El microcosmos de un hospital cualquiera

En los complejos hospitalarios se pueden establecer relaciones de profunda confianza entre los pacientes que ocupan la misma habitación. Se vigilan el sueño, se oyen respirar, se cuentan la historia de su vida. Se puede llegar a un sincero y profundo cambio de experiencias, sentimientos, esperanzas, ilusiones y angustias. Recientemente, me pusieron en una habitación con otros dos hombres que habían sido emigrantes, uno en Alemania y el otro en Francia y EEUU. Hablamos mucho de la experiencia que supone para una persona haber sido emigrante: «Toda emigración es una desgracia humana», concluimos.

Durante la primera semana también estuvieron hospitalizados dos gitanos. Los pasillos, las salas de espera de la residencia estaban llenos de gitanos llegados de todas las autonomías para acompañarlos. Seguramente es el único grupo étnico en Europa que sigue manteniendo el familismo como un valor por encima de todos.

En los momentos de crisis de salud, cuando todo se tambalea, cuando los cimientos se hunden bajo los pies, las agarraderas son la familia, los viejos amigos de siempre, los que nunca faltan aunque no se vean casi nunca. Muchos de los visitantes trataban de comparar sus experiencias con la de los enfermos y sacar conclusiones prácticas. Las comparaciones universalizan la experiencia y hace más soportable la situación personal.

Una madre que había vivido apartada de su hijo, postrado en cama por un accidente de tráfico, debatiéndose entre la vida y la muerte, decía: «Para poder labrar un futuro mejor para él, para que no tuviera que pasar las penurias que nosotros pasamos, he renunciado a verlo crecer y a disfrutar de su presencia y, ¡ya ves!, todo para nada». La enfermedad, el grave accidente, nos abren los ojos, arrojándonos de bruces contra los límites de la vida. Y te arrepientes de cada hora que pasas separado de tus seres queridos con la esperanza de, cuando sanes, recuperar el tiempo perdido. La ausencia de los que están lejos es como una brasa en un zapato.

Una tertulia entre los visitantes de quienes ocupábamos la habitación llegó a la conclusión de que una situación límite superada puede convertirse en una oportunidad para fortalecer los lazos fundamentales de la vida, para pararse a pensar y empezar a conceder importancia a lo que realmente la tiene y que hasta ese momento no se le había concedido. Todos dijimos en algún momento que dedicaríamos más tiempo a la familia y a charlar con los amigos. Estábamos convencidos de que lo esencial de la vida está en las cosas sin trascendencia que siempre dejamos para cuando tengamos el tiempo que nunca tendremos. Un enfermo que, a causa de una hemorragia cerebral, había perdido la facultad de andar solo, cuando a los pocos días de haber ingresado pudo andar sin la ayuda de nadie nos dijo: «Tengo la sensación que, imagino, debe de tener un niño cuando descubre que anda. Tengo ganas incontenibles de pasear, de sentir el mundo bajo mis pies. Cada paso que doy es como si el mundo creciera, como si derribara fronteras».

Si se pudiera retroceder… «Si no hubiéramos salido aquel día. Y eso que a mi se me pasó por la cabeza. Algún presentimiento tuvimos de lo que iba a pasar». «¿Por qué no nos quedamos en casa o no fuimos a pasar el día con los hijos y con los nietos en vez de ir a visitar aquel museo que al in no visitamos por lo que pasó?». «La vida no es un abrigo que se pone y se quita cuando nos da la gana. ¡Dios mío!, tal vez nos la ponen y nos la quitan sin que nosotros nos demos cuenta y por eso nos hacemos la ilusión de que vamos y venimos por donde queremos y cuando nos apetece». Todo el mundo reconoce que no se debe mirar atrás pero en esos momentos no se puede dejar de hacerlo. A veces, en la residencia, no se distinguen las fronteras entre el día y la noche, entre el antes y el después, entre el presente y el futuro.

La residencia es un microcosmos; la enfermedad grave no deja espacio para considerar ningún problema que esté más allá de este espacio sin tiempo, reino de la angustia y de la esperanza. Los que están y los que vienen hablan de la enfermedad, del desgraciado accidente. Alguien saca a colación otros temas para distraer al enfermo o para despistar la obsesión de sus padres que no piensan en nada más. Uno se sorprende a cualquier hora esperando que las batas blancas entren como una bandada de palomas mensajeras a decir lo que uno desearía oír. Algunos enfermos y familiares de éstos se aferran al equipo sanitario desesperadamente con la fuerza de la soledad olvidando, tal vez, que el dolor es un camino solitario.

En las puertas de los quirófanos, en los pasillos, en la sala de espera los seres queridos esperan noticias de los suyos que llevan en el quirófano dos, cuatro, siete horas. El tiempo es eterno. El hospital es un espacio sin tiempo. Lo único que pasa por la cabeza de los que esperan es que la vida entera del que está dentro está en las manos de los doctores y, en el caso de los creyentes, también de Dios. Se mezcla el llanto con las oraciones, con las suplicas. Se recuerda lo que pudo haber sido y aún no fue y lo que podrá ser si todo sale bien. Todos los planes fundan más en la esperanza que en el conocimiento.

Durante las largas horas de espera se atropellan los recuerdos y uno se convence de que la respuesta de Dios a las oraciones es el silencio. A veces se ven enfermos en camillas que van buscando el quirófano dando bocanadas como peces fuera del agua; se dijera que la vida se les escapa como se escapa el agua de un cesto de mimbres. Al mismo tiempo nos damos cuenta de cómo el cuerpo se aferra a la vida. En las conversiones tal vez buscamos respuesta a mil preguntas que pasan por la cabeza como nubes vagas, como niebla que corona las cimas de los montes y luego se despeña hasta el valle convirtiéndolo todo en un mar de dudas. Y a medida que conocemos a los otros nos damos cuenta de que nos vamos conociendo mejor a nosotros mismos.

La opinión de los enfermos que ocupan la habitación y de otros encontrados en los pasillos y en las salas de visitas es que la atención recibida en Cristal de Orense de los médicos, de las enfermeras y de todo el personal sanitario, día y noche, es excelente. Todos hemos visto acciones a todos los miembros del equipo sanitario que no se hacen sólo por obligación; llevan la inscripción del amor.

«¿Cómo puede haber gente que salga del complejo hospitalario hablando mal de los médicos, de las enfermeras, de la comida, del trato?», nos preguntábamos. «Entre tanta gente que presta atención en un hospital siempre puede haber alguien que tenga una mala hora y dé una contestación desafortunada», nos dijo un doctor.

Salí convencido de que el ejercicio de la medicina tiene mucho de vocación, de que la atención del Cristal no puede ser mejor y de que la Sanidad española es excelente.

Por Manuel Mandianes, antropólogo y escritor. Autor del blog: diario nihilista

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