El malestar de nuestro bienestar

Hay un fenómeno en apariencia enigmático por paradójico que de un tiempo a esta parte cruza nuestra sociedad. Un creciente malestar que se da en el plano de la vida personal, social y política, con evidentes síntomas de disgregación. Justamente cuando el desarrollo tecnológico, la misma unificación de Europa, la extensión de la cultura y la perfección civilizatoria encarnada, en principio, en el actual Estado del Bienestar alcanzan cotas impensables pocos años antes. Aquí radica pues la grave paradoja que desafía nuestra inteligencia: un mayor progreso como el nuestro no indica una mayor satisfacción y felicidad de aquellas personas y sociedades que lo protagonizan.

Antes bien, parece suceder lo contrario: se genera según observamos un mayor descontento que se convierte en frustración e insatisfacción de las vidas personales y, en la actividad política, produce el arraigo de enfoques disgregadores y elecciones populistas-autoritarias, crispados contra el sistema. Sobre lo primero meditemos sobre tres datos bien simbólicos: los bajísimos índices de nuestra natalidad por un lado, el aumento de tendencias autodestructivas en forma de suicidio y adicciones, especialmente entre personas afamadas, jóvenes y mayores, de nuestro way of life que parecían tener “la vida resuelta”, y finalmente el incremento de formas de violencia cada vez menos soterradas.

Parece, pues, como si las tendencias de muerte afloraran crudamente en una sociedad del bienestar que protege al ciudadano de la cuna a la sepultura, vela por las minorías y desfavorecidos y recoge e integra al extranjero. Y como si todos los avances técnicos recientes que nos hacen ser semejante a un Dios hubieran apenas resuelto nuestro estado de infelicidad.

Todo ello, el aumento del malestar personal y colectivo, se ha querido explicar acudiendo bien a la crisis económica iniciada en 2008, bien al fenómeno de la globalización concomitante o al impacto creciente de la nueva Revolución Industrial. Lo cual parecería más o menos razonable si ello no impidiera cuestionarnos desde otra perspectiva las raíces últimas de este nuestro malestar, quizá más profundas que las causas comúnmente aducidas.

En 1930 un conocedor como Freud desde su atalaya vienesa de los entresijos de nuestra constitución psíquica personal y social publica un ensayo capital al respecto que lleva por título El malestar en la cultura. En él, el médico judío desarrolla su intuición fundamental: la cultura o civilización, en tanto que reposa sobre la renuncia obligada a las satisfacciones instintuales de los individuos, genera una frustración en estos que se traduce en una “hostilidad hacia la cultura” y fuente de malestar larvado permanente. Esta frustración cultural o civilizatoria es la que rige el dominio de las relaciones sociales entre los seres humanos, en las que las pulsiones de discordia pasan su correspondiente factura. Basta observar la cantidad de descarga de “energía de odio y hostilidad” que desprenden nuestras recientes redes sociales digitales -tan libidinales ellas- para dar razón en parte a la observación freudiana.

Ahora bien, desde hace unos 15 años nuestra sociedad ha asistido a un salto civilizatorio bien significativo. Por un lado la political correctness proveniente de Estados Unidos ha supuesto una nueva exigencia cultural con su correspondiente carga coercitiva sobre el lenguaje coloquial, el amor por la ecología, la consideración de las minorías y el discurso de las identidades de género. Por otro, la ampliación sin fin del Estado del Bienestar supone una indisimulada y creciente violencia fiscal sobre el ciudadano medio ante la que no cabe protesta alguna. Todo lo cual supone una nueva y fuerte agresión al yo con sus necesidades correspondientes, varias de las cuales, no lo olvidemos, derivan del principio del placer.

Tomemos un ejemplo bien reciente de todo ello, a raíz de la crisis migratoria. Al ciudadano se le ha ofrecido con un fuerte despliegue de recursos públicos y una cuidada puesta en escena política, la recepción del Aquarius en el puerto de Valencia. Los mensajes oficiales y de los medios de comunicación que la envolvieron descansaban en última instancia -y no tan última- sobre el imperativo evangélico, de “amarás al prójimo como a ti mismo”, bien que secularizado. No hay sólo que aceptar la inmigración, sino amarla. Si el ciudadano no acata dicha máxima queda sancionado políticamente, igual que si no utiliza un lenguaje inclusivo o discrepa de la expansión insaciable del Estado del Bienestar.

Sin embargo, Freud en El malestar analiza precisamente la contradicción que el despliegue de tal precepto evangélico supone para una naturaleza humana (sobre la que no se hace demasiadas ilusiones), que lleva en sí una buena carga de agresividad y pulsiones disgregadoras en su lucha contra otros yoes. Condición humana esta en la que, no lo olvidemos, junto al Eros convive y convivirá el Tánatos.

Las consecuencias indeseadas de este nuevo binomio “presión cultural-restricción instintiva” encarnado por la corrección que anima la política actual me parecen evidentes. Cuanto más exijamos del individuo, más frustración generaremos. Y es sabido desde Freud que la energía que queda embotada por la represión instintiva, junto a la generación de malestar, saldrá de forma inconsciente en tendencias agresivas o comportamientos compensatorios destructivos. De las que en las sociedades europeas y norteamericanas tenemos ya buena muestra de ellos, con su expansivo malestar personal y terremotos de los mapas políticos, difícilmente explicables de otra manera. Todo lo cual nos ofrece algunas enseñanzas político-sociales fundamentales: una, crucial, es que la exacerbación de las exigencias de la cultura democrática confundida con el Estado del Bienestar induce de manera inconsciente al fortalecimiento y rearme de ideologías autoritarias opuestas. Algo que desde el trágico fracaso de los exigentes ideales de la República de Weimar deberíamos todos tener en cuenta. Y algo que hay que reprochar gravemente a los postulados de la socialdemocracia actual en sus excesos constantes de peticiones a la humana condición. Me temo que en nombre del Estado del Bienestar, cada día más exigente, se está fomentando la hostilidad resentida del yo a los fundamentos de la democracia misma.

Otra enseñanza, no menor, es que los individuos así tratados buscarán núcleos culturales más restringidos, donde puedan satisfacer sus tendencias agresivas mediante la hostilidad a quienes quedan fuera de él. Lo que Freud llamará el narcisismo de las pequeñas diferencias tan letal y que creo que ilumina mucho el fenómeno de nuestra crisis catalana y también del brexit, tan mal explicados como poco previstos. Además de los circuitos cerrados que se generan en las redes sociales donde las descargas de odio sobre el otro refuerzan la cohesión del grupo, procurando con ese odio cuotas de placer perdido por la presión cultural existente.

Y es que tal vez la política correcta que se reclama sea conocer muy bien la naturaleza humana para saber qué se le puede pedir y qué no. O al menos el peligroso coste de sobrepasar este límite prudente. Lo cual puede alcanzarse acudiendo de nuevo a los clásicos y gigantes del pensamiento. Uno de los cuales, Pascal, anotó: «El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia quiere que quien haga el ángel haga la bestia». Y ya sabemos el peligro de un ángel caído y de su malestar.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares.

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