El matón y sus sicarios

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 20/11/06):

La lectura de Rusia dolorosa. Diario de una mujer en cólera y Chechenia, el deshonor ruso, publicados hace tres años en Francia sin que atrajeran entonces la atención de la opinión pública, es doblemente sobrecogedora: por la brutalidad que describen y por la valentía con la que Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada el 7 de octubre, la afronta. Pocas veces una muestra de buen periodismo, atento al detalle significativo y vertebrado por un rigor ético que no retrocede ante ningún peligro, me ha conmovido tanto. Mi conocimiento directo del tema influye sin duda en ello. Grozni, Shali, Shatói, Vadenó, dejan una huella indeleble en quienes han tenido el triste privilegio de poner los pies en ellos. Digo privilegio en la medida en que permiten captar con nitidez las posibilidades de crueldad y de cinismo de la especie más bien inhumana a la que pertenecemos.

Desde la segunda intervención militar que enhestó a Putin a las cimas de la popularidad, Chechenia es zona vedada al periodista extranjero y a las ONGs internacionales. Las autoridades ofrecen tan sólo visitas guiadas en las que se muestra a la prensa el orden reinante en la capital devastada y en las principales carreteras, con retenes de soldados y milicianos que controlan el tráfico y exigen la documentación (y dinero) a los resignados automovilistas. Si en la guerra de Yelstin (diciembre de 1994, septiembre 1996) era posible circular, gracias a la corrupción generalizada, sin escoltas ni guías oficiales, la de Putin se lleva a cabo con la absoluta impunidad que procura el silencio. Todos los sistemas dictatoriales (y la nueva Rusia zarista lo es) asumen el axioma de que si la información es un poder, la ausencia de información significa un poder infinitamente mayor.

Las excepciones a esta conminatoria ley del silencio son raras en razón del peligro que entrañan. Fuera de Anna Politkóvska-ya, sólo conozco una, otra mujer también (¡y luego se habla de “sexo débil”!) Manon Loizeau, la periodista francesa cuyo extraordinario filme, Grozni, crónica de una extinción, rodado clandestinamente con la ayuda de un puñado de mujeres chechenas, muestra en un sobrio y bien calculado crescendo el horror de la existencia diaria de aquéllas en las ruinas de su ciudad. Pero los escritos de Anna Politkóvskaya van a la raíz del mal. La periodista de Nóvaya Gazeta revela los asesinatos, secuestros, violaciones, pillajes, torturas, llevados a cabo sin control alguno y apunta directamente a sus responsables. Las amenazas y obstáculos no la intimidan. La posibilidad de una ejecución por sicarios, como la que finalmente se llevó a cabo, tampoco. Su entrevista a Ramzán Kadírov, incluida en Rusia dolorosa, es uno de los ejemplos más luminosos de esta profesión arriesgada que, episódicamente, he tenido el honor de ejercer: el retrato inolvidable del matón bajo cuya férula vive la población sojuzgada.

En junio de 1996, saludé brevemente a Ajmad Kadírov, entonces imán de Grozni. Vivía en una calle fangosa y gris de la capital asolada y le solicité una entrevista a través de mi intérprete ucranio. El imán, que mantenía una precavida reserva durante la guerra de Yeltsin, rehusó cortésmente mi petición. Su neutralidad, tras la elección presidencial de Masjádov y la nueva intervención militar rusa, se transmutó en un sostén ardoroso a los ocupantes. Fruto de ello fue su elección por Putin a la presidencia de la República Autónoma de Chechenia, cargo que ocupó hasta su muerte en un espectacular atentado de los independentistas durante un desfile militar.

La entrevista de Anna Polit-kóvskaya con su hijo Ramzán, hoy dueño y señor de vidas y haciendas en la pequeña república norcaucásica, no tiene desperdicio. Huyendo de las contingencias de Grozni, objetivo de frecuentes emboscadas de la guerrilla, el joven vicepresidente de 29 años ha convertido su pueblo natal en un perímetro fortificado al que sólo se puede acceder tras innumerables controles. Su palacio, descrito con un humor corrosivo, comprende saunas, hidromasaje, piscina, dormitorios pintados de rosa y azul pálido con lechos inmensos, muebles ramplones, de nuevo rico, con las etiquetas de su elevado precio conservadas cuidadosamente para envidia y admiración de quienes gozan de la fortuna de contemplarlos. Tras una larga e intensa espera, el jefe, rodeado de escoltas armados que a lo largo de la entrevista le ríen las gracias y le rascan servilmente la espalda, se tumba en un sillón, se quita los zapatos y extiende sus piernas sobre una mesa hasta rozar con los pies, que imaginamos odoríficos, la nariz de Anna Politkóvskaya…

Las preguntas de ésta nos valen respuestas igualmente antológicas. Ramzán amenaza a la periodista (“eres enemiga del pueblo checheno (…) un día deberás responder de cuanto has hecho”) y se autodefine como un guerrero profesional, afirma haber seguido nebulosos estudios jurídicos y manifiesta su amor por las abejas, los perros de presa y las mujeres. “¿Su esposa no tiene nada en contra?”. “No está al corriente de ello”, responde con aplomo el aprovechado discípulo de Putin.

Pero el momento más impresionante del reportaje es aquel en el que, de noche ya cerrada, Ramzán ordena a sus guardaespaldas que acompañen a Anna Politkóvskaya a Grozni. Ella piensa que en el trayecto, sin luz ni testigo alguno, va a ser ejecutada por sus escoltas y no puede evitar las lágrimas. Pues nadie en sus cabales circula por Chechenia en cuanto se oculta el sol. Recuerdo la obsesión de mi intérprete, hace 10 años, por dejarme bajo techo antes de que aquél tramontara: la casa de un ex banquero, compadre de un amigo de Pilar Bonet, la corresponsal de este periódico en Moscú; la de Osmán Imaiév, ex fiscal general en tiempos de Dudáiev, “desaparecido” 15 días después de haberme acogido en la suya; la pensión miserable, sin agua ni luz eléctrica en la que compartí un cuartucho con un joven australiano inexplicablemente caído en aquellos parajes de muerte y desolación…

La angustia de Anna Politkóvskaya estaba más que justificada. Chechenia es el ámbito de la barbarie y nadie puede sentirse seguro en él a menos de integrarse en los escuadrones de la muerte que ejecutan a inocentes y los presentan a la prensa como guerrilleros islamistas muertos en combate. La guerra contra el terror proclamada por Bush ha facilitado a Putin una magnífica excusa para justificar su autocracia, la persecución de disidentes y el recurso a los sentimientos xenófobos de una población caída en la pobreza y habituada a Gobiernos autoritarios. Como señalaba Antonio Pérez Ramos (En la muerte de una justa, EL PAÍS, 30-10-2006), los asesinatos en serie de periodistas y quienes por una razón u otra molestan al poder no son tales en el lenguaje oficial, sino “muertes trágicas” (así califican también los gobernantes israelíes sus matanzas de palestinos cuando el número de víctimas sobrepasa el nivel “razonable”). El sicario que acabó con la vida de Anna Politkóvskaya no será probablemente detenido ni juzgado. Muchos le felicitarán, al contrario, como Ramzán Kadírov y sus secuaces, liberados al fin de una testigo cuya temeridad y grandeza de ánimo constituían un obstáculo para su despotismo e impunidad.