El líder que nunca supo dimitir

Ramy Wurgaft fue corresponsal de EL MUNDO en Jerusalén entre 1990 y 2002 (EL MUNDO, 06/11/04):

Es lamentable que un mal incurable y no un acto de voluntad propia haya marginado a Yasir Arafat del poder. Porque sin desmerecer su contribución a la causa palestina, los errores que cometió en los últimos años justificaban -incluso hacían imprescindible- su renuncia. Nadie pone en duda que el rais fue una figura clave para forjar la identidad de un pueblo al que no sólo Israel, sino los propios estados árabes, desconocían como tal. Valiéndose de su coraje -los atentados contra su vida son incontables- y su carisma, el hombre de la kefiya (pañuelo árabe) consiguió unificar -o aplastar si era necesario- a las facciones que se disputaban el liderazgo, motivados por ambiciones parroquiales y hasta canallescas.

Es cierto que Arafat tiene las manos manchadas con la sangre de decenas de inocentes, pero a diferencia de sus rivales dentro de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Arafat no consideraba el terrorismo como un objetivo ni como una forma de vida. En las conversaciones que mantuvo con Uri Avneri y con otros antiguos dirigentes de la izquierda israelí, a quienes recibió en su precario refugio durante la Guerra del Líbano (1982) el anfitrión confesó que el asesinato de civiles era una culpa que arrastraría hasta exhalar su último respiro.

Consecuente con su visión pragmática del conflicto, en la segunda mitad de la década de los 80, Arafat decidió que había llegado el momento de desactivar las bombas y emprender el camino de la reconciliación. Esta determinación lo colocó en la mira de los grupos radicales palestinos -Abu Nidal juró que le arrancaría el corazón con sus propias manos- y de estadistas respetables como Hafez Asad, difunto presidente sirio, quien no podía tolerar la idea de que un paria le arrebatara el patronazgo de la causa palestina. Una causa que se ajustaba como guante a la mano de los gobernantes de la estirpe de Gamal Abdel Naser, que explotaban la tragedia de los palestinos como un somnífero para distraer a sus súbditos de la pobreza y el retraso al que los tenían sometidos.

El mayor mérito de Yasir Arafat fue haber renunciado al sueño de la Gran Palestina y aceptar el principio de la repartición de la Tierra Santa entre dos estados. En aras de esta convicción envió a sus hombres a que negociaran con los representantes de Israel el Acuerdo de Oslo (1993) que debía poner fin a cinco décadas de muerte y destrucción.

La responsabilidad de materializar los anhelos de paz recaía en los hombros de los gobernantes israelíes, puesto que de ellos dependía poner fin a la ocupación de Cisjordania y Gaza. Isaac Rabin pagó con su vida el compromiso de llevar adelante el proyecto.Su sucesor Benjamin Netanyahu hizo cuanto pudo para volver atrás el reloj y destruir, edificando nuevos asentamientos, la confianza de los palestinos en el proceso y en Arafat. La desilusión abonó el terreno para que brotara una nueva y aborrecible forma de terrorismo: los hombres bomba.

La grandeza y la visión de un líder se mide en los momentos difíciles y, a partir de 1999, cuando estalló la segunda Intifada, el prócer ya no supo ponerse a la altura de las circunstancias. No vamos a discutir si debió o no aceptar la oferta de Ehud Barak, de conformarse con el 70% de Cisjordania para crear su Estado. Puestos a combatir, la tarea debió quedar en manos del Ejército y no en poder de una multiplicidad de bandas. Menos aún bajo la tutela de fanáticos como Hamas y Yihad Islámica.

En varias ocasiones los Servicios de Seguridad le aseguraron que en cuestión de días podrían desmantelar las células terroristas que socavaban su autoridad. Arafat desestimó los consejos y de esa forma, la Intifada se le escapó de las manos. En ese proceso de autodestrucción, sustentado por el terrorismo ciego, el rais perdió a su mejor aliado: la izquierda israelí. Si hubiera delegado sus poderes en el momento oportuno, la Historia le habría perdonado sus errores; los de cualquier líder. Sólo queda apiadarse de quien agoniza lejos de la tierra que tanto amó.