listo» de la vida, a engañar y a mentir. Durante todo el tiempo se vale de la astucia para mitigar el hambre. Con el escudero arruinado está la figura del que no tiene nada y solo quiere aparentar. Con el clero se defiende día tras día. Demuestra, el autor anónimo, un pesimismo de la vida, pero lo manifiesta con un humor que intenta mitigar el hambre y el dolor. «Ya sé que estoy solo en la vida y me tendré que defender por mí mismo», señala en alguna parte del libro. Con la mentira y la astucia se puede llegar a tener una vida holgada. ¿Y no es eso lo que sucede en la sociedad actual? Como cuando cuenta que el padre molinero, al pesar el trigo que le traen los paisanos, por un orificio le roba a cada uno un poco. ¿Y no es esto el 3% que tantos ríos de tinta está dando? Todo tiene un gran parecido. Le llevan a galeras y cuenta el muchacho que su padre murió en la lucha contra el moro.

Desarrolla la astucia, el artificio y toda clase de añagazas con el fin de superar los contratiempos que le presenta el hambre. Es una obra que eminentemente pone encima de la mesa un reproche de una sociedad sumida en la escasez, indigencia y privación de cualquier atisbo de honestidad.

En sus páginas se entrecruzan los estamentos de la sociedad de la Edad Media: el pueblo, la nobleza, el clero, los oficios. Todos actúan en el Gran Teatro del mundo, representando su papel. A veces este papel es la mentira, la artimaña, el engaño, el poco interés por el trabajo, envilecido cada vez más, sin valores, cambiando de chaqueta en función de sus amos; siempre con el objetivo de la subsistencia a través de la mentira, del fraude, de la estafa a pequeña monta, de vivir del cuento, del sablazo a unos y otros. «El hambre agudiza el ingenio». La avaricia del poder y del dinero también, y eso es lo que pasa, actualmente, en la España de nuestros días. Es la carestía lo que la ha llevado a ese estado. En la corrupción actual no es una etapa de privación ni de estrechez, sino el ansia de enriquecimiento y de poder lo que lleva a estos estados. El Lazarillo suele mostrar una actitud de alegre resignación. Descansa en él un sentimiento de cariño que le hace ser merecedor de un cierto afecto y simpatía. La crítica hacia sus señores es un simple desahogo. El móvil que dirige su vida es el hambre. El de los corruptos actuales no es la indigencia, es la soberbia, el egoísmo, el ansia de ser y el tener más.

Es una obra autobiográfica que señala con un gran sentido de humor las miserias y carencias de una sociedad inmiscuida en las guerras, malas cosechas, epidemias, hambre, ausencia de valores. Todo esto conforma un caldo de cultivo. En los días actuales la crisis, el paro, la relatividad en los principios, en el «todo vale» conforman los mimbres con los que se está tejiendo los cestos de la corrupción. La literatura, en este caso, se pone al servicio de la crítica social. Nosotros no tenemos una solución fácil. Martín Luther King decía que «nuestras vidas empiezan a acabarse el día que guardamos silencio sobre las cosas que realmente importan». Es necesario tomar partido por las cosas, identificarse con los problemas, dar una respuesta correcta plena de valores éticos. La educación, la cultura, la familia, la vuelta a los viejos valores es lo único que nos salvará.

Antonio Bascones, catedrático de la UCM y acedémico numerario de la Real Academia de Doctores de España.

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