El lugar de la Fiesta

Solidaridad y progreso. Entre manos tengo una carpeta repleta de papeles e iluminada por un tejuelo en el que hace años escribí «Cuentas del Hospital de Gracia de Zaragoza/ Superintendencia y Secretaría de Hacienda: documentación referente a corridas de toros en Madrid y otros lugares» de la segunda mitad del XVIII, en su mayoría custodiados en el Archivo General de Simancas.

Las cosas claras desde el principio: las catorce «Fiestas de Toros que se han celebrado de Orden de S. M. en este presente año de mil setecientos y setenta y uno» dejaron en caja bastante más de un millón de reales con apenas la mitad de gastos y casi seiscientos mil de beneficio para el Real Hospital, muy por encima del obtenido en la temporada precedente, «desocupada la cuarta parte de la Plaza en todas las fiestas». Así fue siempre, con temporadas mejores y menos buenas, lo cual estuvo y está directamente relacionado con el remate de los carteles.

Por encima del precio de los billetes, que había subido, entonces igual que ahora Madrid exigía lo máximo. De tal condición dependía el éxito o el fracaso de taquilla. La Junta de los Hospitales no se engañaba y precisamente por eso reaccionaba con tiempo si la programación apuntaba dificultades. Como en 1791, de cara a San Isidro, cuando la Junta de los Hospitales General y de la Pasión enderezó un «aviso» a las autoridades concernidas poniendo en su conocimiento que «por no haber en Madrid más lidiadores que Joaquín Rodríguez Costillares y Josef Delgado Pepe Hillo, y aquel casi inútil por su edad y achaques y este poco menos», el desastre se pintaba garantizado de no adoptarse las medidas oportunas.

En efecto, los junteros del Hospital tenían motivos para la preocupación: con Costillares, adalid de la corrida moderna, aproximándose al medio siglo (Sevilla, 1743) a sólo ocho años de la muerte (Madrid, 1800) y ya quitándose de las plazas (a partir de 1790 redujo mucho sus actuaciones) y con Pepe Hillo muy quebrantado por las cogidas («hasta veintiocho cogidas cuenta el manuscrito que hemos utilizado», puntualiza Cossío, a la espera del encuentro fatal con aquel toro Barbudo de la vacada de Peñaranda el 11 de mayo de 1801), el atractivo de los carteles pendía, no de un hilo, pero sí de una mata de romeros.

Nada menos que de la mata del rondeño Pedro Romero y sus dos hermanos, quien podía elegir y elegía y además pisaba fuerte en la trastienda. Cossío se ocupó con su habitual rigor de este tipo de achaques, muy disputada entonces la contratación de las figuras. Como al presente. Y la Junta ciertamente se empleó bien a fondo, sin andarse con miramientos: «En apoyo de esta instancia expone que Madrid parece debe tener preferencia a Cádiz y otras plazas de Andalucía para donde están ajustados los tres toreros».

Madrid renunciaba al cabeza de la dinastía, pero exigía a sus hermanos. Y los exigía tajantemente. El asunto venía de lejos, repetido una temporada sí y la siguiente también a partir de 1778, cuando «se despidió a Costillares por las condiciones irritantes que propuso». Había llegado la hora de atajar el mal por lo sano. El interés de los hospitales debía prevalecer. Así que los Romero se avenían o la alternativa era «privárseles el uso de su ejercicio». La sangre, claro está, no llegó al río. Y tras tirar de la cuerda por un extremo y por el contrario, a la postre cuajó el acuerdo.

Toros y toreros, ya digo. «Para el presente año [la Junta] tiene tomados los mejores toros del reyno», buscados y contratados donde fue menester. En Navarra, por las riberas del Jarama o en el campo charro. De lo contrario, con los aficionados resintiéndose, la recaudación fallaría. Bajo tales premisas cumplía moverse con meses de antelación, como en la actualidad hacen las comisiones de las plazas francesas, sin enredar hasta el último instante ni incurrir en el autoengaño de los regateos.

El Hospital llevaba los toros hasta sus dehesas, propias o en régimen de arrendamiento, operación al pairo de diversas contingencias. Una de ellas, ayer como hoy, las epidemias. En nuestros tiempos se ha impuesto la carta verde, en aquellas calendas sobre poco más o menos. Así pasó, por ejemplo, en 1775, con la Junta removiendo Roma con Santiago para obtener la licencia de entrada de treinta y dos astados de sendas vacadas de prestigio: doce de Antonio Ybar, «nacidos y alimentados en el territorio de Navarra y en el verano en el de Arnedo», y «los veinte restantes de la vacada que fue de la viuda de Lacumberri, que hoy subsiste», apostilla reveladora de la preocupación por hierros y encastes en riesgo de extinción.

Pasaba de todo. Unas veces por falta de lluvias, secos los pastos, otras por su abundancia, con las dehesas anegadas. En 1777 la gravedad se acentuó hasta los extremos. «Las copiosas lluvias» en el soto de Galapagar y en las dehesas de las riberas de los ríos aislaron al ganado en islas exiguas, «donde apenas podrá permanecer por tres o cuatro días». En esa tesitura, la Junta apeló al rey: se recibían auxilios o se impondría la necesidad de «echar la cuchilla al cuello a más de ciento y sesenta reses entre toros y cabestros si la incesante piedad de S. M. no concede remedio oportuno con la suministración de alguna de sus Reales Dehesas inmediatas».

Ese resultaba el único remedio avizorado por «la Comisión en tan críticas circunstancias». La comisión, ya salió la palabra tótem. El precio de las entradas, las exigencias de los toreros y la condición de los toros: de esa conjunción de factores dependía la respuesta de los aficionados. Epidemias, escasez y carestía de los pastos, licencias o cartas verdes. Y, claro está, comisiones. Los usos y abusos de siempre, consustanciales a las ganas unas veces de arreglar los entuertos, o simplemente de figurar.

Ahora bien, que dichos aspectos no oculten lo esencial: la atención hospitalaria de los españoles estuvo largo tiempo apuntalada por las corridas de toros. Esa es la tradición que siguen y perpetúan toreros y ganaderos de hoy al apuntarse a los festivales en beneficio de multitud de causas. Inundaciones, terremotos, enfermedades o las secuelas de las cogidas. Desde Enrique Ponce a José Tomás o David Mora, de Victorino a Domecq o Sánchez Arjona, nombres aquí juntados para poner de manifiesto que las diferencias en el ruedo no guardan relación con esta identidad de fondo. La Fiesta ha sido pionera, su lugar también es ese. Que levanten la mano desde el sector en que puedan presentar similar currículum de solidaridad y progreso. Que la levanten.

Gonzalo Santoja, catedrático de la Universidad Complutense.

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