El mejor economista español del siglo XX

Por Manuel Lagares, catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO; y fue subsecretario del Ministerio de Economía durante la etapa en que Enrique Fuentes Quintana fue responsable de la política económica del Gobierno español (EL MUNDO, 08/06/07):

Creo que la mayoría de los economistas españoles coincidirán conmigo en que el mejor y más comprometido economista español del siglo XX ha sido el ayer desaparecido profesor Enrique Fuentes Quintana, mi maestro. Quizás también lo piensen así algunos millones de españoles que aún recuerdan como en una tarde-noche de 1977 le vieron en las pantallas de sus televisores describir, con extraordinaria precisión e inusitada dureza, los graves problemas generados por la más importante crisis de la economía española desde los difíciles años de la autarquía.

Pero también le vieron formular aquel día las esperanzadoras líneas de un programa de política económica que podría conducirnos a superar esa terrible crisis, y les llamaría la atención su insólita petición de consenso y esfuerzo dirigida a todos los españoles y, muy especialmente, a sus representantes políticos; y adquirieron en ese momento, al hilo de sus palabras, la seguridad de que los sacrificios que se les imponían serían administrados con honradez y equidad por quien así se dirigía a ellos. Por eso quizás sigan pensando, como lo pensaron entonces, que el profesor Fuentes Quintana era el mejor economista español del siglo XX.

No estaba mal fundamentada esa creencia popular y ese acuerdo de la profesión. Hace 30 años, España llevaba ya casi cuatro olvidándose de que estaba inmersa en una de las crisis económicas más duras de la Historia, la primera crisis del petróleo. Quizás a nuestros dirigentes de 1974-1975 no les quedaba ya capacidad para actuar. Al final del anterior régimen político y con las fuertes convulsiones sociales del momento, poco podían hacer para enderezar la economía. Malos tiempos para tomar las duras decisiones que se necesitaban; pero el retraso no saldría gratis, pues se ahondarían los desequilibrios y se agotaría casi totalmente nuestra capacidad de resistencia.

Envuelta en esas circunstancias, se inició la Transición política, gracias a la audacia de un joven y casi desconocido presidente de Gobierno, que había logrado hilvanar una extraordinaria reforma para devolver la soberanía al pueblo y poner en marcha una débil democracia, asida todavía a instituciones y leyes del régimen anterior, vigilada de cerca por fuerzas poderosas y batida duramente por el vendaval de la crisis económica. El riesgo que aceptó Fuentes Quintana haciéndose cargo de la Vicepresidencia para Asuntos Económicos de aquel inédito Gobierno era el propio de una misión casi imposible. Si fracasaba en encauzar la solución de la crisis económica, nuestra frágil democracia podría desaparecer casi de inmediato, como había ocurrido en la II República.

Para triunfar en esa imposible misión era necesario, en primer término, contar con un diagnóstico de los males que nos aquejaban, comprensible para todos y aceptado por todos, al ampararse en el prestigio, la autoridad moral y la alta calidad científica de quien lo formulase. Además, había que diseñar y poner en marcha políticas muy duras, congruentes con ese diagnóstico, que sólo podrían soportarse por los trabajadores que esperaban impacientes la superación de sus antiguas limitaciones si venían respaldadas por el acuerdo de todos los grupos políticos y se establecían bajo el criterio de un equitativo reparto de cargas y costes. Además, y sobre todo, se necesitaba que la independencia política y la acendrada honradez del último responsable de la política económica estuviesen fuera de toda sospecha, para no caer en la fácil descalificación de los intereses partidistas o personales.

Estas tres circunstancias concurrían de forma indudable en el profesor Fuentes Quintana. Su prestigio científico estaba fuera de toda duda desde los ya lejanos tiempos del Plan de Estabilización. Además, como era un excelente y brillante pedagogo, había atraído intelectualmente y formado en el estudio a muchas generaciones de economistas, que confiaban en él y le respetaban como maestro. Al tiempo, había difundido ampliamente la cultura económica por todo el país con las dos grandes revistas que había dirigido -Información Comercial Española y Hacienda Pública Española- y con su manual de Economía para el bachillerato, que había escrito en colaboración con el profesor Velarde. En esa tarea de difusión, Fuentes Quintana había tratado, a partir de 1973, de hacer asequible a todos un diagnóstico preciso y claro de la crisis que tan gravemente nos afectaba en aquellos momentos.

