El lenguaje que todos entienden

“¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. El papa Francisco pronunció estas palabras delante de miles de periodistas de todo el mundo tres días después de ser elegido. Son sin duda uno de los ejes de su pontificado. Durante este primer año después de la elección, el Papa ha explicado a menudo, con las palabras y con los gestos, qué significa su deseo, su anhelo. La Iglesia del papa Bergoglio ha iniciado una reforma en profundidad, que pasa por un retorno al Evangelio vivido, sin coletillas ni medias verdades, sin atajos ideológicos ni escapismos estériles. Y en el corazón de esta reforma están los pobres, a quienes Jesús proclamó bienaventurados en aquella Galilea abierta a los cuatro vientos. ¡Si las dichas son el mejor resumen del Evangelio de Jesús, la primera dicha (“felices los pobres!” Lucas 6,20) es el inicio de este resumen. El comienzo de la predicación de Jesús y del servicio pastoral de obispo de Roma coinciden. ¡Hemos vuelto a Galilea!

Convertirse, cambiar las propias costumbres, los sentimientos del corazón, es una tarea más bien difícil. Hace unos cuantos días, un cura joven de Girona me explicaba su conversión. ¡Estuvo en la plaza de San Pedro, en Roma, en una audiencia de los miércoles, con cien mil personas presentes, como cada miércoles! Un hombre enfermo, con la cara llena de tumores que la desfiguraban, esperaba que el Papa pasara. Estaba enfrente, en la primera fila –los pobres tienen que ser invitados a sentarse en el primer banco de las iglesias, afirma Juan Crisóstomo–. De golpe, el Papa lo vio, se le acercó y lo abrazó con la ternura del padre que abraza al hijo, con la convicción del hermano que reencuentra al hermano. Era un gesto que hablaba con elocuencia, la traducción en imagen de la frase dirigida a los periodistas, un gesto que evocaba el abrazo de Francisco de Asís al leproso.

La Iglesia del papa Francisco rehúye dar vueltas sobre sí misma, opta por comunicar el Evangelio de Jesús de manera clara y concreta. Los pobres y los enfermos no le son extraños ni distantes, y busca tocarlos, tocar sus heridas sin pasar por el otro lado, como si no los viera. Una Iglesia que lleva en el corazón a los pobres y se pone al lado queda preservada de la arrogancia espiritual. Y habla de manera creíble, con el lenguaje universal que todo el mundo entiende: el lenguaje de la misericordia. Este fue el lenguaje que transformó a aquel joven presbítero gerundense.

¿Qué es más dramático?, se pregunta el Papa: ¿que un sintecho muera de frío o que la bolsa baje diez puntos? Y continúa: la cultura del descarte tiende a convertirse en una mentalidad común. Y los primeros descartados son los improductivos, los que pasan necesidades, los que son vistos como una carga social. ¡Sin embargo, quien lea Mateo 25,40.45 (“todo aquello que hacíais a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacíais!”), se dará cuenta de que los pobres son imágenes de Jesús mismo, que no hay cristianismo si los pobres son abandonados a su suerte. En este tiempo de crecientes desigualdades, una economía carente de justicia social, sin solidaridad y sin control de las leyes del mercado, corre el riesgo de llevar al mundo a una especie de tiranía invisible que echaría el bien común. Y buscar el bien común incluye, en primer lugar, garantizar que ninguna vida sea robada, ni la del que pasa hambre o vive en la calle, ni la del que tiene que trabajar abusivamente o languidece en el corredor de la muerte, ni la del que ha perdido el trabajo.

El papa Francisco representa un cristianismo al mismo tiempo espiritual y social, que pone a los excluidos en el centro de la historia y al mismo tiempo les comunica el Evangelio de Jesús, que es voz potente a favor de los pobres y al mismo tiempo sueña con construir una casa digna para toda la familia humana. Es un Evangelio fresco, que tiene que ser comunicado por una Iglesia que no quiera el dinero y crea en la fuerza débil del mensaje de Jesús, que sepa ser pobre y al mismo tiempo madre de muchos hijos e hijas. Ha empezado un tiempo en que hay que refundar la conciencia social de la humanidad, en que el Evangelio puede y tiene que convertirse en fermento de cambio de un mundo diverso, en que todos –desde el que tiene más al que tiene menos– tendrán que hacerse preguntas sobre el destino común.

En un mundo huérfano y sin paternidades ni liderazgos morales, el papa Francisco se ha convertido en el padre de todos. Su voz traspasa las fronteras del catolicismo e incluso las del cristianismo y llega a muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Los pobres se sienten próximos al Papa, hombre que une la dimensión humana y espiritual, hombre de fe y de plegaria y amigo de los necesitados de la tierra. Francisco invita a cada persona a salir de sí misma y a caminar hacia las periferias existenciales, allí donde los pobres hacen estancia. No hay nada más alentador que tener esperanza.

Por Armand Puig i Tàrrech, Decano de la Facultad de Teología de Catalunya.

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