El mayor truco de Alemania

Hay un curioso y significativo ripio de un popular cantautor alemán dedicado a su patria, en el que se hace la pregunta del millón: «¿Por qué los alemanes nos sacamos el carnet de conducir antes siquiera de enamorarnos?». Quizá no sea improcedente pues indagar en el estado anímico actual del pueblo alemán a partir de la quiebra de esta premisa, la de alguien que descubre trágicamente que su primer gran amor, el amor hacia una máquina de cuatro ruedas habilitada con un motor de la violencia y la voz de un volcán, es un amor no correspondido, simulado, plagado de besos y carantoñas que ahora saben a navajazos en los labios. La pesadilla se ha vuelto obscenamente tan real que puede envenenar los dulces sueños de grandeza de una orgullosa nación.

El mayor truco de AlemaniaEl coche es para el alemán lo que las armas son para los americanos: símbolo de libertad, autonomía y autosuficiencia. Y todos los autos que se le ocurran de prefijo al lector, pues no en vano se inventó también en Alemania la filosofía moderna, el idealismo, un sistema basado precisamente en la autorreflexión y la identidad. Mejor dicho: el coche es el arma del alemán, sin la cual él no es nada, un peatón más dejado de la mano de Dios. Pero Dios ha muerto, dijo otro alemán, profesor de Filología en Basilea, sin saber que no era el Superhombre quien venía a sustituirlo, sino el automóvil, un cacharro de tres ruedas con un automotor de combustión interna que el ingeniero Karl Benz había diseñado por esa misma época en la bucólica ciudad de Mannheim. Benz, BMW, Porsche y Volkswagen han sido los nuevos dioses a los que los alemanes encomendaron su felicidad. Y como ocurre con las religiones o los equipos de fútbol, uno no puede tener un Porsche y un Mercedes en el garaje de su casa, al igual que uno no puede ser judío y musulmán a la vez, o del Barça y del Real Madrid.

Pero entonces, si los coches son en Alemania una religión, ¿qué representa para ellos el llamado ‘Dieselgate’ de Volkswagen, acaso otra muerte de Dios? No del todo, pues todavía no hay nada que pueda reemplazarlo. Lo que sí ha quedado afectado, herido, ha sido el relato en torno a ese Dios, el relato de la fiabilidad alemana, el cuento de la perfección y la honestidad, de la ética del trabajo bien hecho, es decir, el mito fundacional de Alemania tal y como la desconocemos hoy en día. En estas últimas semanas, los alemanes se han mirado en el espejo y el susto ha sido mortal. No porque hayan visto reflejado su rostro demacrado y cadavérico, como le ocurría a Eduardo Noriega en ‘Abre los ojos’ tras otro pecado de vanidad. El sobresalto ha sido mucho mayor: en el espejo han descubierto, horrorizados, a un griego o a un español que sonríe cínicamente con el palillo en la boca y les espeta: «¿Qué hay de lo mío?». Justamente esa chusma mediterránea a la que hace dos días acusaban de los mismos delitos perpetrados de manera metodológica por la multinacional que dirigía Martin Winterkorn. He aquí la destrucción del mito alemán: la abolición de la diferencia, de la superioridad moral, darse cuenta de que todos somos iguales, de que por Valencia o Tesalónica fluye la misma sangre criminal que en Wolfsburgo o Múnich.

La prensa alemana ha reaccionado con cautela ante dicho derrumbamiento mitológico. Hay demasiados puestos de trabajo en juego y no sería demasiado acertado menospreciar el poder que el ‘lobby’ automovilístico tiene en Alemania, parecido al que tiene la Iglesia Católica en España. Además, con la dimisión de Winterkorn ya disponen los alemanes del chivo expiatorio que en estos casos se requiere para calmar las aguas turbulentas. De ahí que en casi todo el panorama periodístico se haya girado la tortilla y en vez de reproches a Winterkorn por haber hundido la reputación de la empresa aparezcan únicamente loas y alabanzas a su más que necesaria dimisión. El único periódico que ha estado a la altura del escándalo ha sido la ‘Süddeutsche Zeitung’ y su redactor jefe, Heribert Prantl, que en un artículo memorable recordaba al pueblo alemán que «sólo quien trasmite valores en su empresa construye a la vez autos valiosos». Y remataba, categórico: «El daño no es principalmente de imagen, es sustancial. Una dimisión no basta».

Otra cosa ha sido la reacción del alemán de a pie, sin coche, nunca mejor dicho. Estos días he hablado con el carnicero, el panadero y el campesino que me suministra las patatas. Todos se han reído de mí. «¿Escándalo? La culpa es vuestra, de los morenitos, que os habéis creído que éramos inmaculados». Otra vez tenemos la culpa, esta vez, de haberles comprado la moto, de habernos creído su particular cuento. Pero que no se diga que los alemanes no se lo han tomado también con humor: alguien ha subtitulado en alemán la célebre entrevista de Quintero con el ‘Risitas’, que en esta ocasión se transforma en un ingeniero de Volkswagen descojonado ante la ingenuidad del pasmado periodista: «¿Que Winterkorn no sabía nada? ¡Pero si conocía personalmente a cada tuerca de la fábrica!». Parece mentira, pero ellos, el pueblo más altivo de Europa, que desde las alturas nórdicas clava su mirada hacia el sur con unos ojos que empequeñecen todo lo que otean, son incapaces por sí mismos de lo más elemental: hasta para reírse de sí mismos nos necesitan los alemanes. El video está colgado en YouTube y ya va por los 35.000 clics.

Mientras tanto, la tormenta no cesa y los rayos avanzan con paso quedo, pero firme. Una vez despedazado el corazón de la industria alemana, le toca el turno al fútbol y a lo que los alemanes llaman «El cuento de hadas del verano del 2006», en el que todo salió casi perfecto (Alemania quedó tercera en su propio mundial) y que ahora, según últimas informaciones del semanario ‘Der Spiegel’, podría llegar a convertirse en un cuento de terror. Aunque no es el fútbol lo que está en juego, ni tampoco los altos funcionarios de la federación alemana (incluido el intocable Kaiser Beckenbauer), que presuntamente lograron la adjudicación del Mundial comprando por unos 6,7 millones de euros los votos de la federación asiática. Lo que está en juego es que esas maravillosas semanas en las que en Alemania reinaron el buen tiempo, la desinteresada hospitalidad y la alegría colectiva hayan sido posibles gracias al engaño y el soborno.

Y bien, ¿qué nos depara el futuro? Merkel se ha acogido al adagio hölderliniano que tanto gustaba a Heidegger y no se cansa de predicar que «donde hay peligro crece también la salvación». ¿Tienen pues, salvación los alemanes? ¿Ha finalizado tal vez una era? Aunque bien puede ser que la Alemania que todos creíamos conocer no existiera nunca y sea sólo una vieja leyenda, un eco marchito de la lejana Prusia. Puede que todo no haya sido sino una farsa, una gran mentida sobre la cual se ha construido la mayor potencia económica europea del siglo XXI. Parafraseando a Baudelaire y al mismísimo Kayser Söze podríamos afirmar que, como le ocurría al diablo, el mayor truco de Alemania fue convencer al mundo de que esa otra Alemania, la criminal y delictiva, la hipócrita y más humana, no existía.

Ramón Aguiló Obrador es profesor de Filología alemana en Bremen (Alemania).

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