El mensaje de Aparecida

Por Josetxu Canibe, director de la revista ‘Los Ríos’ (EL CORREO DIGITAL, 11/06/07):

Parece que después de que el Papa dejó Brasil ya no hubiera noticias en Aparecida. Sin embargo, el viaje de Benedicto XVI constituyó un suceso (importante, pero suceso) dentro de un proceso. Y éste interesa más. Por eso la noticia siguió viva en la Asamblea de Aparecida, que se prolongó hasta el 31 de mayo.

En la historia de las religiones conocemos casos en los que éstas se han propagado, han llegado a determinados ambientes, por el testimonio y la acción de creyentes de a pie: comerciantes, visitantes, inmigrantes. Me pregunto si esta corriente caudalosa de inmigrantes, especialmente latinoamericanos, que desemboca en nuestras comunidades reanimará nuestro dormido cristianismo. O, por el contrario, contagiaremos nuestra indiferencia a los que vienen a instalarse en nuestros pueblos. Este trasvase ha sido positivo en Estados Unidos, ya que ha rejuvenecido a la Iglesia católica norteamericana. ¿Qué pasará entre nosotros? No lo sé. Dependerá de nosotros y de ellos. He aquí un motivo más para medir la importancia de la V Conferencia Episcopal Latinoamericana, celebrada en Aparecida (Brasil). Todo lo que sucede en el aspecto religioso en el continente de América Latina interesa a los católicos, pues, a pesar de los problemas que la envuelven, sobresale por su juventud, por sus movimientos renovadores, por su esperanza.

Del 13 al 31 de mayo se celebró en Aparecida -una pequeña población brasileña en cuyo territorio se levanta el santuario de la patrona de Brasil, que recibe ocho millones de visitantes devotos al año- la V Conferencia General Latinoamericana y del Caribe bajo el lema: ‘Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida’ (Jn 14, 6). Participaron 266 asistentes entre miembros (162 obispos), invitados, observadores, peritos. De ellos, treinta eran mujeres.

Con razón llaman a Brasil el ‘gigante latinoamericano’. En el aspecto religioso, es el país con mayor número de católicos. De los 184 millones de brasileños, 140 se declaran católicos. En Brasil coexisten una Iglesia marcada por la Teología de la Liberación y una Iglesia carismática, convertida en auténtico fenómeno de masas, impulsada por un líder indiscutible, el sacerdote Marcelo Rossi, que reúne en cada una de sus misas a más de 15.000 fieles. Iglesias no opuestas, pero sí diferentes. Frei Betto, religioso dominico muy conocido, dirigió una carta a Rossi y en uno de los párrafos le dio este consejo: «Tu pastoral obedece a una fórmula de suceso: mucha emoción y poca razón. Desconfía de los medios de comunicación que se doblan a tu presencia y, sin embargo, les cierran todas las puertas -ni siquiera nombran a Helder Cámara, al cardenal Evaristo Arns y a Pedro Casaldáliga-. Estos medios no quieren el Evangelio, quieren un cebo para aumentar la audiencia ( ). Espero encontrarte en una de esas ocasiones en las que los sin techo son desalojados».

Es ilustrativo el comentario de una religiosa que trabaja en un hospital. Ella había adaptado tres salas para capilla católica, para capilla protestante y para centro espiritista porque, explicaba, el brasileño a la mañana es católico, a la tarde protestante y a la noche espiritista. Ello refleja la religiosidad del brasileño, pero también su falta de solidez.

Para Leonardo Boff, el Papa actual no será capaz de frenar la huida de católicos hacia otras religiones, en especial los evangélicos, porque Benedicto XVI «no estimula -por el contrario, combate- las innovaciones en las formas de manifestar la fe y así la Iglesia se queda cada vez más fosilizada». Precisamente el Papa ha visitado Brasil para fortalecer y renovar a la Iglesia latinoamericana. Un detalle positivamente valorado por muchos observadores se refiere a las palabras sobre monseñor Óscar Romero: «Es un gran testigo de la fe y merece la beatificación».

