El miedo

Mucho antes de que los psicólogos lo convirtieran en una de las emociones básicas, el miedo ya había gobernado los destinos de la humanidad. Durante la Edad Media se asociaba sobre todo a la presencia de animales extraños y seres extraordinarios que habitaban, en su mayor parte, en el interior de los bosques o en la profundidad de los mares. El historiador Johannes Huizinga lo convirtió en la pasión central del mundo medieval, cuyos vestigios aun perviven en las iglesias fortificadas de Transilvania, o en los frescos del juicio final o del apocalipsis que decoran las catedrales del sur de Europa. En la Antigüedad clásica, el temor provenía de los caprichos de los dioses y, de un modo más general, de la anticipación del dolor y de la muerte. El siempre ocurrente poeta romano Lucrecio fue uno de los primeros en intentar combatirlo con la filosofía y el conocimiento. Sin éxito, por cierto. Más bien al contrario, a partir del Renacimiento, el miedo abandonó la extrañeza de las cosas infrecuentes o la conducta impredecible de los seres sobrenaturales, para anegar por completo el ámbito de la conciencia moderna. Por un lado, comenzó a asociarse con la incertidumbre. Por el otro, empezó a ser una expresión de la desconfianza mutua entre personas.

En el ámbito de la política, el miedo parecía un elemento tan central de la vida pública que el filósofo inglés Thomas Hobbes lo convirtió, en el siglo XVII, en el fundamento emocional de la sociedad civil. No es que el miedo tuviera que cambiar de bando, como ahora dicen algunos, sino que estaba distribuido de manera equitativa, e ideal, entre los miembros de la misma comunidad. Era el miedo a morir asesinado, el miedo a perder la vida o las posesiones, el que hacía inevitable un contrato social que convertía al Estado en el solo beneficiario del uso de la fuerza. Aun cuando la posición de Hobbes fue discutida con frecuencia, la edición española del clásico «Leviathan» (primera impresión en 1651), que publicó nuestra recordada Editora Nacional en 1983, explicaba a los españoles de aquella década de los ochenta que la constitución del nuevo marco de convivencia debía hacerse bajo la amenaza del conflicto y el miedo a la confrontación armada. El modo en el que el miedo fue invocado durante la transición a la democracia en España formaba parte de una tradición, en parte milenaria, sobre los usos políticos de las pasiones.

Después de Hobbes, en el mundo contemporáneo, a los esfuerzos por limitar el miedo a la muerte o a lo desconocido, se sumaron otros temores e incertidumbres. Imposible sería explicar la Revolución francesa, por ejemplo, sin el denominado «Gran Miedo» de 1789, apoyado al menos en parte en la ausencia de noticias y en la construcción colectiva de una supuesta conjura aristocrática. Imposible sería igualmente dar cuenta del régimen denominado «del Terror» sin esa intención de utilizar el miedo como forma de gobierno. En el discurso que dio vía libre a la masacre, Robespierre se mostraba partidario de conducir al pueblo por la razón y a los enemigos del pueblo por el terror. La guillotina, lejos de ser un instrumento meramente punitivo, se transformaba así en una forma de enseñanza que, como en los tiempos de la educación medieval, consideraba que la virtud, en este caso la «virtud republicana», debía inculcarse mediante la violencia y la amenaza. Al igual que para otros muchos de sus contemporáneos, para los miembros de la Convención Nacional el miedo tenía efectos pedagógicos e incluso terapéuticos. En las antípodas políticas de los revolucionarios que les precedieron, también los médicos de la Restauración borbónica francesa quisieron emplearlo, con éxito discutible, en el tratamiento de la enfermedad mental, así como en otras condiciones y enfermedades, la parálisis, por ejemplo. A su manera, también sirvió para alentar el sentimiento de lo sublime, del que se sirvió la estética romántica. Las novelas góticas del siglo XVIII, que hoy nos parecen algo cómicas, fueron reemplazadas por historias de terror más sofisticadas, capaces de educar, desde la comodidad de un mundo imaginario, en la futilidad de ambiciones desmedidas o de pasiones vehementes. Para el año 1871, en el que Charles Darwin lo describe como un mecanismo adaptativo, resultado de la evolución, el miedo ya lo anega todo: lo consciente y lo inconsciente, la vigilia y el sueño, la realidad y la ficción. En el progresivo discurso medicalizado del cuerpo, comenzará a expresarse bajo nombres tan diversos como los que caracterizan las fobias o las ansiedades.

Ahora que los acontecimientos recientes en Cataluña vuelven a traer a colación la relación que el miedo guarda con diversas formas de conducta social, quizá no esté de más recordar que el miedo no se combate con audacia, sino con razones, que la amenaza no debería formar parte de la política, que los pactos sociales no deberían presentarse como la consecuencia de la desconfianza, sino como el punto de partida de una responsabilidad común y compartida. Los estudiosos del miedo han olvidado con frecuencia que, en el contexto social, somos, al mismo tiempo, sujetos y objetos de temor. Porque padecemos el mismo miedo que producimos, vivimos inmersos en sociedades marcadas por ansiedades colectivas que pueden desembocar en accesos de violencia. De ahí que, junto al miedo a la derrota, o el temor a la deshonra, se echen en falta formas cooperativas y económicas que nos alejen de la incertidumbre. El mejor escenario para combatir la lacra del nacionalismo excluyente no es el de una sociedad envalentonada y bravucona, sino el de una sociedad sin miedo: que ni lo tiene ni lo produce. Como los niños que se vuelven temerosos al sentir la falta de firmeza de sus padres, hay que desterrar el temor de la toma de decisiones. Las llamadas al fervor nacional o al patriotismo trasnochado tampoco servirán más que para alimentar populismos y agitar las banderas de la patria en peligro. Las señas de identidad no deberían construirse en los momentos de incertidumbre, bajo la égida del miedo al diferente, sino mediante la celebración de lo próximo y lo íntimo.

Para los estudiosos contemporáneos de las emociones, el miedo ha dejado de tener tan sólo dos resultados posibles: el enfrentamiento o la evasión. Para alegría de todos los que no nos sentimos ni depredadores ni víctimas, la regulación cultural de nuestra propia historia nos ha permitido, también aquí, introducir otras variables para escapar de la dialéctica de la huida o la victoria. De ahí que haya que buscar caminos alternativos que, lejos de infundir miedo, generen confianza, que fuera de la lógica de la confrontación, apuesten por el fortalecimiento del apego y que, lejos de educar por medio de la fuerza, busquen confrontar los retos contemporáneos desde la evidencia contrastada y no desde el prejuicio.

Por Javier Moscoso, filósofo e historiador del CSIC.

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