El loro y el columpio

Como estuve el domingo en el Real, me encontré con Mortier y me dijo que había visto A Dog’s Heart en Ámsterdam, que le había gustado tanto como a mí y que ya estaba moviendo sus hilos para traerla a Madrid, no es de extrañar que comenzara la semana con cierta predisposición a escudriñarlo todo con ojos operísticos. Y en seguida me lo puso fácil Guillermo Fernández Vara al declararse partidario de «sacrificar» a la prevaricadora Trinidad Rollán, número dos del Partido Socialista de Madrid, tras su condena por los tribunales.

Puesto que acabábamos de ver Ifigenia en Táuride la tentación más fácil era adjudicar al presidente de Extremadura el papel del tirano Toante, simulando ofrecer la víctima propiciatoria a la opinión pública -«¡Oh dioses soberanos, recibid las ofrendas!»- pero tratando en realidad de apuñalar a Orestes-Tomás Gómez para satisfacer el ansia de venganza de Egisto-Rubalcaba. Otra palabra de Fernández Vara me hizo variar sin embargo de rumbo, para alivio de la mayor parte de los lectores. Pueden seguir pues adelante que ésta de hoy es una página libre de los densos humos de la tragedia clásica.

«Tomamos 1.000 decisiones y no te puedes columpiar», dijo el presidente extremeño, refiriéndose a la adjudicación ilegal de unos terrenos cuando Rollán era alcaldesa de Torrejón. Enseguida me di cuenta de que con su excusatio non petita llegaba la acusatio manifesta en la que puede resumirse toda la garrafal inconsistencia, toda la fatídica levedad de estos siete zapateriles años de los que él mismo, ex militante de AP, es una buena muestra.

«No te puedes columpiar»… pero vaya que si se han columpiado una y otra vez con el Estatut, con la negociación con ETA, con la política exterior, con las medidas económicas o con la energía nuclear. La alegoría del columpio es formidable, amén de divertida. Y es que de estas dos legislaturas podrá decirse lo que se quiera, menos que han sido monótonas o aburridas. El columpio es vaivén, es balanceo, arriba y abajo, adelante y atrás. El columpio es fantasía, es atrevimiento y es riesgo. Un movimiento continuo, un fin en sí mismo, un desafío a los límites, una rectificación permanente, una inestabilidad crónica. De todo eso hemos tenido a raudales desde aquel 14-M cuyo séptimo aniversario se cumplirá pronto.

El columpio es trasgresión, es aventura, es inconstancia, es frivolidad, es aturdimiento. Es oscilación, vacilación y bamboleo. Pero también descontrol, temblor y vértigo. A la vez sueño y pesadilla. Al amanecer nos elevábamos en un simpático balancín; al anochecer caíamos en picado, aferrados a un diabólico trapecio. Nada describe mejor lo que nos ha ocurrido. Empezamos el sugestivo viaje, despreocupados, opulentos y pletóricos; lo concluimos, atribulados, arruinados y hundidos en la pesadumbre. Menuda atracción de feria. El inolvidable timo del columpio de la «democracia bonita». Quién nos ha visto y quién nos ve. Entre ji, ji, jís y ja, ja, jás -«¡Oh balancé, balancé, quero dançar com vocé»- hemos ido perdiendo los zapatos, el sombrero, las gafas, las llaves, la cartera, el reloj, los pendientes y el collar. Ya sólo nos queda el oremus para suplicar a la providencia que pare esta máquina del infierno o nos permita bajar en marcha.

Tendría gracia que a la hora de la verdad la única del PSOE que no se pudiera columpiar fuera la adjunta del verdugo de la «señorita Trini». ¿O no se columpió el hoy vicepresidente Chaves al aprobar las subvenciones a la empresa de su hija sin tan siquiera guardar las formas mediante la preceptiva abstención? ¿O no se columpió su sucesor Griñán al adoptar una resolución «injusta y arbitraria», según el Tribunal Superior de Andalucía, para tapar el abuso de poder de quien todavía era su jefe en el partido? ¿O no se columpió el gerente Xoán Cornide al prometer ejercitar el tráfico de influencias a favor del paisano que a continuación vio dispararse las adjudicaciones del Ministerio de Fomento?