El éxito de las confesiones pentecostales y otras sectas reclama una respuesta convincente. Para el Papa, «este fenómeno demuestra que hay sed de Dios, que las personas buscan un apoyo del cristianismo para sus problemas». En el discurso a los obispos brasileños, Benedicto XVI mostró a qué había ido a Brasil. Los periodistas utilizaron la expresión de que les «ha leído la cartilla». La prensa repitió unas cifras preocupantes: en 1980 los evangélicos eran el 6,6% de la población. Hoy son el 18%. El Papa pidió a los obispos brasileños «más atención a los pobres y necesitados» y dijo que «la Iglesia debe volver a salir a la calle para estar más cerca de los pobres». «Es preciso ayudarles como hacían las primeras comunidades cristianas, practicando la solidaridad, para que se sientan amados de verdad». La fuga de católicos se debe a la falta de una evangelización «centrada en Cristo y su Iglesia». En palabras más directas, les invitó a trabajar más, a una evangelización metódica, exhaustiva, «capilar».

Los dos grandes discursos del Papa, el de la catedral de Sao Paulo a los obispos brasileños y el de apertura de la V Conferencia General del CELAM en Aparecida, no dieron pie a titulares llamativos. ¿Tenían que hacerlo? En este campo de la evangelización, como en otros muchos, no existen fórmulas mágicas, lo cual no debe significar aburrimiento. Benedicto XVI dijo a los obispos y a la comunidad creyente en general que hay que espabilar y fortalecer el débil cristianismo. Para lo cual impartió una serie de consejos y sugerencias. Por ejemplo, acercamiento a los pobres, aunque en ningún momento utilizó la expresión ‘opción por los pobres’. Colocó en el camino de la evangelización abundantes señales, muchas de signo prohibitivo: no al relativismo, al laicismo, al hedonismo, al agnosticismo, no a los ataques a la familia y al matrimonio, no al aborto. Criticó el indigenismo pagano, el socialismo del siglo XXI y el neoliberalismo. No citó nombres, pero era fácil adivinar a quiénes se refería. Otras, señales de signo positivo: renovar el espíritu misionero, mejorar la liturgia, sobre todo la eucaristía y la eucaristía en familia, respeto a las normas disciplinares, una mejor formación. Al mismo tiempo advirtió de que «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción».

No obstante, más importante que los discursos y las palabras es la práctica, el día a día. En estas jornadas en las que se destacó el papel de los obispos habría que recordar al Vaticano que ha desaparecido del episcopado latinoamericano una generación en la que se contaban obispos de gran talla humana, cristiana y pastoral.

La Asamblea General terminó el día 31 con un mensaje. El documento final será entregado al Papa hoy, 11 de junio, y más tarde se dará a conocer públicamente. En el mensaje, dado por los obispos al finalizar el encuentro, se reafirma «la opción preferencial y evangélica por los pobres», se valora el laicado y la participación de la mujer, se anima a una mayor presencia en los medios de comunicación, urge a intensificar la pastoral familiar, la indígena, el diálogo ecuménico y el cuidado de la naturaleza, recuerda la necesidad de combatir los males que destruyen o dañan la vida como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico. Reclama más espíritu misionero.

Durante los días de reunión se comentó la posible celebración de una gran misión continental. En el seno de la Asamblea fueron muy bien acogidas las palabras del Papa retocando lo que dijo sobre la evangelización de América Latina: no todo fue glorioso, hubo sombras. Durante esos días, en los que se expresaron todos -no hubo barreras-, se admitió que en el continente hay muchos bautizados y pocos evangelizados. Una mujer colombiana les dijo a los obispos: «Háblennos más de Jesucristo». Al concluir la Conferencia General, el obispo de Chiapas (México) declaraba que algunos no esperaban nada de la Asamblea «porque los obispos participantes eran conservadores». Otros, por el contrario, esperaban demasiado. Sin embargo, caben otras alternativas. Ello dependerá del trabajo, de la imaginación o creatividad, y del espíritu con minúscula y con mayúscula.