El liderazgo de Rajoy

Cuando el locuaz Pablo se convierte en el «mudito» Iglesias es que algo le contraría. Le ha ocurrido con Venezuela, en donde por razones inconfesables Maduro le tiene a raya, y le pasa en el conflicto catalán, en donde insiste más en la corrupción del PP que en el medido desempeño de su presidente.

En España vivimos una edad de lo impensable: la derecha catalana se alía con los antisistemas, se cierra el Parlamento para no escuchar a la oposición, y a fin de desobedecer las leyes se recurre incluso a los tribunales… Todo vale, incluida la violencia, para un propósito totalitario. Por desgracia, esta situación se ha ido sedimentando a lo largo de muchos años, pero la pulsión sediciosa revienta ahora y a ese golpe de Estado le ha tocado enfrentarse con retranca, consistencia y no poca desconfianza, a un experimentado servidor público de Pontevedra, registrador de la propiedad.

Rajoy nunca compartió el glamur de Kennedy, ni la brillantez de Blair, ni el carisma de González, ni el valor de Aznar, pero en momentos impensables, como los que estos días vivimos, está visto que ni el glamur, ni la brillantez, ni el carisma valen demasiado. Los tiempos angustiosos exigen un liderazgo distinto. Prueba de ello es que la crisis mundial se ha llevado por delante a Cameron, Sarkozy, Hollande, Renzi…; mas sorprendentemente no ha podido con Rajoy, que no solo sufría un problema de crisis económica y altísima corrupción en su partido, sino además un desafío secesionista.

La razón de esta singularidad se debe a que el liderazgo para ser efectivo se ha de subordinar a la situación concreta que lo requiere, noción si cabe algo novedosa. Antes, un tipo con hechuras, hablador y decidido, valía para la política cuales fueran las circunstancias. Ahora ya no. Lo descubrieron hace mucho los ingleses: Churchill, un grueso pendenciero y bebedor, que no daba el perfil de hombre de Estado, sirvió bien al Reino Unido en momentos de guerra. Y Rajoy, un hombre inteligente, reposado y dialogante, resulta indicado para afrontar la desazón que provoca lo inimaginable.

Rajoy, en las viñetas del diario «El País» aparece a menudo tumbado a la bartola. Acaso a Peridis le acontezca con estas ilustraciones lo que a Picasso con aquel retrato: «Que no se parece» pero «se parecerá». En tiempos apacibles una persona serena puede en esas imágenes transmitir cierto pasotismo, pero en situaciones críticas lo que refleja es seguridad. El liderazgo de Rajoy, tan difícil como poco aparatoso, ofrece al ciudadano esa confianza.

Hay distintos tipos de liderazgo: uno el de quien escucha lo que le dicen, busca asesoramiento y luego decide, caso de Rajoy, y otro el que primero decide y luego manipula para que le obedezcan, como hace Iglesias. Mientras el primero se apunta, tal vez sin saberlo, a la fórmula japonesa del «wa», generando armonía para mantener al equipo estructurado; el otro, más al estilo decimonónico, impone, tergiversa y enreda, produciendo continuas divisiones en su partido.

Rajoy no solo es ordenado de cabeza, también lo es en su vida privada. Se acuesta a las once –sin pastilla– y se levanta a las seis. A veces, tiene la pesadilla de que los jueces detienen a Puigdemont por declarar la independencia, pero vuelve a dormirse, como hacía Danton, después de recibir malas noticias. Semejante apariencia de hombre templado esconde un contrapunto: Rajoy, aunque se vea forzado a unas nuevas elecciones, por perder apoyos en la aprobación de los Presupuestos del Estado de 2018, si tiene que suspender una autonomía por una declaración unilateral de independencia, lo hará, y llevado a ello mantendrá el pulso sin despeinarse. Le consolará pensar que cuando el liderazgo produce grandeza, esta la percibe todo el mundo. En este caso, la grandeza de Rajoy no solo será presencia de ánimo, sino presencia de futuro.

Otro activo de Rajoy es su medida del tiempo: la ansiedad no le precipita. Mientras en el mundo de la tecnología un año es una eternidad y un agente de Bolsa puede no contemplar inversiones que estén «más allá de treinta minutos», en el programa de acción/reacción de esta crisis catalana, la medida que utiliza el presidente es proceder cada día. Se habla de que Rajoy debería haber actuado antes, pero difícilmente podrían haber encontrado las papeletas del plebiscito si no estaban impresas, o difícilmente se habría podido suspender las remesas de dinero a la Generalitat, si el Tribunal Constitucional no hubiera declarado ilegal el referéndum.

Rajoy despliega su liderazgo en el tema catalán no para buscar solución a un problema atávico, problema que le supera (cuando se grita fuego no es recomendable sentarse a estudiar la teoría de la ignición), sino para solventar una situación perentoria sobre la que nadie atesoraba experiencias anteriores. Por eso, ante tanta incertidumbre, ha tenido claras dos ideas: a) mientras no sepa qué hay que hacer, no debo hacer nada y b) quien toma la iniciativa tiene la obligación de acertar, y yo la de no equivocarme. Así se ha conducido, cargándose de razón, y no le ha ido mal: O, ¿Vd., en estos momentos, en qué zapatos desearía estar, en los de Rajoy o en los de Puigdemont?

Y ¿después del fiasco del 1-O, o de una posible declaración unilateral de independencia, qué? Todo final es un principio y dependerá de cómo quede el contexto social de ganadores y perdedores. Veremos si el liderazgo de seguridad y proporcionalidad que ofrece Rajoy sigue siendo imprescindible o los nuevos tiempos demandarán otras cosas. No lo sé. A Churchill ganada la guerra no lo reeligieron para tiempos de paz. Nuestra gran historia de quinientos años, que hasta ahora nos ha favorecido, no tiene por qué estar siempre de nuestro lado: dependerá de lo que hagamos y del liderazgo que cada español sea capaz de desarrollar para echar una mano. Los líderes no pueden hacerlo todo solos. La única forma de controlar una epidemia, y la cuestión catalana lo es, exige un orquestado enfoque que avance posiciones en distintos campos, con el consenso de todos.

Continúe o no Rajoy después de esta legislatura, esta etapa habrá sido la de la gran recuperación económica y la de una lección imperceptible que me gustaría remarcar: el liderazgo del rigor y la sobriedad son más convenientes que el expresionismo gestual que practican los dirigentes fuera de serie. Porque la realidad es que no necesitamos tipos fuera de serie. Precisamos gente corriente a la que acaso se le dé mal el inglés, como a Don Mariano, pero que cuando se ponen manos a la obra revelan una competencia inesperada: que aún siendo ellos normales, sus resultados son extraordinarios.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

1 comentario


  1. Pareciendo asombroso, creo que lo es por lo raro de su tesis.
    Y la creo muy cierta.
    Un saludo.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *