El libro del año, de verdad

Cuando los críticos de libros echan la vista atrás y anuncian las grandes obras del año deberían incluir una cláusula orientativa. Bastaría con una concisa explicación del porqué. Por qué consideramos que un libro es para nosotros el más importante del año, y por qué se lo hacemos saber a los lectores. Puede haber muchas razones, desde que nos ha conmovido hasta que la editorial ha hecho un lanzamiento tan espectacular y ha puesto tanto dinero que estaría mal que uno, que cobra por eso, no les echara una mano. También porque el autor es amigo nuestro, o porque todo el mundo que cuenta en esto de la edición ha dicho que se trata de una auténtica obra maestra y uno no va a llevarles la contraria, lo que se traduciría en sospechar que no lo ha leído.

Hay muchas razones, casi tantas como críticos. Incluso puede ocurrir lo más normal y frecuente, y menos valorado, y es que no haya ningún libro sobresaliente. Si alguien osara afirmar tal cosa lo más probable es que las editoriales tomaran medidas y tuviera problemas, amén de que los lectores le calificarían de elitista,pecado tan nefando como la pederastia.

Los críticos son unos tipos que sólo tienen problemas cuando dicen que no; exactamente igual que le ocurre a la mayoría de la gente. Si dices que sí, te llueven los elogios. Ahora bien, hay que saber decir que sí con altura de miras,de una manera egregia; y para eso no sirve cualquiera. Ser afirmativo – lo aseguran los psicólogos-ayuda a vivir, por eso los críticos complacientes, como los analistas políticos arribistas, llegan a viejos y no se jubilan nunca.

El libro más insólito, el más interesante, el que más me ha ilustrado de cuantos he leído durante el año 2009, lo ha editado, magníficamente por cierto, y en mil ejemplares – según consta en la última página-una modesta editorial de Pamplona, Pamiela. Se titula Fuera de lugar y lo ha escrito Víctor Moreno, a quien no conozco de nada, hecha la salvedad de que había leído de él un par de textos que me llamaron la atención por su audacia y su sarcástico sentido del humor. El primero apareció en 1994 y tenía el irónico título De brumas y de veras,y un subtítulo que lo decía todo: La crítica literaria en los periódicos. El otro, mucho más reciente, ¿Qué hacemos con Baroja?,es, en mi opinión, el más agudo análisis de la figura y la obra de don Pío de cuantas conozco.

¿Qué tiene de insólito Fuera de lugar? Bastaría con la constatación de que habiendo salido en el mes de mayo hasta el día de la fecha no he leído ni una crítica en los suplementos del ramo, ni siquiera una reseña, ni una referencia a su existencia. Con la cantidad de bazofia que los críticos se han visto obligados a comentar, aunque sólo fuera para no quedarse sin trabajo, es llamativo que rechazaran uno tan bien editado y escrito como este. Pero para ser sinceros cabría añadir que eso entre nosotros no es insólito en absoluto, porque sucede y con frecuencia. Lo auténticamente insólito del libro de Víctor Moreno es que trata de algo que ninguno de nosotros ha osado jamás emprender: un análisis del mundo literario español a partir de sus propias palabras y reflexiones. Esto sí que es insólito; tanto, que mientras uno lo lee no acaba de dar crédito, en la duda de si realmente es verdad o se lo ha inventado el autor. De ahí la importancia y el trabajo que se han tomado en la edición al insertar reproducciones de entrevistas y declaraciones, escrupulosamente datadas.

Por las cuatrocientas y pico páginas pasan casi todos los que son algo importante – o creen serlo-en las letras en lengua castellana, escritores y críticos, y Víctor Moreno se basa en sus declaraciones como profesionales de la pluma y como supuestos creadores de la lengua, desde Camilo José Cela hasta Muñoz Molina, pasando por Goytisolo y Saramago, que es tan español que apenas se le nota que nació en Portugal. Sin olvidar otras figuras de gran incidencia mediática dentro del mundo de la prosa; el exquisito Javier Marías o la simplicísima Rosa Montero. En ocasiones son pinceladas llenas de mala uva que retratan a los personajes en su absoluta vaciedad como escritores, pensadores o gentes de letras. Un modo ilustrativo de mostrarnos una parte notabilísima de nuestro tejido intelectual tal como es, sin trampa ni cartón, en sus propias declaraciones, lo que es tanto como decir en su propia salsa. No creo que falte nadie de nuestra galería de notables.

