El Lugar soy Yo

Por Salvador Moreno Peralta, arquitecto (EL PAÍS, 10/01/07):

Aun cuando tenga una enorme repercusión social, el mundo de la arquitectura y de los arquitectos tal vez sea uno de los más endogámicos, de ahí que artículos como Mefisto y los arquitectos, publicado en estas páginas el pasado diciembre por el escritor Rafael Argullol, desde la atalaya de su autoridad intelectual -o mejor, desde su simple estatuto ciudadano- sea recibido por los que consideramos esta profesión un servicio público como una intromisión de todo punto saludable.

De todas las Bellas Artes -y convengamos que aún lo sigue siendo- tal vez sea la arquitectura la que mejor sirva a la voluntad de trascendencia y perpetuación del ser humano, de ahí que un proyecto arquitectónico, de la misma manera como han nacido todas las ciudades, tenga algo de acto fundacional. Cualquier proyecto, por pequeño que sea, transforma una realidad que es colectiva, un entorno con respecto al cual miles de personas han moldeado dialécticamente su condición de ciudadanos, de ahí que todo paisaje urbano sea geografía, pero también sea historia. La cuestión está en saber si el nuevo tiempo urbano que inaugura esa nueva forma es mejor que el tiempo pasado, si esa criatura es un digno testimonio del tiempo cultural en que le tocó nacer.

No son extrañas, pues, las vinculaciones de la arquitectura con el poder en su intrínseco afán de perpetuación, pues, a despecho de los innumerables agentes que participan en una obra arquitectónica -muchos de ellos, desde el modesto albañil hasta el director facultativo, hacen de ella su vida durante el tiempo que dura su construcción- al final esa obra queda vinculada al político, regidor, príncipe o rey bajo cuya férula se erigió, de la misma manera que las distintas fases del Vaticano, por ejemplo, están históricamente más ligadas a los Papas que las impulsaron que a los arquitectos que las hicieron. Cualquier alcalde de nuestro país sabe perfectamente de qué estamos hablando.

La historiografía arquitectónica ha sido inmisericorde con el Movimiento Moderno y su correlato en el llamado “estilo internacional” por cometer dos pecados capitales: el primero de ellos fue la descontextualización, esa uniformidad estilística y formal que, haciendo abstracción completa de las condiciones físicas del lugar, permitía que cualquier edificio pudiera colocarse en cualquier parte. Y el segundo, el desprecio a la dimensión simbólica de la arquitectura, sometida al dictado de la cruda funcionalidad.

La paradoja es que los movimientos posteriores, pendulares y contrarios a los excesos del funcionalismo y la internacionalización, esto es, el posmodernismo y el deconstructivismo, en su afán de personalización de la obra arquitectónica, dieron como resultado una forma de internacionalización aún mayor: la de los arquitectos-estrella férreamente vinculados no ya a la dimensión simbólica que reclamábamos, sino a su preponderante condición de publicistas, creadores de logos y de imágenes. Como dice Oriol Bohigas, “la arquitectura de la imagen es, por su propia naturaleza, la de un individualismo feroz; está claro que para que un rascacielos sea importante es imprescindible que no se parezca en nada al que tiene al lado, que sea, antes que nada, distinto”. Es desde esa consentida arrogancia como, según cuenta Argullol en el artículo mencionado, un representante del equipo ganador del rascacielos que viola la horizontalidad de San Petersburgo calificaba a los petersburgueses discrepantes como “un lastimoso grupito”. Pero es también esa misma arrogancia la que hace que estos arquitectos, convertidos en auténticos tótems mediáticos, acaben siendo esclavos de su propia iconografía, cuyo valor añadido es lo que se busca, condenados para siempre a repetirse a sí mismos o, sencillamente, abocados a ser en cada ocasión retorcida, dramática o grotescamente originales. Si con el Movimiento Moderno el mismo “estilo” valía para cualquier sitio, asistimos hoy a otra forma de descontextualización: cualquier artefacto vale para cualquier sitio …siempre que sea “de autor”. No es por casualidad que en la exposición On-Site: new architecture in Spain, primero exhibida en Nueva York y ahora en Madrid, sin demérito de la calidad de las obras seleccionadas, incuestionable en la mayoría de los casos, rara vez aparecen inscritas en sus emplazamientos geográficos, claro ejemplo de que la dimensión mediática de la obra prima sobre los vínculos que pudieran y debieran mantener con el lugar, como queriendo decir, rememorando al Rey Sol, “el Lugar soy Yo”.

Y puesto que hablamos de rascacielos, vemos últimamente que en nuestro país, al que le cuesta mucho sacudirse los hábitos de nuevo rico, la alianza de los poderes políticos y económicos ha dado lugar a una desenfrenada y priápica carrera por ver en qué ciudad se hace la torre más alta y, claro está, distinta. La última competición se está produciendo actualmente en Sevilla, donde, en el momento de escribir estas líneas, se dirime la construcción de una torre más alta que la Giralda entre tres reputados arquitectos internacionales. Uno de los proyectos justifica su propuesta en “que la Giralda estaba sola y hacía falta alguien que la sacara a bailar”. No contento con esta sustanciosa justificación, el autor explica que su torre, de 187 metros de altura, “tendrá formas de traje flamenco” y “se cubrirá con una piel de cerámica verde y blanca, como un patrón de un mosaico andaluz”.

Eximo al reputado colega de toda culpabilidad en el comentario, y no por una pedestre solidaridad corporativa sino porque lo realmente penoso es que en este país hayamos tenido que llegar a esto: que semejante guiño aldeano pueda ser proferido por alguien de indudable talento, probablemente porque no tenga más remedio que hacerlo así, si quiere obtener un salvoconducto para llegar al corazón de las fuerzas vivas locales. No sé, tal vez esté equivocado y esto sea un ejemplo de lo que algunos consideran fructífera simbiosis de lo local y lo global, una metáfora algo chusca de la mundialización de nuestra sociedad, con sus intrínsecas paradojas. Pero me temo que no. Me temo que la escudería de los arquitectos-estrella, en su papel de demiurgos o catalizadores de la modernidad -como creo haberle oído una vez a Vicente Verdú- no están haciendo otra cosa que suministrar la coartada cultural para justificar los despilfarros megalomaniacos con que las ciudades compiten como empresas en el mercado global. Y ello en un momento en el que la magnitud y la complejidad de los problemas urbanos, si no queremos que nos estallen en la cara, requieren tanto del rigor científico para comprender situaciones nuevas como del coraje político en la acción, más que de banalidades publicitarias para consumo de revistas especializadas y malformación de estudiantes de Arquitectura. En definitiva, unas actitudes parecidas a las de los apóstoles del Movimiento Moderno. Quizá se pasaron de fundamentalistas, y de ingenuos, en su pretensión de lograr un arte total, pero por lo menos nadie les pudo negar su decencia.