Es verdad que hubo columpiadas que tuvieron consecuencias: verbigracia la del valenciano Joan Ignasi Pla con la rehabilitación de su vivienda, la del ministro Bermejo con sus cacerías sin licencia o la del director del CNI con sus excursiones exóticas a costa del erario. Pero eran otros tiempos en los que Fernández de la Vega enarbolaba la doctrina de la «tolerancia cero» con la corrupción. Escucharle decir algo parecido hoy en día a Rubalcaba -protector del policía J.A.G. y guardián de los secretos del Faisán– sólo produciría hilaridad.

Y si ampliamos el barrido a las columpiadas políticas de este nuevo Gobierno, formado por Zapatero en función de sus presuntas habilidades en el arte de la comunicación -que santa Lucía le conserve la vista-, descubriremos haber topado con un incesante manantial. Si las hazañas de Calamity Helen venían ya de lejos y Ramón Jáuregui mostró maneras atribuyendo a Marruecos la soberanía sobre el Sáhara nada más tomar posesión, esta semana el concierto para instrumentos desafinados se trocó en sinfonía caótica al mezclar los ruidos de la polémica nuclear con los de la reforma de las pensiones. Por no hablar de la metedura de pata del Ministerio del Interior al apresurarse a divulgar que el consejero de Cultura de Murcia había reconocido a su agresor, cosa que quedó desmentida horas después.

Que Zapatero estuviera dispuesto a pasar de un extremo a otro en relación al cierre de Garoña, con tal de que los sindicatos aceptaran el retraso de la edad de jubilación a los 67, indica al mismo tiempo su adicción por el columpio y su desesperación política. Mi amigo Jano se quedó atónito al saberlo, pues no en vano aún resuenan en sus oídos las razones de mal pagador del presidente para desoír el dictamen del Consejo de Seguridad Nuclear, favorable a la prolongación de la vida de la central burgalesa: que si sus miembros -incluidos los propuestos por el PSOE- estaban vendidos al sector eléctrico, que si a él le correspondía la responsabilidad de prevenir un accidente nuclear en España, que si en no sé dónde se estaban cerrando centrales con menos años de vida útil… Y resulta que después de tanto fundamentalismo para desoír el dictamen de una «comisión independiente», incumpliendo uno de los primeros mandamientos de las tan admiradas leyes del «republicanismo cívico» de Pettit, ahora todas esas objeciones tremendas, todas esas supersticiones antinucleares se diluyen para convertir Garoña en un mero problema laboral y ofrecerla como moneda de trueque en el baile de las pensiones. «¡Oh balancé, balancé…!».

Esta predisposición a integrar en su recorrido un movimiento y su contrario es la esencia del columpio político de Zapatero. Quiere complacer, al subir, al ecologismo radical y, al bajar, al lobby proenergía atómica; quiere dar satisfacción a la Unión Europea y los mercados en la remontada, y a Comisiones y UGT en el repliegue; quiere estar a bien con las víctimas del terrorismo y Basagoiti al volar alto, y con Batasuna y Eguiguren al recaer en las andadas. Zis, zas. Arriba, abajo. Sí, no. Blanco, negro. Ahí voy, ahí vengo.

Para el Zapatero fabulador y fantasioso España ha sido el frondoso jardín rococó en el que Jean-Honoré Fragonard encuadró en 1768 su lienzo más célebre: Les hasards heureux de l’escarpolette. Sí, el presidente ha disfrutado durante siete años de los «felices caprichos del columpio», surcando alegremente con sus piernas el vacío, creyéndose artífice y dueño de sus actos, mientras un oscuro personaje le empujaba desde la espesura, moviéndole con las cuerdas con que se maneja a una marioneta.

Quien encargó el cuadro propuso asignar ese papel a la figura de un obispo, pero Fragonard prefirió pintar a un discreto jardinero. Rubalcaba ha sido las dos cosas a la vez, predicando la santa cruzada sectaria contra la derecha y cultivando con tenacidad y esmero el huerto de las necesidades del presidente. No es de ahora. Él siempre ha estado detrás. Lo estuvo cuando, como portavoz parlamentario, urdió la estrategia para la aprobación del Estatut en el Congreso y lo estuvo cuando, ya como ministro del Interior, indujo a Zapatero a decir que todo iba a «mejor» en el proceso de paz, la víspera de que ETA volara la T-4. No es de extrañar que su última hazaña haya sido empujar la negociación sobre las pensiones hasta el borde mismo del precipicio.