¿Qué tiene el libro de interesante? El ángulo de visión. Nadie hasta la fecha se había atrevido a mirar las figuras y figurones desde la sencillez de su propio relato. No hay miedo al “qué va a ser de mí mañana” si se enfadan y me quitan el ganapán. Ni ese temor que carcome a los profesionales de la pluma, ya convertido en tópico, sobre la diferencia entre lo que se sabe, lo que se dice y lo que se escribe. Sostengo que vivimos el momento más blando y más inocuo de la cultura española, y como no soy catalán, aunque ejerza, no me consuela pensar que lo mismo ocurre en muchas otras partes del planeta. (Por aquí el comparativo es casi un discurso filosófico, que sirve para todo y cubre todas las vergüenzas). Resulta sorprendente que alguien ose escribir de un ministro en ejercicio: “César Antonio Molina, como escritor, es muy malo. Mostró siempre problemas con las comas ycon el régimen de preposiciones. Es un hándicap que viene arrastrando desde que era colaborador de Diario 16 y su suplemento Culturas.Yo pensaba que, después de tanto tiempo transcurrido, habría mejorado su estilo, pero me equivoqué”. Y va, y lo explica. A su manera, pero lo explica. ¿Y qué decir del relato, breve y contundente, de los apaños del académico Jeremías Muñoz Molina para darle un premio de novela a su amigo Justo Navarro, quitándoselo a Miguel Sánchez Ostiz bajo la promesa de que le apañaría otro en Orihuela, mejor dotado? En un mundo de hipócritas, contarlo, tiene un valor intelectual de primer orden. ¿O no habíamos quedado en que eso de la verdad era un objetivo de la inteligencia?

Porque el valor, la audacia, incluso la temeridad son también obligaciones de la cultura. Por eso estamos como estamos y por eso el libro de Víctor Moreno obliga a pensar en cosas que quizá no habíamos valorado suficientemente. Las metástasis de nuestro tejido intelectual. ¿Qué está pasando para que nadie ose interrumpir esta coral de bombos mutuos y silencios elocuentes? De las seis partes que se compone el libro, cada una exige una reflexión, incluso cuando no se está de acuerdo. No hay efecto más patético que el de escribir y que la gente te diga “yo estoy de acuerdo con lo que usted escribe”, ¡como si fuera un elogio! A mí la gente que piensa como yo me interesa muy poco y no me ayuda nada; la vanidad la perdí hace muchos años. Vivimos tiempos tan curiosos que se ensalza al que piensa como nosotros. ¿Quién carajo somos nosotros?De lo que se trata es de que nos hagan pensar de otra manera. Imprescindible partir de que no somos la hostia yque nos tienen envidia porque somos muy buenos, tanto, que incluso temen, ¡esos bárbaros!, que los civilicemos.

Fuera de lugar,que tiene un subtítulo poco feliz, por equívoco – Lo que hay que leer de críticos y escritores-,es un retrato sarcástico de la autosatisfacción de la cultura española dominante. Nunca hubo tantos grandes escritores, tantos suplementos literarios y revistas oficiales dedicadas a la cultura, tantas instituciones culturales… y nunca, desde que tengo noticia viva de ello, la cultura fue tan sumisa y tan hipócrita. Basta rascar un poquito y aparece el paleto inseguro que llevamos dentro. Y eso explica que entre las cosas más irritantes de nuestro filisteísmo cultural – esa mezcla de mediocridad y soberbia académica-,que tiene a gala no sorprenderse de nada y darlo todo por sabido, figure una expresión repetida hasta la saciedad: “no cuenta nada nuevo”. Ciertamente Víctor Moreno quizá no cuente nada nuevo para los curtidos en el oficio de la pluma. Ellos ya lo sabían, pero tenían buen cuidado de que usted no se enterase; como si se tratara de una vulgaridad adscrita a los gajes del oficio o un secreto entre cómplices. De ahí que sea tan saludable este libro publicado en Pamplona, en mil modestos ejemplares, porque ilustra bastante más que la retahíla de textos inanes que nos ha deparado el 2009.

Gregorio Morán