El ‘match point’ de Rafael Barrett

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 22/12/07):

Mi adicción a sus Sabatinas intempestivas hace que lea todos los textos de Gregorio Morán que caen en mis manos. Hay libros que los compras por su tema o por lo que se comenta de ellos, mientras que otros los adquieres por su autor. Este es el caso –por lo que a mí se refiere– de Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, un texto que jamás me hubiese llevado a casa de no ser por quién lo ha escrito. Bien es cierto que lo tuve un par de semanas en el dique seco, a punto de pasar al limbo de los libros que –a estas alturas de la película– ya no tendré tiempo de leer jamás. Pero su momento llegó durante el pasado puente. Lo inicié desganado y, de un envite, me tragué cien páginas. El resto vino por sus pasos.
Rafael Barrett Álvarez de Toledo nació en Torrelavega, hijo de George Barrett Clarke, inglés, y María del Carmen Álvarez de Toledo y Toraño, perteneciente a una rama espuria de la Casa de Alba. De él escribió Ramiro de Maeztu: “(…) hacia 1900 cayó por Madrid un joven de porte y belleza inolvidables. Era un muchacho más bien demasiado alto, con ojos claros, grandes y rasgados; cara oval, rosada y suave, como una mujer, salvo el bigote; amplio de frente, pelo castaño claro, con un mechón caído a un lado. (…) Debió de haberse traído de la provincia algunos miles de duros, porque vivió una temporada la vida del joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer. Se le veía en el Real y en la Filarmónica, pero no en el Fornos ni en el Japonés. Vestía con refinamiento y las mujeres le admiraban a distancia (…)”. Barrett, que compatibilizó la nacionalidad española con la británica, dominaba el inglés y el francés como lenguas propias, practicaba esgrima, era melómano y viajero, estudió ingeniería –carrera, sin embargo, que no llegó a culminar–, publicó un par de artículos científicos y fue duelista convicto y confeso.

ASÍ era Barret la tarde del 24 de abril de 1902, en que se jugó el match point de su vida: “(…) 26 años cumplidos –escribe Morán–, fama de hombre retador, culto, oscuro de intenciones, poco hablador –detalle importante en aquellas tertulias de bocazas manifiestos–, atractivo y seductor a buen seguro, consciente de sus privilegios de clase –es un Alba espurio, pero es un Alba y además con veta inglesa, la ambición inveterada de los Alba”. Pues bien, este es el hombre que solicita ingresar en el club más selecto de Madrid: el Círculo de la Gran Peña del Casino. Es rechazado. Motivo: un conocido abogado –José María Azopardo– le tilda de homosexual. A partir de ahí, los hechos se precipitan. Barrett reta a duelo a Azopardo. Este rechaza batirse alegando que el denunciante carece de honor. Se somete el caso a la decisión de un Tribunal de Honor que preside Joaquín Fernández de Córdoba y Osma, octavo duque de Arión y cinco veces Grande de España. El Tribunal falla en contra de Barrett. Entonces este acude, en la tarde del 24 de abril, al Circo Parish, pregunta al acomodador por el palco del duque de Arión. Se dirige a él, encuentra al duque acompañado de varias damas y, sin mediar palabra, le cruza la cara con una fusta. Es detenido en el acto, a instancias del gobernador civil, que estaba en el palco contiguo. El Imparcial del día siguiente decía: “La sangre que manaba de las heridas del señor Duque de Arión salpicó las manos del gobernador”.
Barrett está preso hasta el 7 de mayo. Luego, desaparece. Pasa por París y el 3 de noviembre llega a Buenos Aires. Allí se estrena como escritor e inicia un proceso de conversión personal, cuya primera etapa es el repudio de “ese modo de ser de los nuevos ricos que tanto espeluzna a los viejos ricos como él, venidos muy a menos”. En este proceso, pronto escribe: “Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista”; así como que “…la desnudez del proletariado, el cinismo de los poseedores y la ineptitud incomparable de los gobiernos burgueses acarrearon la acción directa, desde la huelga a la dinamita”.

UN AÑO después marchó a Paraguay, donde pronto se hizo un hueco. Allí casó con Francisca López Maíz –Panchita–, que era de lo mejor tanto por parte de padre como por parte de madre, como Plutarco dice de Pericles. En los tres siguientes años, Barrett “se hace a sí mismo” –según Morán– “al tomar posiciones que las clases dominantes (paraguayas), las mismas que le acogieron con benevolencia considerarán una provocación”. De cristiano –en su sentido genuino– pasa “al socialismo como ruptura con lo establecido, al compromiso con los parias, los explotados, los trabajadores”.
Y en esta lucha consume su vida, dejando el rastro de unos artículos cada vez más certeros y duros, al tiempo que se radicaliza en sus compromisos. Detenido, es desterrado de Paraguay y llega a Montevideo, que será la única patria de su espíritu, aunque escribe: “Pase lo que pase, no abandonaré nunca del todo al pobre Paraguay, a quien amaré siempre, porque allí me he hecho mejor”. Siguió hasta el final en su combate, sirviéndose de su gran talento como escritor. Todo se acabó muy pronto: murió cuando le faltaba un mes para cumplir 35 años. Dejó un hijo –Álex–, que siguió sus pasos, y un libro –Moralidades actuales–, que perfila su recuerdo como escritor malogrado.
Con todo, pese al interés y a la coherencia del relato, retornaba insistente a mi cabeza –mientras leía– una pregunta: ¿Cómo habría sido la vida de Rafael Barrett, si hubiese sido admitido en el Círculo de la Gran Peña?