¿Y Rajoy? Pues a verlas venir, claro. Han sido tales los disparates del periodo que el líder de la oposición no ha necesitado adoptar otra postura sino la del ciudadano que en la base del cuadro de Fragonard contempla, primero con deleite, luego con estupefacción, todo lo que la dama del columpio va dejando a la vista. Rajoy sólo ha necesitado esperar un poco y convertirse en fiel notario de la pública exhibición de las vergüenzas del Gobierno.

La única adición original al lienzo es el lorito Galeusca que con su plumaje multicolor no sólo acompaña al insensato del columpio, sino que a menudo le presta su voz: «Apoyaré el Estatuto que venga de Cataluña», «la nación, ese concepto discutido y discutible», «el derecho a decidir de los vascos», «las lenguas que reflejan la pluralidad territorial en el Senado»… Los papeles se han invertido. Por primera vez es el presunto dueño de la casa el que repite lo que ha escuchado decir al loro.

Como con tanto vaivén la izquierda se ha mareado y ha terminado por quedarse sin habla ni discurso, sólo se escucha al loro. La cosa empezó con que el PSOE necesitaba a los nacionalistas para completar su mayoría parlamentaria, pero luego el trato trajo el cariño y el principio de Arquímedes hizo el resto, con la particularidad de que hubo casos límites, como el de Esquerra con Montilla, en que no hubo que desalojar nada del recipiente, sino tan sólo ocupar el vacío previo. Ha ocurrido como en el chiste en el que entra un negro, perdón un hombre de color, con un loro en un bar y dice el camarero: «¿De dónde lo has sacado?» Y el loro contesta: «Del Congo, los hay a montones».

Se alega con razón que los 12.000 euros por sesión que cuesta la traducción simultánea en el Senado son sólo «el chocolate del loro», pero quienes tratan de quitarle trascendencia al asunto con ese argumento olvidan que la expresión procede de la América colonial y refleja la conducta de aquellas familias que, habiéndose arruinado, se enfrentaban al dilema de prescindir o no del signo externo de opulencia que representaba escanciar la jícara en el pequeño bebedero del rey de la casa.

El problema no es el chocolate, sino el alpiste a precio de oro, los cañamones de muchísimos quilates que Zapatero viene pagando a cambio de que la cacatúa le alegre la vida en el columpio. Barreda, Fernández Vara y compañía se han dado cuenta demasiado tarde del coste enorme que van a tener para ellos todas esas rendiciones.

Es la eterna historia de The Servant, en la que el amo termina haciendo de criado y sueña con vestirse como él. O, mejor aún, la moraleja de ese otro chiste en el que un pasajero de clase business intenta en vano de forma educada que le sirvan un café, mientras contempla como un loro que trata despóticamente a la tripulación, insultando a las azafatas y zahiriendo al sobrecargo, consigue que le pongan whisky tras whisky. Harto de no obtener nada a cambio por sus buenos modales, el pasajero hace suyos los métodos del loro y el resultado es que el comandante aprovecha para echarlos a los dos del avión a miles de metros de altura. Es entonces cuando el loro le dice agitando apaciblemente las alas: «Lo tuyo sí que tiene mérito… Tratar mal a la tripulación sin tan siquiera saber volar…».

A Zapatero lo tirarán pronto del columpio y se dará un buen trompazo porque, con toda su gentileza, ha tratado mal a los españoles sin tan siquiera saber volar. Rubalcaba le dará el último empujón, pero no logrará sentarse en su lugar por mucho que lo intente. Nadie cambia un modelo de la misma fábrica por otro más antiguo con peor motor y carrocería más fea. Será Rajoy quien tendrá que pasar de espectador a trapecista y, tanto si sigue el consejo de Aznar sobre el programa como si no, de lo único que puede estar seguro es de que el loro continuará allí, con la servilleta puesta, cuchillo y tenedor en ristre, esperándole cuando llegue, como si fuera otro congoleño más.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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