El Mediterráneo, frontera migratoria

Los recientes naufragios de Lampedusa han puesto en evidencia que las únicas herramientas que tienen la Unión Europea y sus estados ante la llegada de personas que intentan cruzar el Mediterráneo es aplicar una estricta lógica de control migratorio. Independientemente de que, como en las últimas semanas, se trate de refugiados que aprovechan la debilidad del Estado libio para huir de situaciones de violencia e inseguridad.

Los refugiados, que merecerían un trato humanitario en consonancia con los principios y valores de la Unión Europea, chocan con las leyes de restricción de la inmigración de la UE y de Italia. Pero la cuestión de fondo es que la frontera mediterránea presenta un fallo tan estructural que esas medidas hacen imposible que los dramas no se repitan periódicamente. Los naufragios en Lampedusa y en el estrecho de Gibraltar son la consecuencia de la lógica de seguridad con la que se quiere sellar una frontera entre el norte desarrollado y el sur en vías de desarrollo. Porque si bien el Mediterráneo no es la única zona de intersección del mundo entre ese norte y ese sur, sí es donde más cerca están dos realidades opuestas, sobre todo a nivel de expectativas de futuro de sus ciudadanos, uno de los principales motivos para emigrar. Por eso, la Agencia Europea para la Gestión de las Fronteras Exteriores, conocida como Frontex, no evitará nuevos dramas de inmigrantes y refugiados. Esta agencia está llevando a cabo desde su creación en el 2004 la aplicación práctica de esa lógica y actúa como un sistema europeo de vigilancia fronteriza e intercepción de flujos migratorios irregulares.

¿Por qué entonces ese enfoque de la Unión Europea que privilegia el muro fronterizo? Sin duda, uno de los motivos es el incremento del rechazo al extranjero, que en los últimos años no ha dejado de crecer en Europa. Lo constata la encuesta que el IEMed hace anualmente desde el 2009 a cerca de un millar de expertos y actores clave de las relaciones entre Europa y los países mediterráneos.

En los resultados de estos últimos cuatro años, las migraciones están siempre presentes en tres de los cinco principales escenarios de futuro con capacidad de incidir en la realidad de la región. Uno de ellos establece una relación directa entre las migraciones y el incremento de las tensiones sociales y la xenofobia, algo que los encuestados consideran incluso más determinante para el espacio euromediterráneo que el siempre abierto conflicto entre Palestina e Israel o igual de relevante que los temidos conflictos por la escasez de agua.

Otro de los escenarios da por descontado que la inmigración irregular procedente de los países del sur del Mediterráneo va a seguir creciendo independientemente de los mecanismos de control que pueda imponer la Unión Europea. Sin embargo, Europa renuncia a considerar otros enfoques y persiste en una perspectiva de control y vigilancia fronteriza que incluso gana terreno, especialmente a partir del momento en que el control fronterizo se asume como un elemento clave para la seguridad interna de la UE y se concibe como respuesta a la inestabilidad económica, social y política de los países vecinos. De hecho, la gestión de las fronteras se sitúa en el centro de las políticas migratorias que se definen desde el Consejo Europeo y también está presente en los ámbitos vinculados a migraciones de los planes de acción de la Política Europea de Vecindad (PEV) que la Comisión Europea tiene suscritos, entre otros países, con Marruecos, Argelia, Túnez y Egipto.

Esta aproximación securitaria al dossier migratorio tiene su correlación en el constante incremento de las opciones políticas que tienen en el rechazo al inmigrante uno de los principales argumentos de su ideario. El crecimiento electoral del Frente Nacional en Francia, del FPÖ en Austria o de Aurora Dorada en Grecia son los ejemplos más recientes. Pero no solamente se trata del auge de partidos netamente xenófobos en Europa, sino también de la asunción e inclusión en la agenda política de algunos de sus planteamientos por parte de partidos tradicionales. Así es como la visión restrictiva de la gestión migratoria y la expulsión de los que carecen de permiso de residencia son elementos que han acabado siendo legitimados en los sistemas de partidos clásicos europeos y, en consecuencia, en la propia estrategia común a escala de la Unión Europea.

Xavier Aragall, responsable de migraciones del área de Políticas Euromediterráneas (IEMed)

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