El malquerido Vera

Por José Luis Martínez Ibáñez, periodista (EL PERIODICO, 28/02/05):

Los restos del naufragio de la guerra sucia del GAL amenazan con contaminar de nuevo la vida pública española, y, si se descontrolan, causarán notables desastres. Riesgo hay, a la vista de las posturas enconadas que se están produciendo en el seno de la familia socialista sobre el polémico indulto al exsecretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera. Aunque sean “las cosas de Ibarra”, que el presidente extremeño le dijera al Gobierno y, por ende, al presidente Zapatero, que se metiera el indulto por cierta parte preludia el chapapote que nos puede pringar si el asunto toma un cariz feo. Y puede tomarlo. No sólo por sus complicaciones políticas, sino por las personales. Vera ha ingresado en prisión con sordina, en plena recta final de la campaña del referendo europeo, haciéndole un favor al Ejecutivo con su discreción. Aunque, afortunadamente, abandona la idea de realizar una huelga de hambre en apoyo de su causa, su inestabilidad emocional queda patente en la carta hecha pública ante la cárcel. La presión que soporta el exalto cargo es mala si se lleva a un extremo. Y si el acusado de malversar fondos reservados importa muy poco –o nada– a la nueva generación que controla el PSOE, cuenta en cambio con apoyos cualificados: los de unos dirigentes socialistas históricos que compartieron con él un pasado turbio, y que reclaman su perdón, como el mismo Ibarra o el mismísimo Felipe González.

¿Qué hará el Gobierno con el indulto de Vera? Dormir y callar, lo más prudente, anuncian sus miembros. Dejando entrever ante su desesperación que sólo están dispuestos a suavizar el régimen carcelario. Sin embargo, conviene tomar esta postura como simple punto de partida. El camino que emprenda Vera –por chantaje, protesta o convicción–, influirá tanto o más que esas epidérmicas razones del ministro López Aguilar de que su tipo de delito “no tiene la simpatía del Gobierno”. ¿Hay que entender que el secuestro de Marey, caso en el que Vera fue indultado por el PP, cuenta con el agrado del Gabinete? Se diría que sí. Porque parece asumirse que secuestrar a un ciudadano en pleno terrorismo de Estado es menos grave que robar de las arcas públicas.

Pues no lo es. Y uno se sonroja más que los arándanos al oír cómo Zaplana explica que el Gobierno de su partido indultó a Vera en aquel asunto de guerra sucia porque “cualquiera puede equivocarse al defender al Estado”, pero que el perdón actual no ha lugar porque el exsocialista se ha lucrado. Esa exigencia ética no casa con la historia de la derecha española. Si hubieran encarcelado a todos los que en este país se han enriquecido de manera ilícita o inmoral en dos o tres generaciones, el sistema penitenciario seguiría aún colapsado. Sospecho, por el contrario, que al Partido Popular le convino indultar a Vera en pleno descrédito moral del PSOE para robustecer su imagen de fuerza regeneradora de la vida española, y que ahora aviva el rescoldo donde se cuece Vera porque supone una considerable patata caliente para Zapatero.

¿Es Vera un ladrón? Sentencias en mano, sin duda. ¿Es un ladrón como Roldán, tiene su catadura? No lo parece; no veo a Felipe González pidiendo gracia para un zafio calavera. ¿Clama al cielo que se indulte a Vera o debería caer sobre nuestras cabezas porque un desgraciado que llegó a dirigir la Guardia Civil campe con un fortunón que no piensa devolver? Bien harían Zaplana y el titular de Justicia en procurar que la ética que preconizan impida a semejante desaprensivo columpiarse en las barbas de la sociedad.

No. Vera no es Roldán ni usa su marca de calzoncillos. Judicialmente, ha robado, pese a que su perfil quijotesco no retrata a un malhechor. Se quemó en la vorágine de su cargo, pero se dedicó a su trabajo. Como servidor del Estado, tensó su existencia y la de su familia. Cuando, según el tribunal, malversó fondos, probablemente no fue tanto para sí como para compensar a los suyos. Y a diferencia del caradura ya citado, el Estado se ha resarcido con sus fincas familiares. Vera vivió unos momentos de la historia reciente de España en los que la impotencia ponía en cuestión el Estado de derecho día tras día. La escasa cultura democrática de entonces, más una transición que hizo de las responsabilidades (muy graves muchas de ellas) un injusto sayo, configuraron principios cambiantes y oxidaron los controles de la actuación gubernamental. Los fondos reservados se creían también partidas para uso personal de quienes dejaban en el puesto bastante más que horas. Y demasiados se refrescaron en esa fuente, comprando terrenos como se dice que hizo Vera, o mejorando el blindaje del coche y, de paso, el coche. ¿Es injusto que sólo uno de tantos vaya a prisión?

Cuando, en 1998, se sopesó el indulto de Aznar a Vera, dirigentes como Borrell, Rubalcaba y Belloch, que entonces llevaban las riendas, exigieron a gritos que el perdón fuera total. Y al ser parcial, lamentaron que el PP sólo hubiera hecho “el mínimo esfuerzo”. El clamor en aquel PSOE fue tan intenso como el silencio en el de ahora. La Moncloa usó la expresión “altura de miras” para razonar la benevolencia, y el Supremo, el de “pasar página” para proponerla. Por si se olvida, Vera purgaba pena por el secuestro de Marey y, también, por malversar fondos para acometerlo. He aquí una composición bella y plural del calidoscopio de la ética.

O sea, estamos donde estábamos, y el envoltorio de aquella excarcelación, ñoñerías aparte, persiste. Ello, pese a creer, como creo, que Vera no merece indultos. Se tomó la justicia por la mano y ahí no valen componendas. Pero si el mal ya está hecho, se hizo con el primer perdón. Y a las esferas del poder les va a resultar difícil hallar argumentos de peso para negar el segundo. Siempre, claro, que no resulten farisaicos.