El machismo será televisado

Eran fines de 2015 y el juicio político a la presidente Dilma Rousseff ya era una amenaza, aunque el proceso no había sido sancionado. Yo estaba en la cafetería de la Cámara de Diputados para una entrevista con un diputado, cuando otro parlamentario me llamó desde el lado opuesto del salón. Pensé que podía querer pasarme una información, pero solo quería contar lo que para él era un chiste: “¿Sabes que ahora Dilma es la mujer más deseada del país?”, me dijo. “¿Sí? ¿Por qué?”, pregunté con prisa. “Porque todos la quieren joder”, concluyó, y estalló en carcajadas.

Ya en casa, llamé a una amiga para quejarme: “¿Cómo se le ocurre pensar que yo, una mujer, encontraría gracioso ese comentario?” Le pregunté a otras periodistas sobre casos parecidos. Una colega me contó la respuesta que le dio un ministro cuando le pidió una entrevista por un mensaje de texto: “¿Viniste con falda?”, le preguntó. Para subrayar la ironía, hace un mes, el Día Internacional de la Mujer, el presidente Michel Temer remarcó en un discurso oficial la importancia de la participación femenina en la economía: “Solo la mujer es capaz de señalar los desajustes de precios en los supermercados”. Frente a su visión retrógada y reduccionista del papel social de la mitad de la población, me pregunto: ¿Cómo luchar contra ese tipo de discurso machista si el presidente lo institucionaliza?

Y el problema no está solo en la política. En Brasil, el machismo está en posición protagónica, instalado también en la élite artística. Hace dos semanas, Susllem Tonani, una vestuarista de TV Globo, la mayor cadena de televisión brasileña, denunció haber sido abusada sexualmente por José Mayer, un galán de novelas de 67 años. Tonani, de 28 años, relató al blog feminista #AgoraÉqueSãoElas que el actor, pese a sus negativas, le tocó la vagina y, días después, no solo intentó hacerlo de nuevo, sino que la llamó “vaca” frente a un equipo de 30 personas. En un primer momento, Mayer pensó que podría usar la vieja maniobra de descalificar a la víctima y pidió “a todos que no confundieran ficción con realidad”.

Cientos de personas conmemoran el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, en la avenida Paulista de Sao Paulo. Credit Nelson Almeida/Agence France-Presse — Getty Images

Solo después de que varias actrices de Globo lanzaran una campaña contra el acoso sexual el actor admitió su falta. Dijo que en los últimos días había aprendido lo que llevaba 60 años sin aprender: “El mundo ha cambiado. Y eso es bueno. Yo necesito cambiar junto con él”. Pese a la confesión pública, otros actores siguieron minimizando su actitud. Hay quienes todavía piensan que la culpa es de la víctima.

El año pasado floreció en Brasil un nuevo movimiento feminista: campañas en internet denunciaban el acoso, blogs y publicaciones generaron nuevos debates, hubo marchas y más marchas contra la violación y en reclamo de igualdad de oportunidades. A fines de marzo, grupos feministas mostraron su poder de movilización sumándose a sindicatos y organizaciones sociales que realizaron protestas por todo el país en contra del principal proyecto del gobierno: la reforma del sistema de jubilaciones.

El nacimiento de este nuevo movimiento coincidió con el proceso de impeachment de la primera mujer presidenta de Brasil. El día de su último discurso en el Palácio do Planalto, Rousseff dijo: “El golpe es misógino, homofóbico y machista”.

Sin entrar en la discusión sobre la eficiencia de su gobierno o la legitimidad del proceso que interrumpió su mandato, es evidente que el juicio político, al que ella llama golpe, estuvo marcado por distintos ejemplos de machismo.

Rousseff empezó a perder popularidad en la apertura de la Copa de las Confederaciones, en 2013, cuando millones de brasileños tomaron las calles para protestar contra los monumentales gastos de infraestructura deportiva para el mundial, en contraste con los escasos y decaídos servicios públicos. En el estadio de Brasilia, los hinchas abuchearon a la presidenta y le gritaron “vaca” e “hija de puta”.

Los meses siguientes era común ver a un montaje de la cara de Rousseff sobre la foto de una mujer abiertas de piernas en el depósito de gasolina de los carros. Menos gráficos, pero igualmente cuestionables, eran los discursos dentro del parlamento: hubo muchas críticas sobre como condujo la economía y su falta de apoyo político, pero también escuchamos infinitas quejas sobre su rigidez y rispidez, una acusación difícil de imaginar si el presidente fuera hombre. Durante el impeachment, la ONU Mujeres repudió el carácter misógino de algunas críticas a la presidenta: “Ninguna discordancia política o protesta puede abrir espacio o justificar la banalización de la violencia de género”.

Cuando Michel Temer asumió la presidencia, nombró a un equipo ministerial compuesto cien por ciento por hombres blancos. Al ser criticado, dijo en una entrevista que estaba en busca de personas del “mundo femenino”, como si las mujeres fuéramos de otro mundo. Por fin nombró al frente de la secretaría de las mujeres a una evangélica, compañera de partido, que está en contra del aborto hasta en casos de violación.

Pocos días después del discurso de Temer en el Día Internacional de la Mujer, Ricardo Barros, ministro de Salud, dijo que el problema de la obesidad infantil se debe a que “los niños no tienen la oportunidad de aprender a pelar alimentos con sus madres”. Ese mismo ministro ya había explicado que los hombres no buscaban atención de salud preventiva como las mujeres porque “trabajan más”.

Hay quienes defienden que Temer y su equipo digan lo que dicen porque son de otra generación. El actor José Mayer, en su nota de disculpas, argumentó: “Tristemente, yo soy el resultado de una generación que aprendió erróneamente que las actitudes machistas, invasivas y abusivas pueden ser disfrazados como chistes o bromas. No se pueden. No lo son”. En eso tiene razón.

Barros también terminó disculpándose. Pero el presidente, en cambio, no parece tener intención de hacerlo. No ha entendido, quizás, que el mundo —y no solo “el mundo femenino”— ha evolucionado. O peor todavía: no entiende que las palabras y actitudes de personas en posición de poder tienen demasiado peso porque sirven de ejemplo a quien las sigue.

En el caso de Mayer, la repercusión del caso obligó a Globo a suspenderlo. Eso porque la televisión depende del público y quedó claro que el discurso feminista empezó a superar barreras de clase y orientación política. Temer, en cambio, no pasó por las urnas para llegar a presidente. Con 9 por ciento de aprobación, ya no le importa ser popular. Con los demás políticos, nos tocará a las brasileñas no callarnos más para que puedan ser despedidos en la próxima elección.

Carol Pires es reportera política y colaboradora regular de The New York Times en Español. Vive en Río de Janeiro.

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