El mecenas de Cervantes

La conmemoración del cuarto centenario de la segunda parte del Quijote constituye ocasión propicia para satisfacer la deuda que España (y Galicia principalmente) mantiene con quien hizo posible su publicación y atendió, con prodigalidad inigualada, las penurias de su autor. Estamos hablando, ya se habrá percatado el lector, de Pedro Fernández de Castro y Andrade, VII conde de Lemos, título en el que se compendia todo el esplendor de la nobleza gallega, que alcanza con el linaje de los Castro su mayor preeminencia.

Pero si la figura del VII conde de Lemos rebasa el ámbito gallego no es en razón de su estirpe ni con motivo de las altísimas responsabilidades políticas que le fueron confiadas (presidente del Consejo de Indias, virrey de Nápoles, presidente del Consejo Supremo de Italia) y en cuyo desempeño «honró el cargo y se honró a sí mismo», dijo Felipe III. Fernández de Castro queda vinculado a la historia de la Literatura universal desde que en 1615 el impresor Juan de la Cuesta (o más bien quien entonces se ocupaba de su tipografía) saca a la luz la Segunda parte / del ingenioso/cavallero Don/Quixote de la Mancha y con ella nombre y títulos de la persona a quien va dedicada. Los avales para tan alto merecimiento quedan resumidos en palabras que son tanto constancia de gratitud cuanto certificación de desdicha: «Viva el gran Conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad, bien conocidas, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tienen en pie». Van fechados dedicatoria y prólogo de este segundo tomo del Quijote el «último de octubre» de 1615. Pero no era de entonces sino de bastante antes el reconocimiento de Cervantes hacia el de Lemos. Más de dos años atrás, le había remitido a Nápoles la dedicatoria de las

Novelas ejemplares, «contentísimo, por parecerme que voy mostrando en algo el deseo que tengo de servir a Vuestra Excelencia, como a mi verdadero señor y bienhechor mío». Cuando en vísperas de su muerte, ya sacramentado, firme la famosa carta que da entrada al Persiles dejará en ella definitivamente sancionada la certificación de su gratitud: «Sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aún más allá de la muerte». Don Vicente de los Ríos, pionero en el estudio de muchas facetas cervantinas, decía de esta carta que era pauta de conducta para quienes alardean de munificentes y para quienes están obligados a ser agradecidos.

Recordemos que el mecenzago del conde de Lemos se extendió a otras figuras mayores de nuestro Siglo de Oro. A los hermanos Argensola y a Mira de Amescua los mantuvo en Italia bajo su amparo. A Vicente Espinel lo favoreció cuanto pudo. Góngora, a quien hospedó en Monforte, disfrutó con largueza de su amparo. Y a Lope de Vega, que fue su secretario, la muerte del noble gallego ha de causarle la mayor «pesadumbre / que en mi vida he tenido». En ese sentimiento no hay que ver exclusivamente devoción apologética o adulación, sino el verdadero afecto que inspiran las conductas guiadas por la nobleza y la generosidad. Ambas virtudes son caras de una misma moneda, cuya acuñación no es privilegio genealógico: hay nobles que, contrariamente a lo que sucede con Fernández de Castro, lejos de engrandecer los títulos heredados, los empequeñecen y deslustran. Hubo, además de filantropía, afinidad de gustos e inclinaciones entre tutor y tutelados, pues es sabido que el conde fue uno de los hombres más cultos de la España de su tiempo y autor de una obra literaria, más estimable que profusa, casi toda ella oculta o extraviada. De que fue buen escritor no hay duda, si damos por bueno el elogio de la Epístola que le dirigió Lope de Vega, quien apreció en él «estilo superior, divina mano, / pluma sutil de peregrino corte». Y viniendo a días más próximos recuérdese que Murguía lo incluye en su Diccionario de escritores gallegos.

Pero cualquier semblanza del conde de Lemos queda aminorada si se prescinde de un aspecto que es esencial en las hechuras de su personalidad, a pesar de que con frecuencia se pase por alto, unas veces impensadamente y otras con disimulada intención. Nos referimos a su indeclinable compromiso con su tierra natal, acreditado no solo en la liberalidad de donaciones y fundaciones (por algo la ciudad de Monforte completa su topónimo con el apellido Lemos) sino al empeño mostrado en la defensa de los derechos históricos de Galicia. Su sátira El buho gallego con las demás aves de España haciendo Corte es, bajo el embozo de fábula, un palmetazo, insólito para su tiempo, contra quienes se oponían a que Galicia dispusiese de voto propio en Cortes y quedase así abolida la infamante injusticia de subordinarlo, por delegación forzosa, a Zamora. Precisamente por respeto personal y político a su mecenas, Cervantes rehusó agregarse al coro de escritores de su tiempo que denigraron literariamente a los coterráneos del conde. Así, los arrieros, que en la primera edición del Quijote son gallegos, pasan a ser yangüeses en las sucesivas.

Hasta 1623 no recuperará Galicia el derecho reivindicado. Pero Fernández de Castro no llegará a ver el fruto de sus esfuerzos, ya que morirá un año antes, en circunstancias todavía hoy abiertas a especulación de historiadores, algunos de los cuales lo creen víctima de un envenenamiento urdido por los partidarios del conde-duque de Olivares. Fue inhumado provisionalmente en el convento madrileño de las Descalzas Reales. En algún tiempo, había expresado su deseo de que tanto él como su esposa descansasen definitivamente en la catedral de Compostela, en la capilla construida a sus expensas. Modificó empero su voluntad y pidió ser enterrado en su Monforte natal, en el convento de las clarisas franciscanas, que alberga hoy un extraordinario museo de arte sacro en el que se muestran las muchas y valiosísimas piezas donadas por el conde y su esposa, doña Catalina de la Cerda y Sandoval, hija del duque de Lerma. Reposan allí para siempre ambos esposos, sin que se sepa con certeza el lugar que acoge sus cenizas.

Duele admitir la certeza de que los españoles (y los gallegos de modo muy particular) hayamos sido incapaces de retribuir al conde de Lemos con el reconocimiento debido a la grandeza de su filantropía. Sírvanos de consuelo el pensar que, tal vez, lo que parece ingratitud no sea sino retraso en el pago. Acaso se repita aquí aquello que Marañón anotó para otro prócer ilustre, y lo que aparenta olvido venga a ser, en realidad, «gestación de un reconocimiento sublimado». En este caso, sublimado durante cuatro siglos. Larga fianza, sin duda.

Juan Soto, periodista y escritor.

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