Del mismo modo, Enrique Fuentes venía formulando desde muchos años antes toda una teoría de la política económica que necesitaba España, planteamiento que se apoyaba en cuatro líneas básicas de reforma: la apertura exterior y la liberalización interior de nuestra economía para transformarla en una auténtica economía de mercado; la estabilidad de los precios y del tipo de cambio, como requisitos indispensables para un crecimiento sostenido; la reforma del sector público fundamentada, por un lado, en una adecuada cobertura de las necesidades públicas, para que la actividad privada gozase de las economías externas que generan los servicios públicos y los ciudadanos participasen del bienestar general y, por otro, en la reforma fiscal como instrumento esencial para un justo reparto de las cargas públicas, evitando las fórmulas tributarias que redujesen la eficiencia de la actividad económica; y finalmente, la reforma del sistema financiero, para que pudiese evaluarse correctamente el coste de uso del capital, el factor más escaso de nuestra economía.

Todo un programa de política económica que hoy consideraríamos mínimo e ineludible, pero que por entonces muy pocos compartían y aceptaban. Ese programa encajaba perfectamente con el diagnóstico de la crisis y establecía las grandes líneas para abordar su superación. Al tiempo, constituía la plataforma indispensable para el cambio que orientase la necesaria modernización de la economía española. Abría, en definitiva, nuestra transición económica.

Finalmente, la independencia política y la honradez personal del profesor estaban fuera de toda duda. Durante años, se había resistido a entrar en política con el régimen anterior, limitándose a ocupar cargos meramente técnicos desde los que intentaba poner en marcha su conocida estrategia reformista. Porque Enrique Fuentes fue siempre un reformista convencido. No creía en las revoluciones, quizás porque vivió en su adolescencia la tragedia de nuestra Guerra Civil y en su juventud las terribles secuelas de aquellos acontecimientos. Pensaba cada día en el cambio, pero pensaba también que ese cambio tenía que ser de tal calibre y naturaleza que necesariamente debería hacerse aprovechando todo lo aprovechable, con la colaboración de todos y no desde el enfrentamiento de partidos e ideologías.

Por eso sus ideas, expuestas a un Gobierno recién inaugurado y con la euforia del triunfo en las primeras elecciones democráticas, no encontraron mucho eco inicialmente. Tuvo que llegar hasta el extremo de poner su cargo a disposición del presidente para lograr que se comenzasen los contactos con todas las fuerzas que condujeron en octubre de 1977 a los Pactos de la Moncloa. Quienes tuvimos la fortuna de vivir con él y muy de cerca aquellos difíciles días sabemos de las grandes resistencias que tuvo que vencer en todas las formaciones políticas, muy reticentes a comprometer su futuro en una aventura que parecía no tenerlo. Sólo su fuerte personalidad, su dura llamada a la histórica responsabilidad de todos y su enorme prestigio científico lograron el milagro de sentar en torno a la mesa a todas las fuerzas políticas y lograr su consenso acerca del tratamiento que había de darse a la crisis económica.

A partir de los Pactos de la Moncloa, suscritos por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria, comenzó el cambio económico en nuestro país, cambio que nos ha llevado a situarnos nada menos que en el octavo lugar de la economía mundial. Pero, sobre todo, esos Pactos, que no habrían sido posibles sin el esfuerzo empecinado y tenaz de Enrique Fuentes Quintana, abrieron la puerta a nuestra Constitución de 1978. A las fuerzas políticas que habían pactado públicamente en 1977 sobre el cambio económico no les resultó ya difícil entender el valor del consenso y alcanzar un amplio acuerdo constitucional un año después.

La transición hacia un régimen democrático, efectuada de forma pacífica y plenamente compartida por todos, fue un gran éxito colectivo del pueblo español y de todos sus dirigentes políticos. Pero mucho tuvo que ver en ella Enrique Fuentes Quintana, sin duda el mejor y más comprometido economista español del siglo XX.